Libros escritos por Sai Baba

{SB 80} Ramakatha I & II ( La Historia de Rama )

8. Otro reto

( Impreso en castellano en Ramakatha. La historia de Rama (Ramakatha Rasa Vahini) cap. 08 )

8. OTRO RETO

Mientras tanto, Dasarata se dirigía hacia Ayodhya, con sus hijos y nueras, sabios y eruditos, infantería, elefantes, caballería y carruajes y los ciudadanos de su imperio. De repente, observaron algunos augurios negativos y sintieron la premonición de que algo grave iba a suceder. Dasarata se aproximó a Vasishta y lo consultó: "¡Maestro! Qué prodigio es éste. Nubes oscuras están cada vez más densas y rugiendo, las bestias de la tierra caminan alrededor de nosotros en círculos. No deberían comportarse así, ¿no es verdad? ¿Cuál puede ser la razón? ¿Qué es lo que indica? Me siento algo nervioso acerca de estos presagios". Vasishta inmediatamente vio a través de ellos por medio de su divina visión interna y dijo: "¡Oh rey! Estas son señales de que algún suceso terrible se nos aproxima. Las nubes están rugiendo de modo aterrador. Sin embargo, considerando el hecho de que las bestias de la tierra están dando vueltas alrededor de las carrozas, se puede deducir lo siguiente: el desastre que nos amenaza será obstruido, así que no debes angustiarte". Vasishta le dio fe y confianza a Dasarata y esperaron los sucesos.

De repente el viento se convirtió en un monstruoso ciclón. Hasta los árboles gigantes eran arrancados de raíz y caían haciendo un ruido estrepitoso. Los picos de las montañas rodaban unos sobre otros. Se oían kexplosiones en el aire como si la tierra misma se estuviera rompiendo en pedazos. Los que iban en las carrozas no podían ver ni al vehículo de adelante ni al de atrás; un espeso polvo surgía por todas partes. Caballos y elefantes empezaron a correr sin control a causa del pánico. Los soldados que iban a pie caían inconscientes; otros se quedaban de pie, petrificados de miedo.

Vasishta, Dasarata y los cuatro hijos fueron las únicas personas que permanecieron sin miedo en medio de la calamidad. Todos los demás quedaron sin ánimo. Y tenían razón, ya que la tierra y el aire estaban envueltos en la más profunda oscuridad, la misma que contrastaba de pronto con relámpagos que cegaban. Entonces, una forma espantosa, de ojos terroríficos, apareció ante ellos.

Su cabeza tenía una corona de cabello revuelto. Llevaba un hacha inmensa de doble filo sobre un hombro y en el otro, un carcaj con flechas que centelleaban como rayos. ¡Parecía la imagen de Shiva con el tercer ojo, en camino de destruir a los demonios gobernantes de la Triple Fortaleza! En cuanto lo pudo distinguir, Vasishta lo reconoció; era Parasurama. Pero se preguntaba por qué estaba tan furioso, ya que toda su ira en contra de los clanes kshatriyas hacía tiempo que se había apaciguado como resultado de las batallas en las cuales él los había destruido. Trató de descubrir qué podría haber hecho resurgir la llama de los ánimos ya enfriados.

Vasishta mismo se dirigió hacia Parasurama con los saludos tradicionales de bienvenida, es decir, invitándolo a lavarse las manos y pedirle permiso para lavarle los pies. Pero, aunque aceptó estas señales de buena voluntad y recepción amistosa, Parasurama observaba a Rama con los ojos como carbones encendidos. Rama, sin embargo,, respondía con una sonrisa encantadora, la cual sólo alimentó más su ira. Entonces, Parasurama dijo a gritos: "¡Eh, hijo de Dasarata! He escuchado de tus hazañas a miles de leguas. También oí cómo rompiste el arco de Shiva como si fuera un juego de niños. Pero de todo lo que aquí se habla yo no he visto nada directamente. He venido ahora para examinar tu valor personalmente. He traído este divino arco sagrado. Perteneció a Jamadagni, mi venerado padre. Muéstrame tu poder tensándolo y poniendo una flecha en él, o si no, ven, lucha conmigo". Así retó a Rama con ira apasionada.

Rama no se afectó por toda esa demostración de ira. Permaneció sonriendo fríamente. "¡Oh Bhargavarama!, yo pensé que esta venganza que habías abrigado contra los kshatriyas había terminado hace tiempo. ¿Por qué esta reincidencia? ¿Por qué esta recaída, este absurdo?", preguntó. En ese momento, Dasarata se inclinó y, en tono doloroso, le dijo a Parasurama: "Bhagavan, tú eres un brahmín. Has ganado gran renombre. Mis hijos son tiernos adolescentes. ¿Por qué derramar un odio vengativo en contra de ellos sin ninguna razón en absoluto? Esto no es digno de la elevada jerarquía de tu linaje. Tus antepasados estudiaron los Vedas sin interrupción y llevaron a cabo ritos y ceremonias con elaborado cuidado. Tú mismo declaraste ese día, cuando entraste al ritual Chandrayana, que ya no empuñarías ningún arma a partir de ese momento; dijiste que tus deseos habían sido cumplidos; hiciste esto delante del dios Indra nada menos, otorgando todos los territorios conquistados por ti a Kasyapa, resolviendo ustedes pasar el resto de sus días llevando a cabo acciones rectas y ganando ecuanimidad.

"Durante mucho tiempo estuviste ocupado realizando austeridades en la montaña Mahendra, y ahora, totalmente en contra de tus intenciones declaradas, tu mente está dispuesta a destruir mi dinastía y mi familia. ¿No es un pecado terrible ir en contra de la palabra dada? Después de haber roto esta promesa, ¿para qué sirve la austeridad? No hay ningún Dios superior a la verdad, ¿no es así? Estás retando únicamente a Rama y dices que pelearás sólo con él. Si algo le pasara a ese hijo, mi familia entera caería en la peor de las calamidades. Nuestras vidas terminarían en el momento que el peligro lo dañara. ¡Un brahmín como tú no debería hacerse responsable de la pérdida de tantas vidas! No sólo es un sacrilegio para los brahmines, sino también un terrible pecado".

Parasurama no prestó atención a las palabras de Dasarata; ni siquiera lo oía. Tenía su mirada sólo en Rama. Dijo: "El arco que rompiste y éste, ambos, han venido del cielo. Viswakarma, el divino artífice, hizo los dos. Uno le fue ofrecido a Shiva, para usarlo en contra de los demonios de la Triple Fortaleza; el otro se le confió a Vishnu. Una vez que los demonios fueron destruidos, Shiva lo mandó al emperador Devarata, con las flechas que se usaron para la batalla. Tal vez el arco estaba débil y frágil, ya que el propósito para el cual fue ofrecido se había cumplido ya. No es prueba de fuerza ni de heroísmo si se rompe tal arco.

"Este arco todavía tiene un trabajo que hacer, por lo tanto aún conserva su vigor y vitalidad. Este arco está sobrecargado de poder. Tómalo, ténsalo y rómpelo como hiciste con el otro. Esa es la manera de probar tu fortaleza y tu heroísmo. No andes por ahí orgulloso de haber roto el arco de Shiva. Rompe éste y escribe tu nombre en los anales de los valientes.

"Podrás dudar de que éste sea el arco de Vishnu continuó. El mismo lo mantuvo bajo la custodia de Hrishika, un gran santo, que se lo dio a su hijo, Jamadagni, éste es mi padre. El fue el depositario de enormes méritos adquiridos por la austeridad; era tan puro de corazón que no tenía rasgos de odio ni venganza en él.

Mi padre renunció al uso de las armas; sin embargo, Karthaviryarjuna, el malvado, lo mató. Fue un crimen de una crueldad inusitada; nadie antes había matado a otro tan atrozmente. Yo decidí no tener clemencia; le tenía que dar, una lección, prometí que destruiría no sólo a ese monstruo, sino a todos los reyes que no fueran virtuosos. Desde ese día, he estado cortándolos en pedazos y practicando juegos de pelota con sus cabezas. Este arco estuvo conmigo en todas esas batallas. He matado a muchos monarcas malvados. El mundo entero está sojuzgado por mí. Mi furia contra aquellos que habían matado a mi padre se calmó un poco con esto. Desistí de la venganza y empecé un sacrificio védico. Invité a Kasyapa a ese ritual, ya que era un gran santo dedicado a actividades meritorias, y le di la tierra que yo había conquistado como pago por supervisar el rito. Desde entonces he pasado mis días en la montaña Mahendra, con mi mente inmersa en la paz y mi intelecto brillando con esplendor espiritual.

"Tu padre me pregunta por qué he tomado de nuevo esta arma y te he retado, luego de haber renunciado al camino del odio y la venganza. Les voy a responder ahora, Rama. Dos arcos fueron creados en el cielo y quedaron en la Tierra. Tú has roto el arco de Shiva. Ahora sólo éste permanece intacto. Si éste también se rompe, no tendrá ningún sentido que permanezca conmigo, porque se habrá realizado su propósito. Entonces mi renunciación será completa; deseo que este arco también se rompa o que tú te lo quedes. Estaba esperando el momento de esta consumación. El momento ha llegado. Estoy decidido a usarlo en lugar de desaprovecharlo o permitir que sea mal usado. Tal vez dudes de que pelear sea la mejor manera de aprovechar el tiempo; no obstante, lo que hay que ver es el significado de la lucha; puede ser para el progreso y bienestar del mundo, puede promover la supresión de los no virtuosos y dar valor a los buenos. No puedes decir que la guerra sea indeseable juzgando desde un punto de vista superficial; analiza el propósito. Cuando se tiene que afilar un cuchillo, uno debe afilarlo en la piedra. Nadie podrá condenar el proceso llamándolo dañino para el cuchillo. Si el cuerpo deriva fortaleza de los alimentos, éstos tienen que ponerse en medio de dos hileras de afilados dientes y convertirse en pasta, sin piedad. Puede ser necesario para proveer comida pura para el cuerpo o para el cuerpo político el decidirse a la batalla, al enfrentamiento y al aparente dolor.

"Bueno, estamos en medio del camino, a mitad del viaje. No es adecuado entablar pláticas estando aquí de pie. Entremos en acción. Es imperativo que comencemos de inmediato: ¡vamos! ¡O tensas este arco y lo rompes, o luchas conmigo!" Este fue el desafío de Parasurama. Lakshmana estaba furioso al escuchar aquel reto, y estuvo a punto de intervenir con una calurosa respuesta cuando Rama lo calló diciendo: "Este asunto no te concierne, ya que las preguntas que me hagan, sólo yo tengo que responderlas. Va en contra de los buenos modales interponerte, déjame que maneje esta situación". Su afectuoso y dulce consejo hizo desistir a Lakshmana, pero cuando Parasurama empezó a reírse de Rama y a ridiculizarlo por no aceptar el reto en cuanto se le hizo, Lakshmana no pudo contener su iracunda reacción y le respondió gritando: "¡Bhargava, esto no es nada para quien rompió el arco de Shiva! Para quebrar ese arco tan pequeño, ¿por qué retas a Rama? Esa arrria de brahmín sólo es una brizna de hierba. Yo mismo puedo romperlo en un instante sin esfuerzo, y hasta jugando. ¿Por qué pedirle a Rama una tarea tan insignificante? No necesitas decirle que lo haga". Cuando Lakshmana pronunció estas palabras, Parasurama se encolerizó más aún, pero Rama tomó todo con frialdad y calma; le sonrió a Lakshmana y lo tranquilizó hablándole suavemente. Así, cuanto más enfurecido estaba Parasurama, más ecuánime y más controlada era la reacción de Rama.

Entonces Parasurama perdió el control de sí mismo, le dio rienda suelta a su lengua y empezó a insultar; esto causó consternación en el corazón de Dasarata. Las damas y sirvientes se escondían de las furiosas arremetidas. El ejército temblaba de miedo. Los eruditos estaban aterrados. Sita, sin embargo, observaba la escena, divertida; no estaba atemorizada en lo más mínimo. Les daba ánimo y confianza a los corazones de Urmila, Mandavi y Sruthakirti diciéndoles que Parasurama sólo era un manso chacal frente al león que era Rama. Cuando Bharata y Satrugna vieron a Rama reprimiendo a Lakshmana, decidieron no intervenir, porque de otra manera ellos también habrían participado en la riña y le habrían pedido permiso a Rama para pelear o asumir el reto. Esperaron las órdenes de Rama y se mantuvieron alejados. Vasishta tenía la capacidad de ver el pasado y el futuro, así que se dio cuenta de que el incidente no era sino una escena en el drama divino. Permaneció en silencio, imperturbable.

Ramachandra habló con profunda calma: "Parasurama, tú eres de la casta sacerdotal. Para un guerrero eres objeto de adoración, de acuerdo con la jerarquía de las castas. Eres pariente del venerado Viswamitra. No siento que sea propio matar a un brahmín de tan elevada casta. Tampoco es adecuado que apunte esta arma sagrada en contra tuya. Tú mismo acabas de declarar que pertenece al reino de los dioses, y que hasta ahora ha destruido a todos los enemigos, ciudades y fortalezas en contra de los cuales ha sido usado, y que puede vencer y sobreponerse a la fuerza y orgullo de quien se encuentre a su paso. ¿No es un desperdicio hacerlo inservible? Así que elige cualquiera de estas dos alternativas y dime: ¿debo impedirte andar sobre tus pies?, ¿o debo impedirte alcanzar los mundos elevados que te has ganado mediante austeridades?" Cuando escuchó estas palabras, Parasurama se enojó más aún. Sus ojos se pusieron rojos. Se apresuró hacia Rama exclamando: °¿Qué estás parloteando?" Rama tomó el arco de Vishnu que colgaba del hombro dé Parasurama con una risa burlona que hirió su orgullo. Pero tan pronto como el arma llegó a manos de Rama, Parasurama se debilitó. Perdió energía y vitalidad y en cambio Rama brilló con añadido resplandor que ningún ojo podría soportar tal visión. Ahí estaba de pie, como si miles de lámparas iluminaran todo el derredor. Cuando el auténtico arquero, Narayana mismo, la tomó, el arma también comenzó a brillar; un aura triunfal cubrió el arco y emanó luz de él. Los dioses se reunieron en el cielo y lanzaban flores sobre Rama, quien sostenía el arco. Se oía una melodía auspiciosa que provenía del cielo.

Mientras tanto, Parasurama era todo sonrisas. "¡Rama! dijo , ¿te diste cuenta de lo que sucedió? He experimentado el deleite, de la manifestación divina, tu divino resplandor. En tiempos pasados, le di esta región de la tierra a Kasyapa. Al recibirla, dicho sabio declaró que yo no podría entrar de nuevo a sus dominios, y si lo hiciera, no pasaría la noche; él me maldijo así. Bien, ya está oscureciendo. No puedo permanecer aquí por más tiempo. Debo apresurarme a la montaña Mahendra. Gracias a mis severas austeridades, he ganado las regiones elevadas del cielo. Rompe el arco, y con ello destruye todo el poder que gané. Todo el poder que he logrado es tuyo. Rama, observa esto, estoy entregándote el poder que yo he ganado." Y se acercó y abrazó a Rama con firmeza. En ése momento, tres facetas de la Divinidad, que hasta ese momento habían subsistido en él, se fundieron en Rama. Después, Parasurama le dijo: "¡Rama! El mundo no puede comprender fácilmente el misterio de la Divinidad; hasta aquellos como yo, que han ganado gran poder a través de la renuncia, el desapego y prácticas ascéticas, confían más en sus propios logros espirituales, ignorando la influencia de la divina estrategia de Vishnu.

"Por eso me he decidido a que tu Realidad y genuino poder sean conocidos en el mundo; te he dado como una ofrenda los poderes que yo tenía, también he comprobado una vez más que tú eres Vishnu, el dios de poder único, el dios que dirige el drama del Universo. No hay nada que no tenga de ti, nada que no seas tú. Tú lo eres todo. Todo es tuyo. Tuve la buena fortuna de empuñar durante un tiempo tu divino arco, y como consecuencia obtuve cierta reverencia del mundo. Ese es el mérito que he ganado y ésta es mi ofrenda". Después de decir esto, Parasurama desapareció.

Rama le dio el arco y las flechas al dios Varuna con una sonrisa imperturbable. Se postró ante Vasishta y Dasarata, que estaban a su lado. Dasarata había estado temblando de miedo todo el tiempo, sintiendo aprehensión por lo que pudiera sucederle a su hijo por esta aparición, pero ahora estaba libre de ansiedad. Acercó a Rama hacia sí y lo acarició afectuosamente. Levantó la cara de su hijo hacia él tomándolo por la barbilla, y encontrando difícil expresar sus sentimientos, le dijo: "¡Querido hijo, en verdad soy afortunado, temía no volverte a ver! Tu valor, tu resuelto heroísmo está más allá de la imaginación". De esta manera, alabó y reconoció las hazañas de Rama. En respuesta, Rama le dijo: "La rectitud tiene que vencer, la victoria es su inevitable resultado. En las etapas preliminares de la batalla, se puede sentir temor y aparecer obstáculos que parecen insalvables; hasta pueden aturdir la mente. Puede surgir la sospecha de fallar o ser vencido. Sin embargo, en lugar de inclinarse o doblegarse ante él, uno tiene que poner su atención en la meta. Entonces nunca se podrá fallar, y el fracaso nunca llegará. Los hombres no han indagado en toda su profundidad acerca del poder de la rectitud; se dejan llevar por obstáculos superficiales y preocupaciones, abandonan el camino y sufren. Lo que ha sucedido es para bien. Atribuyo esto a tus bendiciones".

Diciendo esto, Rama se postró nuevamente a los pies de su padre. "Las fuerzas armadas están esperando tus órdenes para reiniciar la marcha hacia Ayodhya. Por favor, comunícales tus órdenes", dijo Rama. Dasarata se sentía feliz: "Hijo, ¿por qué tardarnos más? La pena y la alegría nos afligen una después de la otra y causan angustia a la persona y a su cuerpo. Podemos ir a la capital y buscar vivir felices de la mejor manera posible". Llamó a sus ministros a su lado y les pidió que ordenaran a las tropas que avanzaran.

Los soldados gritaron de alegría y empezaron a moverse. El miedo había cesado.

Dasarata pasó el resto del viaje hablando y disfrutando los sorprendentes sucesos de ese día. Cuando se acercaron a la ciudad se mandó un regimiento para que informara a los ciudadanos de la llegada del grupo. El recuerdo de la grandeza y gloria de lo que habían experimentado en Mitila, camino a casa, les dio velocidad a sus pies y volaron como flechas hacia la ciudad. Anunciaron que Rama, Lakshmana, Bharata y Satrugna entrarían en Ayodhya con sus novias y que Dasarata los había enviado para dar las buenas nuevas.

Los ciudadanos de Ayodhya decoraron y embellecieron las calles y casas de distintas y atractivas maneras. Se ataron hojas de plátano a ambos lados del camino. También se colgaron cocos de los postes y se salpicaron las calles con agua de rosas. La ciudad entera se hizo encantadora y atractiva.

Los músicos con sus instrumentos se colocaron a lo largo del camino. Hubo fuegos artificiales distribuidos también a todo lo largo del trayecto, a manera de que se hiciera una larga fila de color y sonido. Esperaron al grupo con el sentimiento más profundo de alegría, contando los minutos a la vez que miraban a la distancia para captar el primer atisbo de su llegada. Las mujeres con sus velos se reunían en las ventanas y terrazas de las mansiones, o miraban tras las cortinas.

El emperador Dasarata entró a la ciudad de Ayodhya con sus hijos y sus nueras. La música comenzó en cuanto estuvieron a la vista. La gente gritó vivas con entusiasmo hasta que sus gargantas se quedaron sin voz. Las mujeres ondeaban las lámparas, lanzaban flores y salpicaban agua de rosas. Los príncipes brillaban como el sol con las novias que parecían estrellas resplandecientes. Cuando el pueblo vio la escena, muchos se olvidaron en dónde estaban o quiénes eran; su dicha no conocía límites. Su sed de mirar no podía ser apaciguada, no importaba cuánto veían, así que caminaron enormes distancias para poder mantener los ojos en ellos.

De esta manera, la ruta completa estaba cubierta hasta las puertas del palacio. Ahí, los sacerdotes se habían reunido para recitar himnos védicos invocando la buena fortuna y prosperidad para los recién casados. Las damas de la corte ondearon las lámparas y llevaron a cabo muchos ritos para eliminar el mal de ojo; asimismo les rogaron a las nueras que entraran primero con el pie derecho.

Mientras tanto, a la entrada estaban las reinas, Kausalya, Sumitra y Kaikeyi esperando su llegada con ávida ansiedad. Se salpicaron esencias de sándalo y se pusieron flores en el pelo y puntos rojos en la frente. Estaban llenas de felicidad, fueron hacia ellos y los acariciaron bendiciéndolos una y otra vez. Los cuatro hijos y las nueras se postraron ante las tres madres; cuando lo hicieron, sus ojos lloraron de alegría, ya que su felicidad no conocía límites.

Mientras tanto, las doncellas trajeron arroz y leche hervida en platos de oro; las madres pusieron comida en las bocas de los recién casados; les pidieron que comieran, les dieron leche para que bebieran. Después los llevaron a las habitaciones interiores.

Por la tarde, las damas de Ayodhya fueron invitadas al palacio para presenciar la auspiciosa ceremonia de bienvenida a los recién casados. Se preparó un estrado imponentemente bello, con sitiales dorados. Las reinas vestían costosos ropajes y piedras preciosas; comisionaron a unas doncellas especialmente para ayudar a las nueras a ponerse la ropa y todas las joyas, y luego ellas mismas lo supervisaron, para que la belleza de sus nuevas hijas se realzara aún más. Las tomaron de las manos y las llevaron hasta sus asientos.

Para ese momento, Rama, Lakshmana, Bharata y Satrugna ya habían tomado sus asientos, portando ropajes dignos de príncipes y costosas joyas y coronas. Cada uno se sentó a la derecha de su novia. Las madres, así como las damas que habían sido invitadas, llenaron sus ojos con el esplendor de la escena y su dicha era tan grande, que no podía ser expresada con palabras. Mientras la ceremonia se llevaba a cabo, afuera de palacio se repartían regalos. Vacas, dinero, oro, tierras, granos, vehículos y caballos se regalaban en gran cantidad.

Los sacerdotes se acercaron al estrado y esparcieron granos de auspicioso arroz en la cabeza de los recién casados, mientras elevaban su voz con cantos védicos. Las mujeres casadas ondearon 108 lámparas ante ellos para evitar el mal de ojo. Luego de esto los hijos se pusieron de pie y con sus esposas se postraron ante las madres, el padre y el gurú Vasishta. Después, se retiraron a sus propios aposentos.