Libros escritos por Sai Baba

{SB 80} Ramakatha I & II ( La Historia de Rama )

26. El Sitio

( Impreso en castellano en Ramakatha. La historia de Rama (Ramakatha Rasa Vahini) cap. 26 )

26. EL SITIO

Cuando Rama escuchó de labios de Angada lo que había sucedido en Lanka y supo de la actitud vigilante del enemigo, reunió a los máximos jefes y los comisionó para que decidieran la mejor forma de poner sitio a las cuatro puertas de la ciudad. Así, Sugriva, el jefe de los monos, Jambavan, el jefe de los osos, y Vibhishana, el otrora jefe de los Rakshasas, se reunieron y decidieron dividir sus fuerzas en cuatro, cada una con sus comandantes y guías. Después, se postraron a los pies de Rama y, entusiasmados por sus bendiciones, dieron la orden de atacar.

Llevando a Rama en sus corazones, los Vanaras avanzaron en temibles oleadas, armados con rocas y árboles. Lanka tenía fama de ser inexpugnable, pero las bendiciones de Rama los ayudaron a entrar. La puerta este fue atacada por las fuerzas de Nala; la puerta sur fue derrumbada por los millones de Vanaras que conducía Angada; la del oeste cayó bajo el asalto del ejército dirigido por Hanumán. El propio Ravana custodiaba la puerta norte y ahí Rama peleó contra él. Los Vanaras no llevaban tambores de guerra ni trompetas, pero el "Ram, Ram" que gritaban con devoción emergía como una sola voz de todas las gargantas y hacía eco desde el cielo. La ciudad entera era presa de la confusión y el pánico, mas Ravana continuaba cegado por su tonto orgullo; se regocijaba ante la perspectiva del triunfo sobre las fuerzas enemigas y se deleitaba pensando que el día de fiesta de la victoria había amanecido para el sol Rakshasa.

Los Rakshasas se habían colocado sobre las murallas, las torretas y los bastiones del fuerte, come nubes sobre los picos del monte Merú. Batían tambores y hacían sonar trompetas. Sus gritos de "¡Victoria a Ravana!" se confundían con el grito de "¡Victoria para Rama, el Señor!". Las rocas arrojadas por los Rakshasas sobre los Vanaras que atacaban sus muros y pretendían escalarlos eran detenidas, por temor a que los mismos Vanaras las regresaran, con funestas consecuencias para los Rakshasas atrincherados en las murallas. El avance de los Vanaras cobraba más fuerza conforme proseguía la lucha; mataban a los Rakshasas en cualquier sitio en que los encontraban y en todo momento. Así como una gigantesca tormenta esparce las nubes en los cuatro rumbos, la creciente acometida de los Vanaras aterrorizó a los Rakshasas, obligándolos a huir en todas direcciones y propiciando que la ciudad quedara sumida en la desesperanza.

Las mujeres, los ancianos y los niños comenzaron a culpar a Ravana por ser causante del desastre que ahora se cernía sobre sus cabezas; algunos Rakshasas abandonaron la lucha y huyeron con sus esposas e hijos, para escapar de una muerte segura. Al percatarse de aquellos grupos que huían, Ravana rechinó los dientes y lleno de ira gritó: "¡Cobardes, huyen de la batalla! ¡Voy a hacerlos pedazos con mi espada de diamante!". Al oírlo, algunos de los que escapaban, volvieron al combate.

En esos momentos, los héroes Vanaras cruzaron las líneas enemigas y, con la fuerza que les infundía la contemplación de Rama, penetraron en la fortaleza privada del propio Ravana y la arrasaron por completo, destruyendo todo a su paso con un pilar de oro que blandieron como arma. Golpeaban sin misericordia a todo Rakshasa que encontraban, le arrancaban la cabeza y la lanzaban con tal fuerza y tino, que iba a caer justo frente a Rayana. Al anochecer, los Vanaras se presentaron ante Rama, después de haber demostrado su heroísmo .y superioridad frente a los Rakshasas.

Los Rakshasas son noctámbulos, por lo cual, al caer la noche su furia y exclamaciones aumentaron. Sus gritos de "Victoria a Rayana" les parecían a los Vanaras rugidos de león. Al volver éstos a la batalla, Akampa y Athikaya, dos generales Rakshasas, usaron sus poderes mágicos para que una densa oscuridad se esparciera por todas partes y, bajo el manto de la noche, hicieron llover polvo, piedras y sangre sobre el enemigo. Los Vanaras no podían distinguir aliados de adversarios y, ante el temor de pelear entre sí, exclamaron: "¡Rama!" para obtener valor y poder combatir. Al escuchar éste sus gritos, llamó a Angada y a Hanumán y les explicó que la magia de los Rakshasas había causado una gran confusión. Ellos se enfurecieron ante las vergonzosas tácticas que empleaba el enemigo, pero Rama extrajo tranquilamente de su carcaj a Agniyastra, la flecha de fuego, y la disparó hacia la oscuridad que aquéllos habían creado. La refulgencia de tal flecha acabó con la oscuridad, iluminándolo todo con una maravillosa luz. Entonces, los Vanaras y los osos comenzaron a aplastar y destruir al enemigo, con renovada energía. Cuando se escuchó el triunfal grito de Angada y Hanumán, los Rakshasas trataron en vano de escapar, pero los Vanaras los atraparon por los pies y los arrojaron al mar. Los Rakshasas restantes, sin energía para continuar, se retiraron a su campamento, ya entrada la noche. Cuando los Vanaras se presentaron ante Rama, y los ojos de éste se posaron sobre ellos, de inmediato se sintieron frescos y recuperados, sin mostrar huellas de cansancio.

Mientras tanto, Ravana convocó a sus ministros y les habló así: "Este día, miles de Rakshasas fueron aniquilados por los Vanaras en el campo de batalla. Debemos planear ahora nuestra estrategia para contrarrestar su ataque". Malyavanta, el anciano ministro que había servido al padre de Ravana y que además era su abuelo materno, se incorporó y empezó a darle consejos para instruirlo acerca del camino moral y correcto a seguir: "¡Rayana! comenzó diciendo muy cariñosamenteescucha con calma mis palabras. Perdóname por ser sincero. Desde que trajiste aquí a Sita, se han observado malos presagios que no es posible describir ahora con detalle. La gloria de Rama, la persona suprema, no puede ser medida ni alabada adecuadamente ni siquiera por los mismos Vedas. Oponerte a este ser cósmico, a este Señor Supremo, no puede otorgarte ningún beneficio o gracia. Harías bien en ponderar esto con calma. Rama es aquél que mató a Hiranyakasipu y a Hiranyaksha y es el depositario de todas las virtudes; no albergues odio en su contra. ¡Oh, emperador! Salva a Lanka, te lo ruego. Lleva a Sita con Rama, no demores más. Tu salvación se halla en tu inmediata rendición". Y después de decir esto, Malyavanta inclinó la cabeza y ofreció reverencias a su rey.

Aquellas palabras ofendieron a Ravana quien, enfurecido, exclamó: "Pareces estar dispuesto a entregarte a las fauces de la muerte; tu senilidad me obliga a perdonarte, pues de lo contrario, ya te habría despedazado. Ten cuidado; levántate y desaparece". Ravana siseó como una serpiente iracunda, y Malyavanta sintió lástima por él, pues sabía que su fin estaba próximo. Rió para sus adentros, por la vanidad y la ignorancia que lo habían cegado, al ver que Ravana se había dejado llevar por funestos razonamientos y reacciones necias, ignorando el consejo que lo habría salvado, junto con su imperio, ahora que el destino había decidido poner fin a su carrera.

En ese momento, Meghanada se levantó y dijo: "Padre, no titubees; mañana, en las primeras horas del día, podrás presenciar mi habilidad en la batalla y demostraré con hechos mucho más de lo que digo con palabras". La seguridad de Meghanada apaciguó un poco el enfado de Ravana. Nuevamente sintió alegría y un renovado valor y esperanza. Acercándolo hacia sí y acariciándolo con cariño, exaltó frente a todos la valentía y el heroico corazón de su hijo. Hacia la medianoche, la asamblea terminó y cada miembro regresó a su hogar, pero ninguno tuvo ánimos para comer y no pudieron conciliar el sueño. Se encontraban presos de la ansiedad y el terror, pensando en la catástrofe que podía sobrevenir en cualquier momento. Mientras se consumían por el miedo, el Sol apareció por el oriente. Los monos y osos cercaron todos los caminos que llevaban a Lanka. Sus rugidos resonaban en el cielo y provocaban confusión y pánico. Los Rakshasas tuvieron que empuñar sus armas para hacerles frente, pues no tenían otra alternativa. La lluvia de rocas y peñascos que se precipitó sobre la ciudad desde las murallas que la rodeaban fue contrarrestada por flechas y otras armas que millones de Rakshasas empuñaban. Ellos también gritaban y lanzaban alaridos que retumbaban hasta el cielo, como si fuese el día del juicio final. Sin embargo, los inmensos picos y colinas que los Vanaras arrojaron sobre ellos convirtieron al ejército Rakshasa en una masa inerte.

Enfurecido al saber la noticia de que los Vanaras habían entrado en la ciudad, Meghanada empuñó sus armas y se lanzó al ataque. Las hordas que lo seguían batían sus tambores de guerra y hacían sonar sus clarines. Meghanada era conocido por el nombre de Indrajit, ya que en una ocasión había derrotado nada menos que a Indra, el rey de los dioses. Era un temible guerrero y el jefe de todos los generales de Lanka. Los Vanaras se atemorizaron cuando lo vieron llegar en su carruaje. Al notar la huida del enemigo, Meghanada gritó de alegría y disparó sobre éste una lluvia de flechas con su poderoso arco. Tensando la cuerda al máximo, lanzaba con rapidez y furia las flechas, que volaban como serpientes aladas en todas direcciones, de tal suerte que los Vanaras, atemorizados, perdieron el ánimo de combatir y se retiraron en franca huida. Algunos fueron derribados por las flechas y otros se desmayaron. Al observar la lastimosa situación de los Vanaras, Hanumán se enfureció y se lanzó contra Meghanada, con tal furia que parecía ser el mismo dios de la muerte. Arrancó el pico de una montaña cercana y lo arrojó contra el jefe Rakshasa, quien al ver que el pico se le aproximaba como mensajero de muerte, utilizó su magia para elevarse hacia el cielo. Su carruaje, los caballos y el auriga fueron aplastados por el pico, al caer éste exactamente en el sitio donde se encontraba. Meghanada se valió de muchas otras estratagemas mágicas, pero su intento de atemorizar a Hanumán resultó tan inútil como el de una pequeña serpiente que intenta asustar a Garuda, la reina de las águilas. Hizo llover fuego y sangre; convirtió el resplandeciente día en densa noche, con una oscuridad tal que nadie podía ver ni su propia mano teniéndola frente a los ojos. Ante tales trucos, los Vanaras se desalentaron y, confundidos, creyeron que su fin estaba próximo.

Cuando Rama vio las triquiñuelas desesperadas de los Rakshasas, rió para sus adentros al darse cuenta de la impotencia de éstos. Al notar que IQs Vanaras habían perdido confianza y valor, lanzó una sola flecha hacia el campo de batalla. Instantáneamente, la magia de los Rakshasas quedó nulificada y no funcionó más. La luz regresó a la tierra como si el Sol hubiera aparecido en el cielo. Los Vanaras recobraron la confianza y arremetieron contra los Rakshasas. La compasiva mirada de Rama había descendido sobre ellos, logrando así que se recuperaran. Todos gritaron al unísono: "¡Victoria! ¡Victoria a nuestro Señor Rama!", y avanzaron en forma incontenible. Nada podía detenerlos ni impedir su marcha. Para elevar su ánimo y apresurar su paso, Lakshmana se unió a Hanumán y, con su potente arco y afiladas flechas, cayó sobre Meghanada. Ravana, al enterarse de que Lakshmana se unía al combate, se apresuró a enviar refuerzos para apoyar a su hijo. Los Vanaras. lucharon sin tregua, armados con árboles y rocas. Ambos bandos combatieron con indomable ferocidad. La mayor parte de la lucha consistió en duelos entre guerreros y líderes. Los Vanaras golpeaban con sus puños y mordían con sus afilados dientes, lo cual causó la muerte de un gran número de Rakshasas. Con sus uñas cercenaron muchas cabezas y arrancaron más de una mano. Los gritos de victoria con que los Vanaras anunciaban su triunfo resonaban en las nueve islas. Los cuerpos sin cabeza de los Rakshasas seguían corriendo por un momento en la dirección que llevaban mientras tenían vida. Al ver tan dantesco espectáculo, los Vanaras prorrumpían en sonoras carcajadas. Los caminos que cruzaban el vasto campo de batalla se convirtieron en arroyos de sangre.

Lakshmana y Meghanada se trabaron en mortal combate. Cada uno igualaba al otro en habilidad y fuerza. Indrajit quiso derrotar a Lakshmana con trucos mágicos y no con tácticas de guerra, pero incluso aquéllos resultaron fallidos y sus planes fracasaron. En un arranque de ira incontenible, Lakshmana destruyó el carruaje de Meghanada y mató a su conductor; ante ello, y temeroso de su inminente muerte, Meghanada empuñó a Shakti, el arma de supremo poder que Brahma le había obsequiado, y apuntándola hacia el corazón de Lakshmana la arrojó. El arma dio en el blanco y Lakshmana cayó al suelo en "mortal" desmayo. Ya sin temor, Meghanada se aproximó al héroe derribado y trató de levantar su cuerpo para llevarlo a su campamento, pero aunque la fuerza de ambos era la misma, Meghanada no pudo levantar el cuerpo de Lakshmana. Un número incontable de guerreros se acercó para ayudarlo, mas todo fue inútil; Lakshmana era la serpiente primigenia que sostiene al cosmos sobre sus mil cabezas, era Adisesha vuelta a nacer, ¿cómo entonces podrían levantarlo uno o muchos hombres, por fuertes que fueran? ¡Sólo aquellos que han ganado la gracia de Sri Rama podrían mover a Lakshmana!

Al caer las sombras de la tarde, los dos ejércitos regresaron a sus campamentos. Sri Rama observó a los Vanaras regresar, pero no vio a su hermano entre ellos y preguntó: "¿Dónde está Lakshmana?". En ese preciso momento, Hanumán entró llevando el cuerpo de Lakshmana sobre sus hombros, exclamando con dolor: "¡Rama, Rama!". Éste se comportó como si estuviese perturbado y afectado por la angustia, pero de inmediato reaccionó. Colocó el cuerpo de Lakshmana en su regazo y lo examinó con detenimiento. En ese momento Jambavan, el anciano, sugirió: "Señor, no perdamos tiempo; no demoremos el tratamiento ni dudemos. Es mejor que traigamos a Sushena, el médico de Lanka; él conoce el remedio". De inmediato, Hanumán asumió una minúscula forma humana y penetró en el corazón de la ciudad. Mientras avanzaba, lo asaltó la duda respecto a si Sushena accedería a la petición de acudir al campamento de Rama, así que recurrió a una artimaña. Levantó la casa de Sushena, llevándola con él adentro, y la transportó intacta hasta el campamento. Cuando Sushena salió, se encontró ante el propio Rama. Se postró a sus pies y le reveló el nombre de la montaña donde crecía la yerba medicinal que podía salvar a Lakshmana. Mientras Rama pensaba a quién enviar en busca de tan preciada medicina, Hanumán se inclinó a los pies de loto de su señor y le rogó que se le encomendara tal misión. Así, Rama le confió a él la tarea.

Entretanto, uno de los espías de Ravana le informó que Sushena, el médico, se encontraba en presencia de Rama, por lo cual Ravana consultó a Kalanemi sobre ese nuevo suceso y sus posibles consecuencias, a lo cual Kalanemi contestó: "Rayana, Hanumán es un ser increíble. ¿Acaso no prendió fuego a Lanka en tu propia cara? ¿Qué destreza o fuerza poseo yo para contenerlo o vencerlo? Aún no es tarde para hacer lo correcto, olvida la idea de que puedes derrotar a Rama. Ve, busca refugio en sus pies y tu suerte mejorará; renuncia a tu orgullo y obstinación". Kalanemi aconsejó sabiamente a Rayana, pero éste esperaba escuchar algo diferente, y por eso rechazó aquellas palabras. Temblando de rabia, gritó: "¿Estás dispuesto a obedecerme? Si no es así, prepárate a morir". Kalanemi pensó que sería más benéfico morir a manos de Rama que en las de Ravana, así que huyó hacia el campamento de aquél. Haciendo uso de sus poderes mágicos, buscó un lago en el centro de un bello parque y, vistiendo la túnica de un rishi (devoto sabio), se sentó a la orilla, en profunda meditación. Hanumán, quien se encontraba camino a la montaña donde crecía la planta salvadora, estaba exhausto, pues no había descansado desde el violento encuentro con Meghanada. Pensó entonces que un breve descanso y un poco de agua dé ese lago lo refrescarían para poder continuar con más prisa. Hanumán se postró a los pies del sabio, quien recitaba el nombre de Rama y cantaba sus glorias y alabanzas; sintiéndose muy complacido, él también cantó "¡Rama, Rama!". Más tarde, el disfrazado Kalanemi le dijo: "¡Oh, Vanara! Una guerra se está librando entre Rama y Ravana. La veo todos los días desde aquí; no hay duda de que Rama saldrá victorioso sin menoscabo alguno". Aquellas palabras causaron en Hanumán profunda alegría y le dijo al sabio que se encontraba muy sediento; el sabio le entregó su vasija afirmando que contenía fresca y reconfortante agua, pero Hanumán replicó: "Señor, esta pequeña cantidad no será suficiente para apagar mi sed". Entonces, el sabio le dijo que muy cerca había un lago, en cuyas cristalinas aguas podría sumergirse y beber hasta saciarse. Hanumán asintió y avanzó hacia el lago indicado; entró en él hasta que sus pies quedaron cubiertos por el agua. En ese momento, un cocodrilo emergió de las aguas y atrapó sus pies con sus pavorosas fauces. Por supuesto, éste no pudo causarle mayor daño, pues Hanumán lo sacudió y golpeó hasta matarlo, pero en cuanto la vida del reptil se extinguió, apareció frente a Hanumán una resplandeciente criatura celestial. Hanumán quedó sorprendido con esa visión y le preguntó a la aparición: "¿Quién eres?", a lo cual la criatura contestó: "¡Oh, servidor de Rama!, mi carga de pecados se esfumó al tener la buena fortuna de verte y de ser tocado por ti. Kalanemi y yo éramos músicos Gandharvas, en la corte de Indra, en el cielo. Un día, el sabio Durvasa, famoso por su carácter iracundo, llegó a la corte, y cuando nuestros ojos se posaron en esa fiera y salvaje figura, rompimos a reír. Por ello él nos maldijo para que naciéramos en la tierra como Rakshasas. Le imploramos misericordia, tocando sus pies y derramando lágrimas de arrepentimiento; logramos así que se apiadara de nosotros, y entonces nos dijo: `Está bien. Nacerán en Lanka; el Señor encarnará como Rama en el último cuarto de la era de Threta y se entablará una terrible batalla entre él y el emperador de Lanka. Durante esa batalla, Lakshmana, su hermano, será fatalmente herido por el arma llamada Shakti, y Hanumán, un devoto servidor de Rama, viajará hasta la montaña Sanjivi, rica en arbustos medicinales. Ambos se liberarán de su condición de Rakshasas, al tener contacto con él'. ¡Oh, Vanara! El sabio que vive aquí cerca y que te dirigió hasta aquí es un impostor, es un Rakshasa disfrazado; su nombre es Kalanemi".

Después de oír esto, Hanumán se dirigió hacia donde se encontraba Kalanemi y le susurró al oído: "Querido preceptor, acepta la ofrenda que te brindo en pago por la lección que me has enseñado; tú eres mi gurú y debo pagar tus honorarios". Kalanemi, mientras tanto, se había preguntado el motivo por el cual Hanumán se demoraba tanto en saciar su sed y regresar, y adivinando que ello se debía a que su hermano, que vivía su maldición como cocodrilo, le había revelado su identidad y su historia, fingió estar profundamente inmerso en meditación como para no reconocer a quien se colocaba frente a él y responderle. Pero como Hanumán ya sabía que bajo ese disfraz se ocultaba Kalanemi, le apretó el cuello y se lo torció con rapidez hasta matarlo, al tiempo que Kalanemi pronunciaba las palabras "¡Rama, Rama!", que emergieron de sus labios con su último aliento.

Después de hacer a un lado el cadáver, de un puntapié, Hanumán se apresuró a llegar a la cordillera Drona y, al alcanzar la colina Sanjivi, empezó a buscar la medicina por la que había ido. Sin embargo, dado que no podía identificarla entre la exuberante vegetación que cubría aquella colina y que el tiempo apremiaba, pues se había demorado demasiado y estaba consciente de la orden de Rama, Hanumán ideó otro plan: arrancó la colina entera y brincó por el cielo, llevándola en su mano. En su camino a Lanka, y ya de noche, Hanumán tenía que cruzar sobre la ciudad de Ayodhya. A esa hora, Bharata se hallaba despierto, sintiendo pena y preocupación por lo que pudiese ocurrirle a su hermano, exiliado en el bosque. Súbitamente, una sombra apagó la luz de fa Luna; era la sombra de Hanumán que transportaba la colina, pero Bharata, creyendo que ese mono que llevaba semejante carga era un Rakshasa que había asumido tal forma para ejecutar alguna perversa misión, decidió acabar con él antes de que pudiese causar algún daño. Con su arco disparó una flecha, tensando la cuerda hasta el máximo y con atinada puntería. Cuando la flecha hirió a Hanumán, éste lanzó un agudo grito: "¡Rama!". Al escuchar ese nombre, Bharata corrió aturdido hacia el derribado mono. De labios de Hanumán escuchó todo acerca de su misión y de la urgencia de su encargo. Bharata quedó sobrecogido por el dolor; abrazó a Hanumán y le rogó que lo perdonara por su torpe proceder, después rompió en llanto y rezó: "Si es verdad que he adorado a Rama con el pensamiento, palabra y obra y que no me he desviado de ese sendero, ruego que a este Vanara le sean devueltas su salud y fuerza".

Aquel profundo lamento de Bharata y el haber expresado tan firme ruego propiciaron que el dolor de Hanumán desapareciera, y éste se incorporó recuperado y lleno de energía. Mas Hanumán, para someter a prueba la sinceridad de Bharata, dijo: "Victoria al Señor de la dinastía Raghu". Al oír aquello, el corazón de Bharata sufrió un vuelco y entre sollozos preguntó: "¡Oh, jefe de los monos! ¿Se encuentran bien Sita, Rama y Lakshmana? ¿Sita, mi Madre, está feliz y con ánimo?". Bharata derramaba lágrimas de alegría al recordar a la ausente Sita y a sus hermanos. Hanumán le relató todo lo que había sucedido y Bharata quedó abatido por la tristeza al escucharlo y se desmayó al saber que Lakshmana había perdido la conciencia en el campo de batalla. En poco tiempo, Bharata se recuperó e incorporándose, dijo: "Hanumán, disculpa mi torpe comportamiento. No debo causarte más demora. Apresúrate a llevar la colina Sanjivi con la preciada medicina que puede curarlo; ¡date prisa!"

Hanumán se postró a los pies de Bharata y levantó la colina sobre la palma de su mano. Cuando se elevó sobre el horizonte, Bharata lo observó sin parpadear hasta que lo perdió de vista, sintiéndose contento por tener, al fin, noticias de Rama, aunque triste por el estado de Sita y de Lakshmana. Llevando a cuestas su pesar, emprendió el camino a su hogar y narró aquellos incidentes a las madres.

Sumitra, la madre de Lakshmana, se entristeció momentáneamente, pero pronto recobró !a calma al recordar que Rama estaba al lado de su hijo y se dijo a sí misma: "El hijo nacido de mi vientre está ofrendando su vida al .enrielo de Rama. Ése es suficiente consuelo para mí y me produce una gran satisfacción; mi vida ha sido colmada. No obstante, me preocupa que Rama esté afligido por la suerte de Lakshmana, su «pérdida de conciencia» debe preocuparle mucho; la separación de su hermano también debe causarle dolor. ¡Hijo!, ¡Satrugna!, ve hacia donde está Rama y permanece a su lado". Satrugna se puso de pie a! oírla y dijo: "iQué mayor fortuna podría ocurrirme!". Pero Bharata lo detuvo para decirle: "Sin órdenes específicas de Rama' no puedo aceptar que te le unas". Bharata consoló a Satrugna y le explicó que a Rama podría no gustarle esa decisión y que lo mejor era someterse a su voluntad.

Mientras tanto, en Lanka, Rama cuidaba de Lakshmana. La mañana transcurrió hasta convertirse en tarde y después en noche. Los Vanaras se sentaron alrededor de Rama y éste, actuando como un ser humano común, expresó su ansiedad por la ausencia de Hanumán: "Ya es medianoche y aún no hay señales de Hanumán. ¿Acaso se habrá perdido? Mi hermano Lakshmana continúa inconsciente y en estado crítico". Volvió tiernamente el rostro de Lakshmana hacia él y, acariciándolo con afecto, dijo: "Hermano, abre tus ojos y mírame. Jamás habías pasado tanto tiempo sin posar tus ojos en mí; sin un solo parpadeo me has observado todos estos años sin interrupción; ¿cómo puedo soportar tu silencio? Desde ayer no tengo quién me consuele con suaves palabras sollozaba Rama como un mortal común . Hermano, por mí olvidaste a tus padres y a tu esposa, y me acompañaste al exilio aun cuando no estabas obligado a hacerlo. Nunca te importaron las privaciones. Tu naturaleza es dulce y sencilla; sin embargo, por mí aceptaste con alegría el ardiente Sol, te mojaste bajo la lluvia y temblaste de frío. Tomabas tus alimentos a deshoras y me dabas toda la comida que encontrabas. Lakshmana, sé muy bien que en ocasiones te acostabas en el suelo con el estómago vacío. ¡Hermano!, durante doce largas horas he sido privado de tu amoroso cuidado, ¿no te das cuenta de esto? ¡Lakshmana! Abre los ojos una sola vez y mírame; ¡es lo que más necesito ahora!".

Rama acarició el mentón de Lakshmana con su amorosa mano y oró conmovedoramente para recibir una mirada de Lakshmana. Los Variaras lloraban de tristeza al notar la ansiedad de Rama. Muchos de ellos treparon a las copas de los árboles y otearon el horizonte buscando señales de la llegada de Hanumán.

Pronto, el heroico mono apareció llevando la colina Sanjivi en la mano. Ante los ojos de los Variaras, Hanumán brilló como la encarnación del valor, luciendo aún más hermoso por el resplandor de la compasión. Descendió entre vítores de "¡Salve!, ¡salve!" de los Variaras, quienes le dijeron: "Tú les has otorgado valor a nuestras vidas; si no hubieras aparecido antes del amanecer, nos habríamos arrojado al océano para morir, pues no podríamos seguir con vida sin Lakshmana. Has salvado nuestra existencia". Cuando Rama vio llegar a Hanumán con el pico sobre el cual crecían las plantas medicinales, su gozo fue incontenible. De inmediato, Sushena procedió a recoger las yerbas que requería y se las administró a Lakshmana, el cual se incorporó, totalmente recuperado. Rama estaba henchido de alegría; abrazó a su hermano, lo acarició lleno de amor y exclamó: "¡Hermano, hermano! ¿Dónde has estado todas estas horas?". De sus ojos brotaban lágrimas de alegría y gratitud; estaba inmerso en gozo supremo, comparable sólo a la bienaventuranza divina. Al mismo tiempo, y gracias a que experimentaron el contacto del vivificante aire que rodeaba a la colina Sanjivi, los Variaras que habían caído durante los amargos días de combate recuperaron la vida. Aquello causó enorme alegría entre los Variaras y todos bailaron jubilosos, abrazando a sus resucitados parientes y compañeros. Rama bendijo a Sushena y le juró que lo protegería de cualquier intento de venganza de Rayana. Le ordenó a Hanumán que nuevamente lo llevara a Lanka, con todo y su casa, incluyendo la preciada colina Sanjivi, como recuerdo del servicio prestado a Lakshmana y a los Variaras. Hanumán alabó aquella acción y le agradeció haber salvado la vida de su señor y la de sus compañeros. Levantó su casa con él adentro, así como la colina y las colocó a salvo en tierra de Lanka.

Un nuevo día vio la luz, y se escucharon los tambores de guerra provenientes del campamento Rakshasa. Al oír el sonido de aquellos tambores, los Variaras se excitaron. Sólo pensar en Rama, su guía y guardián, les inyectaba enorme fuerza; cada uno estaba dotado de la fuerza de varios elefantes. Brincaban por doquier, impacientes por combatir. Ese día, el generalísimo del enemigo era Dhumraksha, quien luchó con denuedo pero no pudo evitar la muerte a manos de Hanumán, al siguiente día. Entonces, Akampa intervino en la lucha y peleó ferozmente a la cabeza de las hordas demoníacas. Angada condujo a los Variaras para hacer frente a Akampa y logró acabar con él ese mismo día. Al saber que Akampa había muerto a manos del enemigo, Prahasta se apresuró a entrar en combate, provocando gran alarma. Nila se hizo cargo de él e invocando aún con más intensidad el nombre de Rama, lo combatió con gran furia. Saltó sobre Prahasta con enorme ferocidad y al final, logró matarlo. Mahodara se sumó al ataque; sin embargo, Hanumán se plantó frente a él con un estremecedor rugido y se le enfrentó con fiereza. En poco tiempo, Mahodara fue despedazado.

Durante cinco largos días, los dos hijos de Kumbhakarna, Kumbha y Nikumbha, continuaron la batalla, encabezando una falange de fieros Rakshasas. El sexto día, los hermanos alcanzaron el cielo reservado a los héroes que mueren en el campo de batalla.

Al observar la ininterrumpida serie de calamidades que sufrían sus ejércitos, los Rakshasas de Lanka fueron presa del pánico y buscaron con desesperación un sitio donde esconderse para conservar la vida; muchos se rindieron y pidieron asilo en el bando de los Variaras, culpando a Rayana y lanzándole injurias. Otros se acercaron a la reina Mandodari y le rogaron detener la escalada de desastres. Ella también estaba triste porque Rayana había cedido a sus rabiosos impulsos y trató de disuadirlo de continuar la guerra.

Sin embargo, la lucha continuó. Makaraksha, el formidable guerrero, prosiguió la batalla. Lakshmana se enfrentó a él y lo mató. Al presenciar aquella rápida victoria, los Variaras saltaron de alegría y exclamaron: "¡Victoria, victoria!". Rayana, abatido, lloraba al escuchar que todos sus invencibles generales habían sido muertos. Corrió hacia el lugar en el que su hermano Kumbhakarna yacía dormido y trató de despertarlo con brusquedad.

Multitud de Rakshasas se reunieron a su alrededor y casi en sus oídos golpearon salvajemente enormes tambores. Ravana mandó traer a cientos de púgiles para que con golpes despertaran al demonio; cientos de ellos descargaron puñetazos sobre él; otros le propinaron pesados golpes con gigantescas mazas. Por fin, los ojos se abrieron y el demonio miró a su alrededor. Ravana lo puso al tanto de .a desesperada situación en la que se encontraba y le dio la noticia de la muerte de sus dos hijos. Eso lo hizo incorporarse con sed de venganza, como si fuese la encarnación del tiempo, el destructor universal, y exclamó: "¡Tonto! ¿Acaso pensaste obtener la victoria? Te has mancillado imperdonablemente al haber raptado a Sita, la madre del universo; tu vil acto es inexcusable y aborrecible. Tu depravación ha ocasionado la destrucción de Lanka. Ve, entrégate a Rama y olvida tu absurdo concepto del prestigio y de la fama. ¿Acaso fue propio de un rey, cuyo deber es mantener la rectitud y eliminar lo incorrecto, ignorar la decencia y la buena conducta, para raptar a la esposa de otro? ¿Crees que la ética aprueba tal acción? ¿Piensas que tu comportamiento conduce al progreso espiritual? Ahora tienes que sufrir las consecuencias de tus actos. Ravana, Rama no es un mortal común. Surpanaka, nuestra hermana, estaba enloquecida por la lujuria; ella intentó satisfacer sus deseos egoístas y sufrió la consecuencia de su maldad, enardeció tu instinto y te indujo a perpetrar este atroz crimen. Al escuchar a esa astuta mujer perdiste el buen juicio y atrajiste sobre ti esta calamidad".

Kumbhakarna culpó a su hermano y lo aconsejó largamente, pero Ravana no estaba de humor para aceptar su culpa; por el contrario, le rogó: "No me abandones en el desastre, prepárate para conducir a nuestros ejércitos en la batalla y salva mi vida".

Al no encontrar otra salida y vencido por el afecto que sentía hacia su hermano, Kumbhakarna se alistó. Le llevaron recipientes repletos de caldo y gran cantidad de carne para que desayunara y, después de comérselo todo de un solo bocado, se lanzó a la batalla. Al verlo entrar en combate, Vibhishana, su hermano menor, corrió hacia él desde el campamento de Rama y cayó a sus pies, en humilde reverencia; después se incorporó y se anunció diciendo su nombre. Kumbhakarna se puso muy contento y abrazó a su hermano con ternura. Vibhishana fue el primero en hablar y le dijo: "Hermano, Ravana me insultó en plena corte y me echó a patadas del salón de audiencias. Yo le hice saber las calamidades que ocasionaría este enfrentamiento y traté de persuadirlo para que depusiera su actitud, pero él hizo caso omiso de mis advertencias y prestó oídos a sus necios ministros, ebrios de poder. Lanzó sobre mí insoportables insultos frente a tales personas, por lo que, al no tolerar el agravio, me entregué a Rama; al saber éste que yo era inocente y que estaba indefenso, me aceptó concediéndome asilo".

Kumbhakarna le respondió: "Escucha, hermano, la sombra de la muerte se cierne ya sobre Ravana; ¿cómo podría él prestar atención a los buenos consejos? Seguramente has hecho lo correcto, realizando la meta de tu vida; ahora ya no eres Vibhishana; sino la Vibhushana (joya resplandeciente) del clan Rakshasa. Has ennoblecido y purificado a tu clan al servir con tan ardiente fervor al océano de felicidad, la corona de la dinastía Raghu, Rama. Vete y sírvele con sincero fervor. Hermano, debo participar en la batalla sin importar el destino que me aguarde, pues yo también estoy cerca de la muerte. Ravana sabe que mi corazón no está con él. Te recomiendo que olvides la lealtad a uno u otro bando, y fue seas sólo leal a Rama". _

Después de recibir aquellos consejos y bendiciones de su hermano, Vibhishana regresó ante la presencia de Rama y le dijo: "Señor, esa montaña Rakshasa es Kumbhakarna, él es un feroz y valiente luchador y ha venido aquí a enfrentarse contigo".

Cuando los Vanaras escucharon esas palabras se enfure= cieron a tal grado que echaban chispas y, dirigidos por Hanumán, cayeron sobre el enemigo. Arrojaron árboles inmensos y enormes rocas contra Kumbhakarna, pero éste permaneció de pie, impasible. ¡El ataque Vanara era como golpear a un elefante rabioso con una pestaña! Hirviendo de ira, Hanumán le propinó un tremendo golpe con el puño e hizo que Kumbhakarna se tambaleara. Mas se recuperó con rapidez y le regresó el golpe, derribándolo. Nala y Nila se unieron al combate, pero nada pudieron hacer ante el poder de Kumbhakarna, y el temor se apoderó de los Vanarast Sugriva y Angada también resultaron dañados por el feroz ataque y los dos rodaron al suelo. Al final, Kumbhakarna asió a Sugriva y lo llevó hasta fuera del campo de batalla, pues supuso que si eliminaba al jefe derrotaría al ejército Vanara.

Cuando Hanumán recobró la conciencia y se dio cuenta de lo que ocurría, buscó con desesperación a Sugriva, el cual, mientras era llevado prisionero bajo el brazo del poderoso Kumbhakarna, volvió en sí y trató de librarse. Hanumán, al ver el intento desesperado de Sugriva por escapar de aquel abrazo, corrió a auxiliarlo, pero antes de que se aproximara, Sugriva logró zafarse de su captor y empezó a luchar con valentía contra él; mordió la nariz y las orejas de Kumbhakarna, y a causa de esas heridas el monstruo empezó a respirar con dificultad. De inmediato, una horda de Vanaras, al tiempo que gritaban "¡Victoria a Rama! ¡Victoria a nuestro Señor!", rodearon a Kumbhakarna y le arrojaron rocas, colinas y árboles. El enfurecido demonio saltó sobre los Vanaras y, atrapando a los más próximos, los aplastó y se los tragó; a muchos otros los trituró hasta matarlos. De esa forma, Kumbhakarna dispersó a los aterrorizados Vanaras.

Al ser testigo de tal escena, Rama les dijo a Lakshmana y a los demás que había llegado el momento de participar él mismo en la batalla; su intervención no podía demorarse por más tiempo. "Lakshmana, dame el carcaj inagotable de flechas", dijo, y obedeciendo a Rama de inmediato, Lakshmana colocó en las manos de su hermano el carcaj. Armado con el arco Kodanda, Rama caminó hacia el campo de batalla como un león que avanza hacia su presa; Lakshmana, Sugriva, Hanumán y Jambavan lo siguieron. Las flechas disparadas por el arco de Rama volaron con gran velocidad, como serpientes aladas, hacia el enemigo; se esparcieron por todas partes y penetraron en los cuatro confines. Millones de héroes y guerreros de las filas enemigas cayeron muertos; incapaces de soportar el ataque de las flechas, los Rakshasas huyeron. El torrente de saetas no se agotaba; cada una que era lanzada regresaba al carcaj, después de causar daño. Al darse cuenta de que Rama iba a exterminar alas fuerzas Rakshasas, Kumbhakarna se enfureció terriblemente; rugió como un león herido y se lanzó al centro del campo de batalla, obligando a los Vanaras a huir llenos de miedo. Al ver que nada podía detener a Kumbhakarna, Rama apuntó contra él una flecha y le cortó los brazos, separándolos de sus hombros. Al sentirse herido, el monstruo aulló como la montaña Mandara cuando sus alas fueron cercenadas por Indra, el rey de los dioses, y se arrojó contra Rama dando un agudo chillido; Rama tensó su arco al máximo y le disparó con fuerza mortal un hato de flechas a la cara. Kumbhakarna se tambaleó ante el impacto, pero no se desplomó, por lo cual Rama usó otra flecha que le cortó la cabeza y la hizo rodar al suelo. Aun con la cabeza separada, el cuerpo continuó avanzando amenazador y, para hacerlo caer, Rama disparó otra flecha que lo partió en dos. Súbitamente, un resplandor se elevó del cuerpo y, avanzando hacia donde estaba Rama, se fundió con él. El Rakshasa obtuvo la liberación sin llevar a cabo ningún sadhana (disciplina espiritual), ni japa (recitación del Nombre) ni tapas (prácticas ascéticas). En vida, Kumbhakarna brilló como un incomparable héroe en el campo de batalla; al morir, alcanzó el más elevado estado de unión con Dios.

Rama permaneció de pie en el campo, con el rostro de loto perlado de sudor y su cuerpo manchado por algunas gotas de sangre de Kumbhakarna. Anochecía. Los dos ejércitos habían luchado ferozmente durante todo el día, así que se retiraron a sus respectivos campamentos. La gracia concedida por Rama reanimó el espíritu de los Vanaras; como fuego alimentado por hierba seca, así se elevó la llama de sus corazones.

Los Rakshasas perdían fuerza cada día y Rayana se lamentaba inconsolable; semejaba a una cobra sin capucha. Abrazando la cabeza de su hermano contra su pecho, gemía sin cesar. Meghanada, su hijo, trató de calmarlo de muchas formas y le dijo con arrogancia: "Mañana te demostraré mi heroica fuerza, aplastaré a esos Vanaras en un instante y te brindaré una alegría inmensa, más grande que el dolor que ahora te aqueja". Al amanecer, Rayana fue informado por sus mensajeros de que los osos y monos habían rodeado la ciudad. Esto propició que los indomables guerreros Rakshasas volvieran a la lucha y marcharan hasta toparse con el enemigo. Cada uno peleó contra todo el que le hacía frente, usando toda su destreza y poder. Durante esa jornada, la ferocidad de la lucha fue escalofriante. Meghanada subió a su carruaje mágico y se elevó por los aires. Su desafiante rugido tronó como el cielo en el día del juicio final y derribó a los Vanaras cual si hubieran sido golpeados. La tierra tembló por el eco de aquel rugido. Repentinamente, Meghanada creó una falsa Sita, la hizo sentar en el carruaje y descendió hasta el campo de batalla. Hanumán fue el primero en verla y, dirigiéndose a él, Meghanada gritó: "¡Escucha, Hanumán! Están librando esta batalla con el propósito de rescatar a Sita y voy a matarla en este momento; con su muerte esta guerra debe terminar". Con su espada la cortó en pedazos y los arrojó lejos. Hanumán se llenó de cólera y deseos de venganza, y arengó a los Vanaras a que pelearan sin temor a perder la vida, para exterminar a la raza Rakshasa. El ataque fue tan cruento que los Rakshasas retrocedieron hasta la ciudad.

Hanumán fue hacia Rama y le informó del vil acto perpetrado por Meghanada. Al escuchar aquella noticia, Rama fingió pesar; sabía que se trataba de una falsa Sita, creada por la magia de !os Rakshasas, sin embargo, actuó como si fuera un mortal común, "un hombre entre los hombres". Lakshmana también se hundió en la desesperanza, lamentándose por la pérdida de la Madre de todos los mundos y se sentó, abatido por la pena, pensando que ya era inútil seguir con vida. Al escuchar lo que había sucedido, Vibhishana corrió hacia Rama y le dijo: "¡Señor! Tú conoces la verdad. Este incidente no es más que una farsa, pues Sita está viva y celosamente protegida. Sólo Ravana tiene acceso al lugar donde se la mantiene en cautiverio. Meghanada ha creado a una falsa Sita y ha fingido matarla para hacernos caer en el desaliento. Entre nosotros los Rakshasas, tales ardides son muy comunes; conozco la forma en que ellos se divierten con tan perversas argucias". Rama y Lakshmana se pusieron felices al escucharlo y le agradecieron la información acerca de los trucos de los Rakshasas. Para confirmar lo dicho por Vibhishana y convencerse aún más, Hanumán adoptó otra forma y entró en la ciudad de Lanka, sin ser visto. Se dirigió al parque donde Sita se encontraba confinada y regresó para informar a los Vanaras que aquello había sido una ilusión. Esa noticia los llenó de gran entusiasmo para seguir combatiendo.

Meghanada reanudó el combate y esta vez no sólo arrojó flechas sobre los Vanaras sino también lanzas, mazas, hachas, morteros y rocas. Los Vanaras escuchaban gritos estremecedores y órdenes que decían: "¡Golpéalo!", "¡atrápalo!", etcétera, pero no podían ver a sus atacantes que, acatando tales órdenes, los golpeaban y apuñalaban. Fue una experiencia aterradora que sembró la confusión entre ellos; no podían discernir de dónde procedía el peligro ni encontraban sitio para refugiarse. Incluso los grandes héroes, como Nala, Nila, Angada y Hanumán, fueron presa del pavor.

Meghanada lanzó flechas contra Lakshmana, Sugriva y Vibhishana y atravesó sus cuerpos. No obstante, ellos siguieron luchando con incesante furia. Entonces, Meghanada se enfrentó al mismo Rama y disparó contra él siseantes flechas serpientes. Se trataba de la renombrada Sarpastra, el arma del dragón. Y Rima, el supremo actor, el poderoso héroe que destruyó a Khara, a Dushana y a sus ejércitos, decidió sufrir en su cuerpo humano los efectos de tan poderosa arma. Con el fin de presentar el debido respeto al divino dragón y para hacer constar lo poderoso que era éste, Rama le permitió que lo hiriese. Esto puede resultar extraño; no obstante, ésta es la historia de Rama, quien vino al mundo con atributos, cualidades y !imitaciones, por lo que la gente con limitada capacidad de pensamiento, palabra y obra es incapaz de descubrir esta verdad. Los Vanaras se sentían indefensos y angustiados a! ver que Rama había sido dominado por el arma del dragón, y Meghanada no cabía en sí de alegría, gritándoles insultos.

Al verlo, Jambavan le espetó: "¡Hey tú, maligno gusano! ¡Detente!". Meghanada lo menospreció diciéndole: "¡Vaya!, no te he prestado atención porque eres demasiado anciano para merecerla, dime: ¿qué valor pueden tener tus palabras? Retírate". Entonces, lanzó un tridente a Jambavan, pero éste lo atrapó y lo arrojó al agresor con tan buena puntería y tanta fuerza que el tridente se le clavó justo en el corazón. El herido se tambaleó durante algunos segundos, hasta que se desplomó. Jambavan saltó sobre el herido Meghanada y, asiéndolo de los pies, lo hizo girar con rapidez y después lo arrojó. "Dime ahora si soy o no un viejo; juzga si tengo la fuerza de la juventud o de la ancianidad", dijo retadoramente Jambavan a Meghanada. Éste no había muerto y, tras incorporarse con gran dificultad, se escabulló. Sintió vergüenza al no cumplir con su baladronada y no se atrevió a encarar a su padre, por lo cual se recluyó en un jardín llamado Nikumbala, donde muchos Rakshasas habían efectuado penitencias y austeridades en el pasado.

Cuatro de los ministros de Vibhishana que habían observado de incógnito los movimientos del enemigo se dieron cuenta de lo sucedido y fueron a informarle a su rey lo que planeaba Meghanada. Vibhishana se dirigió a Rama y le dijo: "Señor, he recibido algunas noticias; Meghanada se dispone a llevar a cabo un yajna (sacrificio) maligno para atraer las fuerzas del mal. Si efectúa esa ceremonia, nos será muy difícil derrotarlo; debemos detenerlo". Rama aceptó la sugerencia y quedó complacido con la información. Llamó a Hanumán y a Angada y les dijo: "Hermanos, vayan y causen disturbios para obstaculizar el sacrificio que Meghanada está realizando". Después se volvió a Lakshmana y le dijo: "Lakshmana, tienes que vencer a ese sujeto en el campo de batalla, pues los dioses están afligidos a causa de sus iniquidades". Tan pronto como lo ordenó, Vibhishana, Sugriva y Hanumán reunieron un enorme ejército de Vanaras y siguieron a Lakshmana para apoyarlo. Éste se armó con el arco y el carcaj inagotable y, luego de postrarse ante Rama, marchó hacia el campo de batalla, llevando a Rama en su corazón. Por su parte, Angada, Nala, Nila y otros generales avanzaron detrás de Hanumán.

Cuando llegaron al jardín Nikumbala, vieron que el sacrificio ya había comenzado y que la carne y la sangre de los búfalos en ese momento se ofrecía en el fuego ritual, así que empezaron a perturbar la ceremonia. Sin embargo, Meghanada no se inmutó. Volvieron a insistir y ridiculizaron a gritos los himnos pronunciados por los sacerdotes para invocar a las fuerzas del mal, pero tampoco dio resultado. Entonces, los enfurecidos Vanaras penetraron en el área del sacrificio y, sujetando a Meghanada del cabello, lo arrojaron al suelo y lo patearon. Éste tomó su tridente y lo lanzó contra ellos, hiriendo a Angada y a Hanumán cuando lo atacaban. El golpe fue tan fuerte que ambos rodaron por el suelo. Lakshmana acudió en su auxilio y rompió en dos el tridente. Angada y Hanumán se recobraron de inmediato y golpearon a Meghanada con toda su fuerza. Sin embargo, el Rakshasa no se intimidó ni mostró daño alguno por los impactos. Entonces, Lakshmana le lanzó flechas mortales, como si fuera el mismo dios de la muerte que hubiera venido a matarlo, y cada una lo hirió como un trueno, lo que obligó a Meghanada a hacerse invisible. Usando su magia, adoptó una forma misteriosa y escapó. La paciencia de Lakshmana se agotó; colocó flechas sagradas en su arco e invocando el poder y majestad de Rama, las arrojó contra Meghanada para que éstas lo alcanzaran dondequiera se encontrara. Así, una de las flechas atravesó el corazón del demonio y acabó con su vida. Puesto que durante sus últimos instantes había tenido en su mente a Rama y a Lakshmana, Angada, Hanumán y Vibhishana alabaron la forma en que había muerto, así como su bravura. Hanumán levantó el cuerpo sobre sus hombros y lo condujo hasta la entrada principal de la ciudad de Lanka, donde lo colocó y después, regresó. Lakshmana llegó hasta Rama y se postró a sus pies. Rama estaba complacido por su triunfo; escuchó, sin perder detalle, lo acontecido en el jardín Nikumbala y acarició a su hermano con gran afecto.