Libros escritos por Sai Baba

{SB 82} Sathya Vahini ( La Senda de la Verdad)

6. La religión es experiencia

( Impreso en castellano en La Senda de la Verdad (Sathya Vahini) cap. 06 )

6.- LA RELIGIÓN ES EXPERIENCIA

Este movimiento ondulatorio de avanzar y retroceder, de sumergirse y emerger, se ha estado produciendo desde el comienzo del tiempo y seguirá así hasta que el tiempo finalice. Dicho rasgo es eterno. Tal es la creencia de los bharatiyas. El hombre no es únicamente este cuerpo material; en él se encuentra un componente sutil llamado mente; dentro de ella, como su origen y motivador, se halla un principio aún más sutil llamado el Alma Individual; esta Alma Individual no tiene principio ni fin, no conoce la muerte, no tiene nacimiento. Esto constituye la base del credo bharatiya.

Otro artículo de fe que es un rasgo peculiar del equipamiento mental bharatiya: hasta que el Alma Individual no se libere de la individualización y se funda en lo Universal alcanzando así la liberación habrá de encerrarse en un cuerpo tras otro y pasar a través del proceso que se denomina vivir. Esta concepción no la sostiene ningún otro pueblo. Esta es la idea del Samsara, que revelan y propagan los antiguos textos o Shastras de la India. Samsara significa "el movimiento de entrar en una forma después de la otra". Todas las diferentes escuelas y sectas entre los bharatiyas aceptan este hecho de que las almas, aparentemente individualizadas, son eternas y no las afecta cambio alguno. Puede que difieran en cuanto a describir o a denotar la relación entre el Alma e Ishwara o Dios. Es posible que una escuela de pensadores afirme que ambos están separados; otra puede declarar que el Alma Individual es una chispa en la llama del fuego universal que es Ishwara; una tercera puede afirmar que ambos son indiferenciados. Sin embargo, se mantiene la Verdad en cuanto a que el Alma no tiene principio ni fin; puesto que no nace y no conoce la muerte. Su imagen individualizada tiene que evolucionar a través de una serie de cuerpos hasta que alcance su plenitud en lo humano. Todas las escuelas se revelan como una sola en la defensa de este credo, pese a las variaciones que puedan mostrar en sus demás interpretaciones.

Llegamos ahora a la primera de las gloriosas verdades, la más asombrosa entre las verdades fundamentales alcanzadas por el intelecto humano en el campo espiritual: el Alma es, por su naturaleza misma, pureza, plenitud y bienaventuranza. Esta es la creencia que anima todas las escuelas de pensamiento, ya se trate de los adoradores de Shakti, Shiva o Vishnú, de budistas o jainas. Cada hindú lo reconoce. Los dualistas creen que la fundamental y genuina naturaleza del Alma es la bienaventuranza suprema, la cual se ve disminuida y marchitada por las consecuencias de las acciones humanas en una vida tras otra y, por ende, ha de ser restaurada y revitalizada por la gracia de Dios. Los monistas creen que no cabe disminución ni decadencia; afirman que el Alma es totalmente esplendorosa y que aparece disminuida por la influencia del efecto engañoso de la ignorancia (maya) que le sobrepone una impresión falsa a lo que realmente es. Cualesquiera que sean las diferencias de interpretación, si nos situamos en el núcleo de la Verdad sobre la que todos concuerdan, entre el "este" y el "oeste", se podrá vislumbrar un profundo y ancho pasaje por el que ambas concepciones marchan hacia la meta. Los pueblos de los países orientales buscan realizar esta gloriosa consumación en las regiones interiores de su ser. Mientras nos encontramos en adoración, cerramos los ojos y nos empeñamos en visualizar a Dios dentro de nosotros mismos. Los pueblos de Occidente levantan sus rostros y visualizan a Dios en el espacio exterior, en el más allá. Creen que sus escrituras fueron compuestas por personas que actuaban bajo la guía de Dios. Los bharatiyas creen que los Vedas, sus escrituras sagradas, representan el aliento mismo de Dios que les comunicaba su sentido a aquellos sabios que Lo habían instaurado a El en sus corazones.

Hay otro punto que hemos de entender y al que siempre hemos de adherirnos con firmeza. Si una creencia no se sostiene de manera inalterable, firmeza. día y de noche, no se la podrá utilizar para alcanzar la victoria. Cuando una persona afirma que es deleznable y que sus conocimientos se están reduciendo, llegará a volverse verdaderamente deleznable y sus conocimientos se reducirán. Nos convertimos en aquello que creemos ser. Nosotros somos los hijos de Dios todopoderoso, dotados de poder, gloria y sabiduría supremos. Somos hijos de la inmortalidad.

Cuando nos mantenemos en estos pensamientos, ¿cómo podríamos alguna vez ser míseros e ignorantes? La cultura espiritual bharatiya le prescribe a cada uno creer que la real naturaleza del hombre es suprema e indica también el deber de estar siempre consciente de esta verdad.

Los bharatiyas de edades pretéritas tenían fe en su gran Realidad. Alcanzaron la victoria en sus empeños como resultado de esta fe y así se elevaron a grandes alturas. Arribaron a la cumbre del progreso. Nos hemos deslizado hacia la presente decadencia, principalmente porque hemos perdido la fe en el Alma en nosotros. Esto marcó el comienzo de nuestra caída, porque la pérdida de la fe en el Alma o Ser implica la pérdida de la fe en Dios mismo. Esa Omnipresencia, ese Motivador Interior de todo, que constituye la trama y la urdimbre de nuestro cuerpo y mente, de nuestras emociones y nuestro intelecto, representa el único medio para realizar la más elevada meta del hombre cuando se fortalece la fe en él. Esta esla lección que anhela enseñar la historia espiritual bharat¡ya.

¡Hijos de Bharatl Enseñen a sus hijos, desde su más tierna infancia, esta gloriosa verdad que preserva la vida y expande el corazón. Esta es la santificadora visión que los bharatiyas han alcanzado: el Alma es plena y libre. ¡Se trata de un maravilloso descubrimiento y de una emocionante concepción! Por su naturaleza misma, el Alma es plena; no se necesita alcanzar la plenitud, ni tiene que buscarse o sumarse a ella. Si se le hubiera de agregar plenitud, también cabría suponer que ella disminuiría con el paso del tiempo, ya que lo que se va construyendo ha de desintegrarse. Si el hombre fuera impuro por naturaleza, habrá de sumirse en la impureza, tarde o temprano, aunque haya alcanzado la pureza por unos cuantos minutos, porque la pureza que se logra a medio camino puede ser arrastrada por las circunstancias. Por ello, todos los pensadores espirituales bharatiyas declararon que la pureza constituye nuestra naturaleza misma, y la plenitud, nuestra genuina realidad. Dijeron que, en verdad, jamás estamos realmente "necesitados". Y esta lección se la enseñaron al mundo. Esta es la corriente de fuerza espiritual que fluyó desde la India y fertilizó el resto del mundo.

Hacia el final de la vida uno ha de traer a la conciencia todos los grandes pensamientos que haya recogido durante ella, los elevados sentimientos que haya albergado; este es otro de los preceptos de los sabios de la India. No pidieron que uno rememorara las faltas o errores que hubiera cometido; estos son inevitables y universales. Mas los sabios declararon que uno había de mantenerse siempre consciente de la propia Realidad y dedicarse continuamente a contemplar su grandeza y su gloria. Esto, sostuvieron, representa el mayor paso hacia el progreso.

Hay otro hecho en el cual debemos poner atención, más que en ningún otro. Para los bharatiyas, la religión significa "experiencia" y nada más. Es lamentable que nos olvidemos muy a menudo de un hecho tan importante. Este secreto debería permanecer grabado en el corazón de cada uno. Sólo entonces podrá sentirse a salvo y seguro. Y no solamente esto. No forma parte del pensamiento bharatiya sostener que todas las cosas pueden lograrse por esfuerzo propio; ellos saben que la Voluntad Divina constituye la base de todas las cosas. Los principios religiosos han de ser practicados y su validez ha de ser comprobada por la experiencia. El prestar oídos a su exposición, de nada sirve; aprenderse alguna serie de argumentos y de conclusiones y repetirlos como loros no basta. Si llegaran a resultar atractivos para el intelecto y este los aprobara como correctos, no ayudará tampoco. Deben llegar a transformarnos.

La razón por la cual los bharatiyas dan por cierto a Dios y declaran que Dios es el Ser y su devenir o llegar a ser, es su propia experiencia, que viene a constituir la prueba más importante. Esta declaración no proviene de la cabeza, de la facultad de la razón. Los antepasados afirmaron la existencia de esta entidad, el Alma, en cada uno y que ella no era sino una chispa del Alma Universal, porque habían adquirido conciencia de ello, de manera profunda e indudable. En el pasado, hubo miles que buscaron esta experiencia y que la lograron. Incluso hoy en día, también existen estas personas. Y las seguirá habiendo en el futuro. Este anhelo es una sed que acosa al hombre. A menos que contemple a Dios y lo confronte sumido en la dicha, a menos que alcance la conciencia del Alma que es su realidad, el hombre se verá atormentado por la sed, por la agonía de sentir que le falta algo para estar completo.

Ante todo, el hombre debe captar la Verdad. Tan pronto lo logre, se desvanecerán las facciones y las luchas religiosas. Porque el apelativo de seguidor del código moral religioso se le puede dar tan sólo a quien ha experimentado a Dios y comprendido su gloria. Sólo quienes lo han realizado en sus corazones podrán ver cortadas las cadenas que los atan a la rueda del nacer y morir. Las meras plegarias no son indicadoras de la conciencia de la Verdad que debe alcanzarse a través de la religión.

La fe religiosa se basa en la experiencia genuina. Una vez que hayamos aceptado esto, puede comenzar el autoexamen, el cual lo capacita a uno para evaluar hasta dónde ha llegado en el recorrido hacia la meta o hasta dónde se ha alejado. Entonces puede ser que uno se dé cuenta de que anda a ciegas en la oscuridad y está arrastrando a otros por ese mismo camino. Sólo así podrán los hombres dejar de lado los odios sectarios enarbolados en nombre de una guerra religiosa declarada a todos los que profesen creencias diferentes. A cuantos se enredan en los conflictos religiosos habría que preguntarles: "¿Han visto a Dios? ¿Han tomado real conciencia del Alma divina? Si no, ¿con qué autoridad se atreven a negar o difamar este o el otro nombre de Dios? Están peleando a ciegas y tratando de arrastrarme también a mí a la oscuridad. ¿Puede un ciego guiar a otro ciego? Esa es una tarea imposible. De modo que comiencen por entender su propia verdad antes de negar y difamar la mía".