Libros escritos por Sai Baba

{SB 82} Sathya Vahini ( La Senda de la Verdad)

21. La indagación interior

( Impreso en castellano en La Senda de la Verdad (Sathya Vahini) cap. 21 )

21.- LA INDAGACIÓN INTERIOR

"Todo esto desaparecerá y perderá su individualidad con el surgimiento de la Suprema Sabiduría", le dice a Rama el sabio Vasishta. Luego le aconseja: "Rama, debes entender cómo se desarrolló este no conocimiento y por qué medios puede ser destruido".

En este consejo se esconde un misterio. Siglos de indagación han fracasado en descifrar el secreto: ¿De dónde se originó el cosmos? ¿Cómo emergió? Si hubiera tenido una causa personal, la investigación habría tenido éxito. El cosmos (jagat) no es un objeto tal. Los interrogantes de ¿Cómo emergió? y ¿de dónde se originó? se pueden asimilar a los de la historia de la cuerda que en la penumbra parecía ser una serpiente: "¿Cómo apareció la `serpiente' en la `cuerda' y causó `terror'?". Allí sólo existe la cuerda; la serpiente se le superpuso, debido ala penumbra del atardecer, por obra del intelecto defectuoso del observador, vale decir, debido a la ilusión creada por el razonamiento. En otras palabras, la ignorancia es la base de las falsas interpretaciones y de los errores conceptuales.

Brahman es la "cuerda"; el cosmos es la "serpiente" impuesta a la primera por la razón afectada por la ilusión. Concebimos a Brahman como el cosmos; tomamos una cosa por otra, mientras dure esta interferencia. Debido a ello, lo mejor es concluir que el cosmos es un objeto que se ha originado en nuestro propio intelecto y que emergió a partir de la misma facultad defectuosa. Un objeto nacido de tal ilusión engañosa y confirmado sólo por un intelecto enfermo, jamás podrá ser real. Cuando cesa el engaño de la ilusión, cuando la falta desaparece, el cosmos que ha tenido origen en esa ilusión también se esfuma.

"Yo soy ignorante". Cada uno debe reconocer este hecho respecto de sí mismo. La conclusión que se afirma en todos los textos y escrituras sagrados es que todo es Brahman. Si, pasando esto por alto, el individuo sigue sosteniendo que es el "yo", estará únicamente indicando que es un ignorante redomado.

Puede surgir la duda acerca de si es verdaderamente posible olvidarse de uno mismo y creer que es otra cosa. Ya hemos visto que la aceptación de mithya (verdad contaminada de falsedad) es el signo de la persona ignorante. En la penumbra del atardecer, la falsedad se superpone a la verdad: la serpiente se visualiza en la cuerda tirada en el camino. El engaño de la ilusión afecta a la conciencia y tuerce el intelecto, de modo que estos olvidan su genuina naturaleza, que es la dicha extática. Ellos se imponen a sí mismos las limitaciones de la individualidad y se consideran como individuos. Acogen la creencia de que la felicidad es algo externo a ellos y se encuentra en el mundo físico y quedan atrapados en la rueda de nacimientos y muertes: el móvil, cambiante e inquieto mundo. Sufren el doble golpe del destino y la fortuna. A estas personas, los Srutis, los Vedas y todos los demás textos sagrados les enseñan a transformar sus vidas a través de un firme empeño para llegar a conocer el Alma.

Los monistas no se ocupan de probar que hay algo que se llama ignorancia: "No soy feliz; no tengo alegría. Quiero esto. Debo ganar eso". Ansias de esta clase constituyen al individuo. Esta actitud es lo medular de la ignorancia. De modo que si buscan destruir la ignorancia que separa e idiotiza, debe cambiarse esta actitud y cultivarse la convicción de "Yo soy la encarnación de la felicidad, yo soy el Uno que ha conocido el deseo". La persona que mantiene la primera de estas actitudes es el conocimiento individualizado (jiuatua budhi), y la que mantiene la segunda, posee la sabiduría universalizada. Llevando la carga de problemas inexistentes, levantando una polvareda en su confusión, impotentemente atado a la rueda del nacer y morir, el hombre se maldice en su desesperación. Los textos del Advaita surgieron para entregarle al hombre una advertencia respecto de esta ignorancia y despertar en él la sabiduría que puede salvarlo de la miseria y el error. En verdad, nosotros somos la ignorancia en tanto sintamos que nos encontramos esclavizados. De hecho, no hemos sido creados, no estamos limitados, ni reducidos, ni atados. La arraigada creencia de que "hay un cosmos que me contiene a mí junto con otros similares buscadores de felicidad; en esa búsqueda encuentro alegría y pesar y me enfrento al nacer y al morir", constituye la ignorancia fundamental.

"Nos convertimos en lo que son nuestros pensamientos". Los pensamientos respecto de la validez del mundo objetivo y el valor de los placeres que pueden obtenerse de él, pese a emanar desde el desconocimiento, nos configuran desde dentro. La razón por la cual estamos encerrados en este molde reside en la ausencia de cuatro requisitos: 1) la atención puesta en el progreso espiritual, 2) una fe sin vacilaciones, 3) la devoción, y 4) la gracia de Dios. Con uno de ellos que falte, el hombre no podrá alcanzar la experiencia de la suprema beatitud del Absoluto.

Nuestra indagación no debería dirigirse hacia lo obvio y lo superficial. Una investigación así nos conduciría únicamente a creer en algo que no es el cosmos. Nos haría olvidar que es nuestra mente la que ha generado este panorama de proporciones cósmicas y que nos lo presenta como verdad.

Resulta realmente extraño que este inmenso cosmos dependa, en último término, de que "yo" lo reconozca o no como tal. "¡Si sientes que está allí, estará allí; si sientes que no está allí, no estará allí!". Esto significa que debemos ahondar profundamente en este proceso de la mente del hombre. ¿Existe alguna oportunidad en la que nuestra afirmación resulte en la existencia de una cosa y nuestra negación, en su desaparición? ¿O es que esta conclusión es obra de la imaginación?

Una búsqueda por este camino revelaría, indudablemente, la verdad. Cuando se ve la cuerda en la oscuridad, ya sea por equivocación o por ignorancia, surge la serpiente y aparece en su lugar, desplazando la verdad de la cuerda. Y, por algún motivo, cuando se sabe la verdad y el observador siente: "No es una serpiente, no es más que una cuerda", la serpiente desaparece, porque no era más que una "falsedad". Vemos, entonces, que el sentir o el pensar son capaces de crear la serpiente y también de destruirla. La afirmación crea, la negación destruye. Ambas son procesos mentales que pueden clasificarse como "pensamientos".

Aunque existen diversos niveles y grados, todos estos no son más que pensamientos. ¿De dónde emergen estos pensamientos? ¿Son libres para surgir espontáneamente? La respuesta para estos interrogantes es: "Nuestro intelecto sigue la huella de nuestras actividades". Los pensamientos surgen en concordancia con el apego que uno desarrolla y los resultados que uno anticipa respecto de sus acciones. El motivo primordial para la acción es el "debo alcanzar la felicidad y la armonía". Este impulso surge del ignorante supuesto de que el mundo es real.

La educación sin sabiduría, la mera sabiduría carente de discernimiento, la acción sin discreción, la erudición desprovista de perspicacia, el poder no justificado por méritos, las declaraciones no basadas en la verdad, la música falta de melodía, la adoración sin el sustento de la devoción, una persona carente de sentido común y de carácter, un estudiante no dotado de humildad y un discurso que no llega a inspirar... todo ello no sirve a ningún propósito útil.

Como complemento al conocimiento adquirido de los textos sagrados, uno debe lograr sabiduría a través de la experiencia. Resulta fútil el conocimiento sin experiencia personal. La sabiduría que guardamos dentro de nosotros, de nada servirá si es estática, en ese caso, no asumirá sino la forma de mera ilustración. Si este saber se lleva al ámbito de la práctica, se hace loable. El adquirir y atesorar riqueza de nada servirá si esta no se consagra y se gasta para el bienestar del mundo. De manera similar, la mera adquisición de conocimiento a través de libros será un ejercicio vano. El conocimiento llega a ser bendito cuando se traduce en acciones que promueven el bien de la humanidad. Esta derivación del conocimiento en experiencia sólo es posible cuando uno pasa por las tres etapas de "saber", "visualizar" y "penetrar".

En primer término, uno debe enterarse de las preciosas verdades que contienen los textos sagrados de los veteranos en este campo. Cuando se sabe de ellos, es natural que uno se interese en ellos. Luego desarrollan un anhelo por visualizar esas verdades a toda costa. Esto constituye la primera etapa, "el saber".

En la segunda etapa se dedican a revisar, examinar y recopilar cuidadosamente todos esos textos sagrados, en todas partes en que los encuentren disponibles. Los leen y los visualizan directamente. Con la mayor perseverancia los investigan, los comprenden y los disfrutan. De este modo, pueden lograr algo de satisfacción al haber discernido gigunas verdades profundas. Esta es la segunda etapa, la de "la visualización".

No basta con que realicen progresos en las dos primeras etapas. Deben experimentar lo que han llegado a saber y a ver. Al penetrar en el campo de la experiencia, uno debe sentir una completa identificación con el Ideal. Si uno se acuesta después de haber ingerido alimentos, ello puede ser causa de indigestión. En cambio, si consume la cantidad de alimento requerida y realiza después algún ejercicio físico, el alimento será digerido y, convertido en sangre, proporcionará nutrientes. De igual manera deberíamos traducir en experiencia y acción lo que hemos llegado a saber y a ver, asimilándolo y utilizándolo para el progreso de nuestro país y también para beneficio de la humanidad.

Resulta muy fácil memorizar pasajes de diferentes libros y dictar luego una conferencia. El conocimiento adquirido únicamente a través de la lectura es un conocimiento libresco, y es un tipo de conocimiento bastante burdo. Lo que ha sido oído, visto y comprendido debe ser puesto en práctica, al menos en parte. Y esta es la etapa de "penetrar".

El antiguo saber sagrado contiene varias preciosas verdades. Joyas de valor incalculable se ocultan en él. Se pueden encontrar incluso muchas teorías científicas relacionadas con el átomo. Los estudiantes deberían tratar de descifrar estas verdades ocultas y vincularlas al esfuerzo que busca el bienestar humano. Ello debería constituir tanto el estímulo como la determinación que los guíe a explorar estas verdades por descubrir. No han de contentarse con pronunciar discursos y aparecer en foros de discusión.

Unicamente aquellos que poseen genuino espíritu investigador pueden difundir el conocimiento real en el mundo. Un mero conocimiento superficial no servirá de nada. No hay conocimiento que pueda sobrepasar al que se adquiere por la experiencia directa. Este debe ser alcanzado a través del esfuerzo personal, de la iniciativa, la determinación y la perseverancia propias, y debe ser utilizado en el desarrollo tecnológico y el aumento de la producción para el progreso del país.

Resulta necesario derivar la sabiduría desde la experiencia, mas es igualmente esencial desarrollar la facultad de la discriminación que nos permita emplear esa sabiduría para el bienestar del país. La educación sin discriminación y la sabiduría sin discernimiento para nada sirven. La educación es una cosa y el discernimiento es otra bien diferente. La discriminación es la facultad que nos permite distinguir lo bueno de lo malo y nos confiere la habilidad de decidir cuánta importancia se les debe atribuir a los diferentes aspectos de una situación dada. La discriminación es un componente de la sabiduría. Sin ella no se puede seguir por el camino correcto. Es signo de perspicacia, mostrar discernimiento en todas las acciones. Mediante las investigaciones respecto de la energía atómica, uno puede inventar armas destructivas que pueden reducir a todo el mundo a cenizas en cuestión de segundos. La misma energía atómica, empero, nos puede servir para generar millones de kilovatios de energía eléctrica que es posible emplear en la industria y la agricultura, de modo que el país se convierta en un maravilloso jardín. Una persona educada debe mostrar discernimiento y tomar el curso correcto en la acción. Los descubrimientos e inventos del hombre no deberían aplicarse a propósitos negativos conducentes al desastre y la destrucción. El discernimiento nos guía para emplearlos correctamente en el aumento de la producción y la promoción del bienestar humano.

Un hombre dotado de sabiduría y discernimiento será respetado e incluso venerado, aunque no tenga ni fortuna ni posición. Una persona carente de ellas jamás podrá florecer espiritualmente, aunque sea un eminente educador, un científico prominente o un multimillonario. El que no posea sabiduría ni discernimiento será incapaz de distinguir ni siquiera entre lo recto y lo incorrecto. Por ello, cada estudiante deberá adquirir ambas capacidades, sin dormirse en sus laureles después de haber ganado conocimiento teórico. Es necesario que desarrolle una visión de largo alcance sumada a la sabiduría, las cuales deberá emplear para la elevación de la sociedad.

Además de la sabiduría, el discernimiento y la experiencia, uno también debe llegar a poseer un inspirador sentido común. Este no se puede adquirir en los libros; para ganarlo, hay que viajar mucho. Fue este el propósito que llevó a nuestros antepasados a realizar largas peregrinaciones para ver a los hombres santos en los sitios sagrados, hablarles y tocar sus pies. Al mismo tiempo, veían muchas cosas y objetos en este diversificado universo del Señor y podían extraer muchas enseñanzas valiosas de ello. Hay innúmeras cosas en la naturaleza, que pueden enseñar valiosas lecciones y dar sabiduría. El desarrollo del sentido común consiste en comprender el origen y la naturaleza de tales cosas.

Debemos captar la importancia de la historia, la cultura y la civilización y difundirla. Alguien que lo intente debe, ante todo, comprender la naturaleza del alma. En este mundo existen varias ramas del saber, como la física, la música, la literatura y las matemáticas. De todas estas formas del saber, el conocimiento de uno mismo es el soberano. Sin lograrlo, no se puede gozar de paz alguna. Aunque uno pueda llegar a tener renombre y lograr reconocimiento en el mundo, no llegará a experimentar la felicidad si no tiene conocimiento de sí mismo. El conocimiento del alma, el conocimiento de Dios y el conocimiento espiritual son todas expresiones que connotan aquella sabiduría que promueve la plena conciencia del alma y de Dios. El conocimiento de uno mismo representa aquel conocimiento que, al ser adquirido, hace que se sepa todo lo demás. Una persona que posea el autoconocimiento puede realmente ser aclamada como omnisapiente.

El saber profundo no nos puede dar una paz perdurable y absoluta; sólo el conocimiento de uno mismo puede ayudarnos a cruzar el mar del sufrimiento. De modo que todos deberían empeñarse en lograr este "conócete a ti mismo" que puede adquirirse mediante la pureza de la mente. Esta pureza mental se alcanza mediante obras pías, actos sagrados, caridad, compasión y devoción. La acción desinteresada, consagrada a Dios, purifica el corazón. El sol de la sabiduría alborea dentro de un corazón puro. Y el nacimiento de esta sabiduría eleva al hombre al estado de Dios.

El esfuerzo humano constituye el primer paso en la empresa para alcanzar este supremo estado de la Divinidad. El segundo factor esencial lo constituye la gracia de Dios. Cualquiera puede esforzarse por conocerse a sí mismo. Hombres y mujeres, ricos y pobres, todos son aptos para encender dentro de sí la llama de la sabiduría espiritual. Nada se opone a ello: ni distingos de casta, raza o religión. No importa, tampoco, que uno carezca de una educación formal o de una base en ciencias físicas. En el mundo moderno no resulta fácil llegar a obtener este autoconocimiento. De todos modos, esto no significa que uno deba renunciar al esfuerzo, dejándose llevar por la frustración o la desesperación.

Hay personas que buscan incansablemente obtener el conocimiento espiritual a expensas del conocimiento secular. Generalmente fracasan en ambos intentos y vagan sin rumbo entre los dos. El conocimiento profano no debe despreciarse; es beneficioso lograr la visión espiritual mientras se busca obtener el dominio de la ciencia secular. Para ello, se necesita que la juventud dedique diariamente algún tiempo a meditar en Dios.

Los jóvenes deben lanzarse a la acción y esforzarse, haciendo uso de todas sus aptitudes, por el resurgimiento de la India y un mundo feliz y pacífico. Deben desprenderse del deseo de obtener poder. En cambio, el deseo de arrancar de raíz la corrupción y la inmoralidad y el anhelo por trabajar con ahínco deben estar firmemente implantados en el corazón de cada estudiante. El futuro de la Madre India depende de ellos y ella los espera. Así como es el deber de cada hijo servir y complacer a su madre, también es la obligación de cada hijo de la Madre India hacerla feliz. El sagrado ideal de nuestra vida debería ser el servir desinteresadamente a la madre patria. Un compromiso tal por nuestra parte puede incluso llegar a describirse como elemento de la nobleza del carácter del individuo ante su patria (desha niti). Por ello, cada estudiante debe inculcarse a sí mismo una perspectiva más amplia respecto de la unidad y la integridad nacionales. Una persona carente de carácter será incapaz de elevarse a sí misma y no será de utilidad para el país.

El sacrificio también es un aspecto del carácter. Es una de las cualidades que los jóvenes deben adquirir. Muy a menudo se piensa que los actos de caridad o de filantropía representan sacrificio, mas hay una enorme diferencia entre caridad y sacrificio. La gente caritativa no les da a otros sino una fracción de lo que posee. Donaciones de tierras, distribución de alimentos, contribución de trabajo físico y difusión de educación y conocimientos son actos que pertenecen a esta categoría. Ningún hombre entrega todo lo que tiene a través de actos de caridad. A nadie se le maldice para nacer en la miseria si no lleva a cabo actos de caridad. Y, pasando a un nivel superior, algunos retienen para sí sólo lo justo y necesario y donan el resto ala sociedad; gente así es grandemente aclamada en el mundo. Nuestros textos sagrados prescriben que una porción de nuestras posesiones debe ser ofrecida a los pobres y menesterosos. Uno no debe, desoyendo este mandamiento, acumular dinero de manera egoísta, insensible, inequitativa e injusta, como un avaro. Tarde o temprano, un tacaño termina siendo víctima de desastres y deshonra. Ello es inevitable.

La riqueza acumulada por medios torcidos es el resultado de la explotación de la sangre de los pobres. Los jóvenes jamás deben convertirse en esclavos de una existencia tan injusta ni deben adoptar la explotación de otros como medio de vida. Ni Dios perdonará un vivir tan egoísta y explotador. Aquel que acumule riqueza, sin gozarla ni compartirla con otros, estará condenado después de la muerte y también condenará a su progenie.

La riqueza atesorada tiene cuatro herederos. El primero es la caridad, el segundo es el gobierno, el tercero es el fuego y el cuarto, el ladrón. El primer heredero es la caridad y la mayor parte debe ir a él. Los estudiantes deben reconocer el significado profundo de esta verdad y aplicar la riqueza que puedan adquirir, al bien del género humano.

El sacrificio es el más alto nivel. Alguien que posee el verdadero espíritu de sacrificio da a los otros, sin tener duda o reserva alguna, gustoso y sonriente, aun sus más preciadas y valiosas posesiones. Entregar al Señor los frutos de nuestras acciones constituye el auténtico sacrificio. Quien posea este espíritu de sacrificio no rehuirá entregar incluso su cuerpo, pues lo considerará un objeto sin valor. Sacrificio significa algo más que renunciar a riquezas, oro u objetos materiales. Las malas cualidades como el odio, la envidia, la cólera y la maldad, que se han arraigado profundamente en el hombre a lo largo de muchas vidas, son las que deben ser eliminadas. No hay felicidad mayor que la que se deriva del sacrificio. Sólo aquellos que lo practican son hijos de la inmortalidad, porque ellos viven para siempre.

Cuando estudiamos nuestras epopeyas y leyendas, nos encontramos con numerosas figuras que personifican ese espíritu de sacrificio. Emperadores como Sibi y Bali, héroes como Dadhichi y Karna se inscriben en este ilustre linaje. Necesitamos hoy en día de personas así entre los líderes políticos y los estudiantes, gente animada por el espíritu de sacrificio. Personas que se olviden del egoísmo, que aplasten sus egos, que desechen el ansia de poder, que terminen con la estrechez mental y se comprometan, en cambio, con la justicia y la promoción del bien de la sociedad.

Lamentablemente, las palabras están perdiendo su significado. Sacrificio, justicia, rectitud y servicio han per . dido su sentido y han degenerado en simples negocios. El egoísmo se cierne por todas partes y danza cómo un demonio destructor entre los estudiantes, los políticos y los educadores. El clamor por el poder y el ansia por una posición reinan en la mente del hombre. Nuestro país, que una vez fue celebrado como una tierra de sacrificio, dedicación y penitencia, ha degenerado hasta convertirse en un campo de juegos para placeres efímeros. Y esta es la razón de sus muchas aflicciones y dolencias.

Tal estado de cosas debe terminar y debe producirse un cambio que mejore la situación; así se repetirá nuestra historia y revivirá nuestra antigua gloria. De entre ustedes tienen que surgir miles de seres dotados de espíritu de sacrificio. El espíritu de sacrificio ha de enriquecer una vez más a cada joven indio.

El sacrificio es mucho más dulce que el placer. El sacrificio debe convertirse en el objeto de la vida. Sólo a través de él puede uno lograr la paz. Los pesares no huyen de nosotros hasta que la mente no esté en paz consigo misma; la tristeza mora dentro de nosotros para siempre. Sin la tranquilidad del alma, ni la más grande fortuna tiene utilidad. Renunciar a los frutos de la acción con una mente desapasionada, merece denominarse sacrificio. Cínicamente la paz mental puede conferir esta tranquilidad. En los Upanishads se ha proclamado a plena voz que el sacrificio lleva a la inmortalidad. El sacrificio es el rasgo principal de los hombres puros. Y por ello cada estudiante debe embeberse del espíritu de sacrificio y mostrarlo en su vida. De ningún modo debe convertirse en una víctima del mal del placer.

Lamentablemente, circula con libertad el difundido criterio de que la educación sirve para obtener un trabajo y no para la expansión de la iluminación. Esto es deplorable. La sabiduría es iluminación. El objetivo de la educación es irradiar esa luz de la sabiduría. Sólo ella le otorga real poder al hombre. La sabiduría nos da la capacidad de reconocer la relación recíproca entre objetos e individuos y de conocer los antecedentes de cada objeto.

¿Cómo puede entrar esta iluminación en el ser del hombre? Mediante la lectura de los grandes libros como los Vedas, el Vedanta, los Upanishads, el Corán, el Grant Saheb, las biografías de almas nobles, libros que traten de las ciencias físicas y tecnológicas y de la psicología, o escuchando a los que los leen, así puede uno ganar esta luz. Con estas lecturas también es posible lograr, junto con la sabiduría, la capacidad de discernir y un pensamiento lógico. No olviden, empero, que no se debe depender exclusivamente del conocimiento adquirido en los textos sagrados, hay que buscar la sabiduría que surge de la experiencia.

La forma y el contenido de la educación deben cambiar. El profesor Gunnar Myrdal de la Universidad de Estocolmo dijo, al visitar la India en 1972: "El sistema educativo de la India no es progresista; cultiva una mentalidad de que no debemos ensuciarnos las manos". Todos los hindúes, especialmente los estudiantes, deben reflexionar sobre estas palabras. Esta observación subraya la tendencia que muestran nuestros estudiantes a llevar vidas cómodas, provistos de ventiladores eléctricos, descansando en habitaciones con aire acondicionado, evitando el trabajo manual, el esfuerzo y la tensión que implica, el sudor y la suciedad, y hasta la menor arruga en sus bien planchados trajes.

Esta actitud está muy lejos de los ideales de obediencia y humildad que inculca la educación. Los estudiantes deben transmitirles a la gente y la sociedad que los rodea, las sagradas ideas que han absorbido. Lanzarse como cachorros de tigre a la arena de las aldeas y limpiarlas de todo tipo de polución. Enseñar e instruir a los residentes analfabetos de las aldeas a vivir con decencia y dignidad. Los estudiantes deben comprometerse con los aldeanos y guiarlos en su progreso. Los estudiantes de hoy deben proclamar elevados ideales de vida, demostrándolos con su propia conducta ejemplar.