Libros escritos por Sai Baba

{SB 80} Ramakatha I & II ( La Historia de Rama )

24. Lanka en Llamas

( Impreso en castellano en Ramakatha. La historia de Rama (Ramakatha Rasa Vahini) cap. 24 )

24. LANKA EN LLAMAS

Hanumán sabía que no era correcto permanecer más tiempo en Lanka. Creyó pertinente comunicarle a Rama, lo antes posible, las buenas noticias acerca de Sita y solicitó permiso para emprender la marcha. Sita le dijo: "Vete, vete pronto y con cuidado. Dile a Rama que venga rápido y me lleve con él". Sita derramaba lágrimas de tristeza y esperanza. Hanumán se conmovió ante esa dolorosa escena y el pesar embargó su valeroso corazón. Consoló a Sita y le dijo: "Muy pronto, Madre, Rama sitiará a Lanka con sus hordas de monos. Destruirá al ejército de Rakshasas y te rescatará para llevarte de nuevo a Ayodhya".

Sin embargo, Sita estaba inconsolable, pues la perturbaban ciertas dudas: "Hanumán dijo ¿qué es lo que dices? ¿Acaso un ejército de moños puede luchar y destruir a estos Rakshasas que son mucho más fuertes y expertos en estratagemas y subterfugios? ¿Cómo podrían Rama y Lakshmana enfrentarse a estos demonios y derrotarlos? La victoria sobre los demonios es un sueño imposible. Esto terminará sólo con mi muerte. Antes que causar la muerte de muchos de ustedes en el campo de batalla, gustosamente exhalaría mi último aliento y salvaría sus vidas". Sita se lamentaba de esta manera, cuando Hanumán la interrumpió diciendo: "¡Madre, no llores! Nosotros, las huestes de monos, somos los esclavos de Rama. Todos sabemos que él es nuestra fuerza y valor y aspiramos el nombre de Rama como el aire. No tenemos más fuente de vida que él. Por lo tanto, aun si cada uno de estos Rakshasas aumentara mil veces su perversidad, nosotros los monos los derrotaríamos fácilmente. Podemos conseguir la victoria sobre ellos, a pesar de sus ardides y maldad. Dudas de la magnitud de nuestra fuerza y habilidades porque aparecemos ante ti con nuestra apariencia común. Déjame mostrarte la forma que puedo adoptar en el campo de batalla". Hanumán elevó su estatura hasta el cielo y se colocó frente a Sita. ¡Era una montaña de oro brillante! Sita quedó estupefacta y exclamó: "¡Hanumán, basta, basta! Es suficiente, contente; si los ojos de los Rakshasas se posaran en ti quizá no podrías llegar pronto junto a Rama". Sita protestó y le rogó que recobrara su estatura normal. Hanumán abandonó entonces la temible apariencia que había adquirido y se transformó de inmediato en un pequeño y apacible mono; se postró a los pies de Sita y dio la vuelta para marcharse, pero el lamento de Sita y su angustiado rostro estaban tan profundamente grabados en su corazón que sus pies se negaban a moverse.

Cuando regresaba del sitio donde se encontraba Sita, Hanumán vio una huerta y, arrancando de las ramas sabrosos frutos, comió hasta saciarse. Después hizo a un lado los que aún estaban verdes y los que habían sobrado. Al verlo, un guardia Rakshasa trató de ahuyentarlo, pero Hanumán le asestó un golpe que lo derribó al suelo El guardia corrió hasta el jefe del pelotón; éste huyó aterrorizado para ver a su superior, quien a su vez acudió al jefe máximo, y de esta manera, las noticias acerca del mono que andaba provocando líos en el jardín llegaron hasta los oídos de Ravana. Éste interpretó aquel suceso como un terrible presagio y no pudo contener la ira ante el agravio y el insulto. Las llamas de su ira se elevaron hasta el cielo y ordenó a unos cientos de Rakshasas que buscaran y atraparan al osado animal. Como no tuvo éxito, envió miles de soldados fuertemente armados, al jardín donde Hanumán aguardaba el ataque. Tampoco ese formidable ejército pudo dañar al mono, ni siquiera persuadirlo para que se marchara. Hanumán quebró una varita seca del árbol en el que estaba sentado y con esa arma diminuta trazó círculos mientras pronunciaba "Ram, Ram". De ese modo, desvió todos los proyectiles lanzados en su contra. Al ver esto, los Rakshasas se preguntaron quién era aquel mono. ¿Acaso, un emisario de los dioses o un heraldo de la destrucción de Lanka? Los derrotados guerreros regresaron al campamento, llevando sobre sí premoniciones de desastres. No les quedaba valor para confesar la derrota ante su jefe Ravana. "Enviaste un enorme número de Rakshasas adiestrados para esta misión especial, pero no pudimos cumplirla. Bastó un solo rugido del mono para que cientos de tus hombres murieran de miedo. La tierra tembló bajo nuestros pies. El rugido se repitió e hizo eco en cada casa de la ciudad. Al ver la difícil situación, nuestros jefes decidieron venir a ti para informarte que éste no es un enemigo común y que presagia alguna terrible calamidad". Eso fue lo que declararon ante Ravana, planteándole que aquella situación amenazaría al país entero si se le permitía al peligroso mono deambular por ahí.

Ante esto, Ravana envió a su hijo Akshayakumara, a la cabeza de miles de adiestrados guerreros Rakshasas, pero Hanumán acabó también con ese ejército en un segundo y Ravana tuvo que lamentar la muerte de su amado hijo. El país entero temblaba de miedo ante las noticias de la muerte del príncipe y la destrucción de su ejército. La gente murmuraba con temor que ése no era un mono común, que tal vez era un fenómeno divino y el terrible vengador que venía a castigar el pecado de haber traído a Sita a Lanka. Mucha gente rezaba a Sita desde el fondo de su corazón, para que librara a Lanka del mono, pues pensaban que su venganza había tomado la forma de esa extraña bestia. Ravana mandó llamar a Meghanada, le encomendó destruir al invasor y puso bajo su mando a un inmenso ejército de miles de Rakshasas. Meghanada subió a su carruaje y condujo con gran pompa al heroico ejército. A su paso, la tierra y el cielo se asombraban ante aquel poderío y feroz avance; su grito de guerra desgarraba los cielos. Todos los que presenciaron tal demostración quedaron maravillados.

Hanumán observó aquella marcha y escuchó las trompetas, con absoluta indiferencia. Permaneció inmóvil, sentado sobre una pequeña rama del frondoso árbol y disfrutó lo que le parecían grotescas bufonadas de los Rakshasas. Cuando estuvieron cerca de él, los soldados le dispararon una lluvia de flechas a Hanumán. Lanzando un ensordecedor rugido, Hanumán brincó al suelo y, arrancando de raíz un árbol gigantesco, lo hizo girar a su derredor para protegerse de la lluvia de flechas que trataban de alcanzarlo. (Éstas fueron impelidas por la ráfaga de aire que se formó, desviándolas hacia los Rakshasas y mataron a muchos de ellos, sobreviviendo muy pocos para continuar la batalla. Meghanada fue derribado por un golpe y rodó arrojando sangre. Ante esto, decidió recurrir a la sagrada flecha de Brahma que traía consigo. Sabía que Brahma, el primero de la Trinidad, le había dicho a,Ravana que hallaría la muerte a manos de un hombre y monos, por lo cual decidió evitar esa calamidad. El Brahmarastra fue extraído dei carcaj, con las fórmulas rituales prescritas. Hanumán profesaba gran reverencia a las armas santificadas con mantras y dedicadas a Brahma, y por ello no evitó el ataque. Se postró reverentemente ante ella, y entonces resultó fácil para Meghanada atarlo con la cuerda de serpiente.

Los jubilosos Rakshasas llevaron de inmediato a Rayana la feliz noticia. Miles y miles de ansiosos Rakshasas se volcaron a las calles para ver al mono que había sido atrapado. Hanumán no sentía miedo o ansiedad alguna; permaneció tranquilo, observando a la muchedumbre, con una divertida sonrisa. Por fin, lo condujeron al salón de audiencias de Rayana. Los cortesanos y ministros ahí reunidos estaban azorados frente a la insultante indiferencia con que Hanumán reaccionaba ante el despliegue de poder y lujo de que se hacía gala en aquel salón. Rayana rió a carcajadas al ver la ridícula figura de! mono, pero de inmediato lo sobrecogió el temor de una muerte inminente. Sin embargo, la ira predominó sobre aquel temor y le preguntó: "¡Oye tú, mono!, ¿quién eres realmente? ¿A quién pertenece el poder que has estado utilizando? ¿Por qué destruiste este huerto y este parque? Aun cuando estás atado no das muestra de vergüenza y miras a tu alrededor con la cabeza erguida. ¡Anda, respóndeme!"

Hanurnán lanzó una sonora carcajada a su interrogador. Al responderle, empleó un lenguaje y vocabulario que se encontraban más allá del entendimiento de la gente que lo rodeaba. Sin embargo; Rayana, experto en retórica y gramática, lo entendió perfectamente y el diálogo entre ellos pareció; a quienes escuchaban, una disputa entre dos gigantes intelectuales. Rayana realizó ante Hanumán diversos actos mágicos, para impresionarlo y mostrarle que era invencible. Hizo alarde de sus poderes y habilidades, pero Hanumán permaneció impasible y le dijo: "Rayana, conozco tus proezas y que luchas con mil brazos. También sé de tu famosa pelea contra Va¡¡, pero, ¿cuál es e! mal que he cometido? Estaba hambriento; arranqué algunos arboles; ésa es mi naturaleza. Estaba en mi elemento, mi hábitat natural, la copa de los árboles. Es obvio que todos tenemos e! deseo y la determinación de cuidar nuestra vida, de proteger nuestro cuerpo. Tus soldados son perversos, me hirieron, por lo cual tuve que herirlos. Al final murieron, pues no pudieron soportar las heridas; luché contra ellos para salvarme. La flecha de tu hijo me obligó a rendirme, pero no estoy tratando de engañarte. Mi único deseo es cumplir las órdenes de mi amo. Escúchame con atención: renuncia a toda idea de orgullo y reputación personal, reflexiona en la grandeza de tu estirpe y piensa en tu familia. Recuerda que eres el bisnieto de Brahma, el nieto de! gran Pulastya y el hijo de Visravas. Renuncia a esta ilusión de acumular porppa y poderío. Adora en tu corazón a aquél que aniquila el miedo en todos los que le profesan devoción, la joya suprema de la dinastía Ikshvaku, !a preciosa gema de la dinastía Raghu: ¡Rama! Ríndete a é!, refúgiate en él, ante quien incluso el tiempo tiembla de miedo. No es conveniente para ti que te enemistes con mi amo. Escúchame: lleva a Sita ante los pies de loto de Rama y medita acerca de la gracia que fluye de esos pies. Fortalecido por esa gracia, gobierna a Lanka por siempre jamás. Haz que, mientras el Sol y la Luna iluminen el cielo, la gloria de tu abuelo Pulastya alcance los confines del mundo. ¡Que el inmaculado non obre de tu linaje no sea empañado por ti en lo más mínimo! Renuncia a tu orgullo e ilusión. ¡oh, emperador!, !os ríos que nacen en las montañas son caudalosos en época de lluvias y descienden con furia, pero en sólo unas semanas se secan y apenas llevan un hilo de agua. Tu poder y riqueza pronto desaparecerán. Adora a Rama como la fuente de tu poder y riqueza, y entonces éstos no disminuirán, porque él es el manantial inagotable de paz y prosperidad. Él siempre está colmado, no perderá nada y serás tú quien se beneficie de él. ¡Oh, Rayana!, te digo esto sinceramente, sin ocultarte nada. Nadie puede rescatar a la infeliz persona que se halle cegada por el odio hacia él. Acepta mi consejo".

Las palabras de Hanumán fueron suaves y respetuosas, llenas de sabiduría y moral. Pero Rayana no estaba preparado para obtener provecho de la advertencia y le dijo: "¡Necio! ¿Te atreves a aconsejarme sobre lo que debo hacer? ¡Vaya contigo! La muerte debe de estar muy próxima a ti, pues de otra forma no tendrías el valor de lanzar semejante discurso en mi presencia. ¡Basta de palabrería y cierra la boca!". Hanumán no obedeció, sino que le contestó: "Rayana, lo que has dicho dicta tu sentencia. ¡Lástima!, te has vuelto loco. Sabrás la verdad de mi advertencia con el correr del tiempo; en pocos días sabrás cerca de quién está la muerte, si de ti o de mí".

Al hablar Hanumán de esta manera, con franca osadía y sin cortapisas, Rayana enfureció de forma incontrolable. Se irguió, arrojando fuego y golpeándose los muslos en actitud desafiante. Rugió y ordenó a sus escuderos que mataran al impertinente mono. Todos se aproximaron hacia donde Hanumán estaba sentado, atado con sogas de serpientes. Justo en ese momento, Vibhishana, el hermano de Rayana, entró en el salón, seguido por su comitiva. Se postró ante su hermano mayor y exclamó: "¡Señor!, no es correcto matar a un emisario, pues el Rajadharma (Código de conducta de los reyes) no aprueba

este comportamiento; castígalo de cualquier otra forma, pero no dictes la sentencia de muerte". Los ministros de Rayana estuvieron de acuerdo y declararon que lo que Vibhishana sugería era la más noble verdad. Rayana se burló de aquellas absurdas ideas acerca del bien y el mal, pero accedió y dijo: "Bien, mutílenlo y échenlo fuera". Los ministros se reunieron para decidir la mutilación y comentaron que los monos se sienten orgullosos de sus cofas y procuran mantenerlas intactas, largas y fuertes, por lo que alguien sugirió que el mejor castigo sería enrollar pedazos de tela empapados de aceite en la cola para después prenderle fuego. Esa idea obtuvo la aceptación general y se felicitaron entre ellos por la brillante propuesta. "El mono sin cola correrá hacia su amo y lo traerá aquí para cobrar venganza. Entonces podremos ser testigos de su valentía y poder". Un torrente de murmullos invadía el salón.

Hanumán observaba sus movimientos y escuchaba aquellas confabulaciones, mientras reía para sus adentros. Cuando dieron por terminado aquel acuerdo, Hanumán empezó a reír estruendosamente; los Rakshasas se enfurecieron ante ese desplante ofensivo, hicieron traer la tela y el aceite y comenzaron a vendar la cola con la tela empapada. Sin embargo, mientras más vendaban, ¡más y más crecía la cola! Kilómetros de tela y muchos tanques de aceite tuvieron que ser utilizados. La noticia sobre ese prodigio se esparció por toda la ciudad y multitud de hombres, mujeres y niños llegaron al salón real para presenciar el milagro. Mientras bandas de músicos encabezaban la procesión real, la muchedumbre comenzó a aplaudir. Hanumán fue conducido por las calles, con su enorme cola enrollada con telas empapadas de aceite. Por fin, llegaron a la plaza central de la ciudad de Lanka y ahí, frente a la multitud de expectantes ciudadanos, acercaron una antorcha encendida a la punta de la cola de Hanumán. Súbitamente, éste adoptó su forma sutil, y las cuerdas que lo aprisionaban quedaron flojas y cayeron. Al quedar libre, adoptó de nuevo su estatura normal y pudo brincar de un lado a otro. Saltó hasta el techo de una mansión dorada, gritó "Rama, Rama", e hizo que los Rakshasas se estremecieran de terror, pues un fuerte viento se levantó quién sabe de dónde y sopló a gran velocidad. Hanumán dio un salto mortal en el aire, frenético de alegría, y brincó de una mansión a otra con su cola ardiendo tras él. Y su cola crecía más y más. El incendio se propagaba y crecía a medida que pasaba de una calle a otra. Todas las casas de la ciudad de Lanka fueron alcanzadas por el fuego y quedaron reducidas a cenizas. Los Rakshasas huían desesperadamente con sus esposas e hijos, abandonando sus hogares en llamas, tratando tan sólo de salvar sus vidas. Para aumentar la confusión, las vacas, los caballos, mulas y elefantes escaparon de sus establos y huyeron en estampida, entre el pánico y el dolor. La ciudad entera quedó envuelta en un velo de lamentos, llantos, rugidos y gritos. "¡Oh, sálvennos!", "¡Oh, llévennos a un sitio seguro!"... Llamados de agonía como éstos salían de las gargantas de mujeres y niños y resonaban hasta el cielo.

La reina Mandodari, al escuchar aquellos lamentos, mandó llamar a los soldados que vigilaban el palacio y les ordenó dar asilo en él a las mujeres y niños. Confesó sus temores y expresó la pena que sufría: "¡Ay!, la necia obstinación de Ravana está causando el exterminio del clan de los Rakshasas; esto sólo acabará en un holocausto. Tanto yo como mi cuñado Vibhishana bastante se lo advertimos, le rogamos con las palmas juntas, pero él se negó a prestar atención. Nos lamentábamos de que esto terminaría con la destrucción de todos los Rakshasas, mas como reza el adagio: `Cuando el exterminio está cerca, el discernimiento huye lejos'. Malos tiempos acechan a Ravana y por eso se está comportando de tan nefasta forma". Dondequiera que miraba, feroces lenguas de fuego resplandecían frente a ella. También Hanumán aparecía frente a sus ojos, saltando por doquier entre las llamas. Desde cada casa se elevaban los gritos: "¡Hanumán, sálvanos!", "¡Protege esta casa!". Con las manos juntas rogaban: "¡Ten piedad de nuestros hijos!". La esposa de Kumbhakarna, el hermano menor de Ravana, corrió hacia él, suplicando: "¡Oh, mensajero de Rama!, mi esposo está sumido en profundo sueño. No prendas fuego a nuestra casa. Salva a mi esposo de morir quemado".

Lanka sufrió la agonía de la destrucción total. El propio Havana supo del desastre muy pronto, y entonces ordenó que el mono fuese rodeado por soldados armados con morteros, pero aquéllos que avanzaban para atacar a Hanumán retrocedían despavoridos cuando la quemante cola los golpeaba inmiséricorde; muriendo muchos de ellos en el intento. Las mujeres clamaban y rogaban a las nubes que dejaran caer lluvia e impidieran la propagación del fuego. Malyavanta oyó aquellos lamentos y dijo para sí: "No, éste no es un fuego que pueda apagar la lluvia, éste es el insoportable dolor de Sita". Otros decían: "Ésta es la llama de ta ira contra Ravana; es la temible forma que ha adoptado y reducirá esta ciudad a cenizas". Las inmensas llamas se alzaban sobre los techos; sin dar señales de extinguirse. Hanumán se hacía a la vez pequeño y por momentos gigantesco, pero el avance de la destrucción era el mismo, sin importar el tamaño que adoptara. El crepitar del fuego y el incesante ruido de las paredes que se derrumbaban podían oírse desde todos los rincones de la Tierra.

Sita escuchó las noticias; levantó la cabeza y miró largamente el humo y el centelleo que se distinguían alrededor del que los hombres, mujeres y niños de la isla se estremecieran de terror. Sin demorarse más, Hanumán alcanzó la orilla del mar, se concentró en el nombre y la figura de Rama y, al tiempo que meditaba en ese nombre y esa forma, saltó sobre el océano y llegó a la otra orilla en un instante. Era el día de Luna llena del mes de Kartik, y la fresca luz celeste era como un bálsamo para el corazón; el nombre de Rama le daba fuerza y alegría. Hanumán había ganado. Los grupos de monos que lo habían estado observando a la distancia se sentían indescriptiblemente felices al verlo regresar por el horizonte. Estaban jubilosos y sus rostros florecientes brillaban con renovado esplendor a medida que lo veían aproximarse. Todo era gozo al saber que habían cumplido la misión que Rama les había encomendado.

Por tres días completos habían esperado el regreso de Hanumán y sus corazones casi se marchitaron, por la desesperación. Ahora, se adornaban con hojas y flores y formaron una fila a lo largo de la orilla, empujándose unos a otros para abrazar a Hanumán en cuanto éste tocara tierra. Tan pronto como bajó, le preguntaron qué había ocurrido en Lanka; le pidieron que les dijera cómo se hallaba Sita y las condiciones en que había quedado Lanka. Hanumán les contó con gran entusiasmo cuanto quisieron saber y después todos partieron hacia donde se encontraba Rama.

Al poco tiempo, llegaron a Madhuvana y comieron hasta la saciedad los frutos que allí crecían, pues Sugriva les había prometido un banquete del jardín, tan pronto como descubrieran el paradero de Sita. Los guardias apostados ahí trataron de evitar la entrada de las hordas, pero éstas se precipitaron en tropel, por lo que los guardias tuvieron que correr ante su señor para informarle que no podían evitar el saqueo. Cuando Sugriva los escuchó, exclamó: "¡Oh, han ganado, han cumplido con la tarea que Rama les asignó!". Se sentía extremadamente feliz y dijo a los guardias: "Ésta es una celebración, es un festival de ananda (bienaventuranza). Vayan, no se preocupen". Mientras tanto, un grupo de monos hizo su aparición y se postró a los pies de su rey y Señor. Sugriva sonrió y les dijo: "Me he enterado de que han conseguido el éxito en la expedición", a lo que le contestaron: "Señor, por tu gracia y buenos deseos tuvimos éxito en nuestra empresa. Un gran héroe fue quien obtuvo la victoria. Nos ha dado nueva vida. Si hoy estamos aquí, de pie frente a ti, sanos y salvos, se lo debemos sólo a él". Después, le detallaron cuál era la situación en Lanka y el dolor que Sita estaba sufriendo. Al escucharlos, Sugriva se incorporó de súbito y exclamó: "¡No debemos demorar un minuto más!", y salió apresuradamente hacia donde se encontraba Rama. Al percatarse de que los monos avanzaban hacia ellos trayendo buenas noticias de la misión, Rama y Lakshmana tomaron asiento sobre una gran roca y observaron al ansioso grupo. Los monos se acercaban excitados, dando brincos y saltos, hasta que llegaron y se postraron a los pies de Rama.

Al preguntarles Rama, antes que nada, acerca de su salud y bienestar, Jambavan, el más anciano de ellos, se levantó y dijo: "Aquéllos que han merecido tu compasión son benditos, y ello les confiere todas las virtudes. Tal renombre abarca los tres mundos". Después alabó de diversos modos a Hanumán, el cual se levantó para postrarse ante Rama, a quien describió con detalle la isla de Lanka; le habló del dolor de Sita, con lágrimas de alegría y compasión, y colocó en las manos de Rama la joya que había traído con extremo cuidado y precaución. Rama abrazó a Hanumán y le dijo: "¡Oh, hijo del dios del viento!, dime más acerca de Sita, de su tristeza y de sus sentimientos".

Hanumán dijo entonces: "¡Oh, Señor de mi vida! Resulta imposible describirlo. Sita está muy delgada, pues no come ni duerme; cuenta cada minuto que transcurre, implorando tu darshan. No tiene otro pensamiento más que el pronunciar tu nombre. Ella quiso que te informara de sus innumerables penas. Recuerda a Lakshmana con frecuencia y llora profusamente. He escuchado con mis propios oídos las palabras que, como punzantes dagas, Ravana le entierra cada mañana y cada tarde, cuando va a verla para hablarle. Nuestra Madre no presta oído a su palabrería en lo más mínimo, pues se halla permanentemente sumida en la agonía de la separación y con el pensamiento centrado en ti. ¡Ve y salva a Sita en este mismo instante!", gritó Hanumán, mientras caía a los pies de Rama. Al escuchar esas palabras, Lakshmana se irguió con sed de venganza y lloró por la situación que vivía Sita. El imaginar la figura de Sita en Lanka le quemaba el alma. Al fin exclamó:

"¡Hermano, no te demores, salva a mi cuñada!". Rama, esbozando una sonrisa, contestó: "Lakshmana, no tengas prisa. Aguarda, pues cada paso tiene su momento; no te aflijas cuando te invada la pena, ni te exaltes cuando brote la alegría". Rama lo consoló con palabras suaves y tranquilizadoras.

Después, llamó a Hanumán y lo invitó a que se sentara a sus pies y le preguntó: "Hanumán, ¿de qué naturaleza es el reino que Ravana ha establecido en Lanka? ¿Qué hiciste para incendiarlo?". Hanumán contestó: "Señor, no existe nada que tú no sepas. ¿Qué puedo decir de la fuerza de los monos? Somos simplemente animales que brincamos de una rama a otra. ¿Cómo es posible que saltemos de una a otra orilla del mar y derrotemos a los Rakshasas? ¿Cómo hemos podido destruir la ciudad de Lanka con el fuego? Todo esto se debe a tu gracia y a tu gloria. La fuerza y el valor que tu nombre confiere nos ayudaron a lograr esos objetivos. Yo soy incapaz de hacer algo por mí mismo.

"El anillo que me diste me protegió y guió en todo momento. ¡Señor, qué feliz se puso nuestra madre al ver el anillo y poder apretarlo entre sus manos! `¿Acaso es esto un sueño o realmente me ha sido enviado por Rama?', así se preguntaba ella, y dudaba, hasta que al final su fe se hizo firme. Fueron su dolor y extrema angustia los que incendiaron a Lanka, no yo. Tú me escogiste corno instrumento y realizaste esas grandes proezas, usándome como tal. Todo esto es una bendición que me has otorgado, a causa del gran afecto que sientes por tus devotos. ¡Señor, nada es imposible para quien se ha ganado tu gracia!"

Al escuchar esas humildes y sinceras palabras, Rama quedó muy complacido; se volvió a Lakshmana y le dijo: "¡Hermano, prepárate para la incursión, de inmediato!". Al observar el temible ejército que se reunía y los preparativos que realizaban Jambavan y Sugriva, los mismos dioses quedaron pasmados y a la vez satisfechos. Los monos guerreros tocaron los pies de Rama y lanzaron un rugido triunfal; él los bendijo a todos con su mirada de compasión y gracia. Cada guerrero se convirtió en asna montaña alada y avanzaron con júbilo. Buenos presagios se suscitaron en cuanto emprendieron la marcha, y la misma Sita, en el jardín de Ashoka, sintió en ese momento que algo favorable ocurría. Ravana, en cambio, era acosado por presentimientos siniestros que le anunciaron sucesos de mal agüero. Jambavan y otros guerreros arrancaron árboles enormes y los blandieron como espadas, lanzando gritos de guerra tan feroces que la tierra tembló bajo sus pies y los cielos retumbaron. Una y otra vez exclamaban: "¡Victoria al Señor Ramachandra!". En Lanka, no había Rakshasa que no estuviera angustiado pensando en lo que el destino le deparaba. Estaban temerosos ante el inminente desastre, convencidos de que no escaparían de esa calamidad. Sólo en murmullos comentaban el miedo que sentían, pues tenían pavor a Ravana.

En la ciudad de Lanka, por doquier se reunían grupos de Rakshasas y la conversación giraba en torno al enorme daño infligido por el mensajero de Rama, y a la vez se preguntaban: "Si el siervo es capaz de tal heroísmo, ¿cuál será la magnitud de la masacre que su amo provocará?". Se imaginaban a Rama capaz de realizar un devastador ataque. Las doncellas de Mandodari, la reina de Ravana, le comunicaron a su ama el temor que existía y a ésta la invadió la zozobra. Se dio cuenta de que aquel temor era resultado de lo que ya había acontecido, así que aguardó a que se presentara un momento propicio para hablar con Ravana a solas, y cuando tuvo la oportunidad le dijo: "Señor, no provoques una enemistad con el Omnisciente. Tú mismo has expresado que Rama no es una persona común. Tu ejército no pudo vengarse cuando tu hermana Surpanaka fue desfigurada; no pudieron herirlo u obligarlo a que se arrepintiera. Ahora, tiene de su lado a millones de formidables héroes Vanaras, ¿qué podrían lograr nuestros guerreros Rakshasas contra él? No pudieron siquiera atar y castigar al mensajero que invadió el reino. Tal es la magnitud de la desgracia que nos aqueja. Si un solo siervo fue capaz de causar tanto horror y desolación, ¿cuán peores serán las calamidades que millones como él provocarán? Por ello te ruego que escuches mi petición, envía a Sita con Rama, custodiada por tu hermano Vibhishana o tus ministros. Sita tampoco es una mujer común, es un ejemplo de castidad y la encarnación misma de la energía espiritual derivada de la naturaleza pura. Causarle dolor a tal persona no puede traerte ningún bien. Accede a mis súplicas y haz que Sita regrese con Rama; cuando lo hayas hecho, todo marchará bien para ti y nuestra raza Rakshasa; de lo contrario, así como una serpiente devora ranas, así las flechas de Rama se tragarán a las hordas Rakshasas. Olvida tu necedad y orgullo y ofrece a Sita a los pies de Rama". Mandodari se postró a los pies de Ravana, después de aquellos ruegos.

Ravana, bruto y engreído, miró a Mandodari, respondió con una risotada y le dijo: "¡Vaya contigo! Las mujeres tiernas se atemorizan pronto, ésa es su naturaleza; sus palabras brotan del miedo y transforman la suerte en desgracia. Cuando los monos lleguen hasta nuestras puertas, los Rakshasas los engullirán. Los dioses tiemblan aterrorizados cuando escuchan pronunciar mi nombre. ¿Por qué te atemorizan esas bestias de los árboles? ¡Qué vergüenza me produce tu miedo! Vete de aqui'. Y diciendo esto, se alejó orgulloso hacia el salón, semejando la audacia personificada. En cuanto él desapareció, Mandodari se lamentó para sí: "¡Ay!, el destino está tramando una gran tragedia. ¿Cuál será mi suerte? Resulta terrible incluso tratar de adivinarla". Abrumada por el dolor y sin saber qué hacer, se recogió en sus habitaciones y se dispuso a dormir, agitada por un sinfín de pensamientos.

En el salón de audiencias, Ravana reunió a sus ministros y los exhortó a que expresaran su parecer sobre la situación. "Están conscientes del daño que causó ese mensajero de Rama. ¿Qué preparativos se requieren? ¿Cuáles son sus sugerencias para el futuro? Díganmelas francamente, sin temor alguno". Los ministros se miraban unos a otros burlonamente y reprimiendo la risa, pero ninguno se atrevió a hablar. De pronto, Kumbhakarna, que había estado sumido en el sueño durante meses, y por lo tanto no se había dado cuenta de la conflagración que había provocado Hanumán, despertó de su sueño, entró presuroso en el salón y le gritó a su hermano mayor: "Tú alardeabas de que no existía en los tres mundos héroe que te pudiera igualar, desafiaste a los mundos y retaste a cualquiera a que te hiciera frente, y ahora escucho que un pequeño mono invadió la ciudad y la dejó convertida en cenizas. ¡Qué vergüenza! ¡Qué deshonra! ¿Cómo permitiste que escapara con vida?". Después de proferir esos reproches, abandonó el salón y se dirigió a su casa. En ese momento, el ministro Atikaya se levantó de su asiento y se dirigió al emperador, diciendo: "Señor, obedeceremos tus órdenes. Bastará que tus ojos lancen una mirada de gracia sobre nosotros para que destruyamos a todos esos hombres y monos y los borremos de la faz de la tierra. ¿Para qué decir más?". El ministro tomó asiento lanzando un gruñido de satisfacción. Entonces, Meghanada, el general dotado con el poder de adoptar la forma que gustase, se incorporó y tomó la palabra: "Supremo señor dijo tu poder y majestad resuenan por todo el orbe; los dioses son tus vasallos. ¿Por qué entonces hablar del destino de los hombres en tu presencia? ¿Quién puede ser más fuerte que estos dioses?". Sus palabras estaban cargadas de orgullo. Después, los ateos hijos de Kumbhakarna, los egoístas hermanos Kumbha y Nikumbha, hablaron de forma similar, y Akampana y otros guerreros añadieron su estrofa al mismo canto. Continuamente el incontenible Mahodara se levantaba y golpeaba sus muslos, como si estuviera impaciente por entrar en la contienda. Por supuesto, todos estaban muy atemorizados, aun cuando no lo expresaran sus discursos o lo reflejaran sus rostros. Todo esto dio por resultado que Ravana se sintiera feliz, y el propósito de sus ministros al tratar de alentarlo tuvo éxito. Al final, un Rakshasa se puso de pie e intentó atraer sobre sí la atención, diciendo: "Emperador, me disfrazaré de brahmán para acercarme a Rama y a Lakshmana, dondequiera se encuentren. Los invitaré a comer y, en cuanto entren en mi ermita, los ataré de pies y manos. Si tú apruebas este plan, lo llevaré a cabo".

Ravana se sentía muy complacido con sus ministros y demás miembros de la asamblea. Cuando Vibhishana entró en el salón, Ravana le preguntó: "Hermano, ¿cuál es tu opinión sobre esos hombres y los monos?", a lo cual Vibhishana contestó: "¡Oh bondadoso hermano!, responderé lo mejor que pueda, sin rodeos ni disimulos; sólo te ruego que me escuches con atención y paciencia. ¡Perdóname, oh soberano señor! Si deseas conservar un buen nombre después de tu muerte, fama inmaculada mientras vivas y prosperidad y felicidad aquí y en el más allá, debes desistir de admirar la belleza de las mujeres ajenas. ¿Qué puede hacer una simple criatura como tú para dañar u oponerse al gobernante de los catorce mundos? ¿Acaso puede sobrevivir aquél que se le enfrenta? ¿Cómo podría obtener el triunfo tal sujeto? La avaricia nubla todas las virtudes de una persona; la lujuria y la ira son las puertas que conducen a las regiones de la ruina. Rama no es una persona común; él es la muerte para el dios de la muerte; es el que controla el tiempo. No existe enfermedad, necesidad o debilidad alguna que lo afecte. Él es nonato y, por lo tanto, inmortal. Abandona tu odio hacia tan divina persona y ruégale que te acepte como su siervo. Devuélvele a su consorte y gana su gracia. Me postro a tus píes y te lo suplico con toda la fuerza de que dispongo". Al escucharlo, Malyavanta, un anciano y reverenciado ministro, hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, se puso de pie y habló así: "Señor. Las palabras pronunciadas por tu hermano son justas y correctas; aceptar sus sugerencias engrandecerá tu nombre".

Sin embargo, Ravana estaba realmente enfurecido por los consejos que ambos le habían dado y les lanzó una feroz reprimenda: "¡Par de tontos! ¿Saben lo que han estado haciendo? Han alabado a mi enemigo. No son dignos de estar presentes en este salón mientras se discute este asunto". Después de reprenderlos, ordenó que los expulsaran del recinto. Malyavanta se incorporó de su asiento y se dispuso a regresar a su hogar. Vibhishana también ofreció sus reverencias a su hermano mayor, pero con las palmas de sus manos juntas, aún insistió: "¡Oh, rey!, los Vedas y los Sastras afirman que en el corazón de toda persona residen las naturalezas gemelas de la bondad y la maldad. Cuando la primera predomina y se le otorga plena autoridad, la persona disfruta de alegría, paz y prosperidad de todo tipo. Pero si, por el contrario, la maldad es la que predomina y a la que se le concede plena autoridad, la persona es atacada por todas las adversidades. En este momento, la naturaleza vil que hay en ti prevalece sobre tu naturaleza virtuosa, por ello consideras enemigos a todos aquéllos que te ofrecen buen consejo y procuran tu bienestar. Sita es como la noche de la destrucción para los Rakshasas y tú no muestras piedad alguna hacia ella; ése es un rasgo de la perversidad que existe en ti. Te ruego me concedas este deseo. Por favor, accede a mi petición: regresa a Sita con Rama; estoy seguro de que ello te atraerá toda clase de felicidad y prosperidad".

Ravana saltó de su trono y exclamó: "¡Necio! La muerte se ha aproximado mucho a ti. Si estás con vida en este momento sólo es por mi gracia. Ahora consideras a mis enemigos como tus benefactores; no entiendo por qué ha nacido en ti ese respeto y lealtad hacia ellos. ¿Existe alguien sobre la tierra que la fuerza de mis hombros no pueda subyugar? Comes de mi alimento, vives en la casa que te proporciono, resides en mi territorio, ¿y aún así te atreves a exaltar a mis enemigos? Los arbustos espinosos sembrados para proteger la fortaleza, ahora se han vuelto peligrosos para ella. Mucho te has propasado y ya no me eres útil. Vete, márchate a alguna cueva y ahí predica tus lecciones de moral y bondad". Al tiempo que decía esas palabras, empujó a Vibhishana y con un puntapié lo hizo caer a sus pies. Pero éste, sin importarle los furiosos puntapiés que recibía, siguió rogándole, sin desprender las manos de los mismos pies que lo golpeaban. "¡Oh rey! Rama basa sus decisiones en la verdad y sus resoluciones siempre se acatan. Tu tiempo se está acabando, así como el de quienes te siguen; yo iré a buscar refugio en Rama. He hecho lo imposible por salvarte; no tengo de qué arrepentirme, pues nada malo he hecho". Y con estas palabras abandonó el salón. Recitando "Rama, Rama" en cada respiro, sin aliento por la alegría y la excitación, cruzó el mar y (legó a la otra orilla. Al verlo, los Vanaras creyeron que era un mensajero de Ravana e informaron de su arribo a su jefe, Sugriva. Le impidieron a Vibhishana entrar en el campamento y sólo le informaron de su llegada ál Señor: "¡Oh Rama! El hermano de Ravana ha venido para obtener tu darshar>".

Rama le preguntó a Sugriva quien le había llevado la noticia lo que pensaba de esa visita, a lo cual Sugriva respondió que era difícil entender los planes y propósitos de los Rakshasas, pues adoptaban formas a, su antojo y por lo tanto resultaban inexplicables. "No sabemos por qué, ha venido hasta nosotros. Supongo que para sembrar cizaña entre Angada, el hijo de Va¡¡, y yo. Creo que sería aconsejable atarlo sin demora y mantenerlo aislado". Rama respondió: "Amigo, tus palabras son correctas y hablas acatando los preceptos de los Sastras acerca de las deserciones. Sin embargo, escucha mi voto, aun cuando quizá éste se oponga a tu sugerencia. Mi promesa es proteger a todos aquéllos que se entregan a mí, aunque la persona que se entrega sea nuestro enemigo, y una excepción con él sería incorrecta; no debo abandonar a ningún ser que se entregue a mí, aunque haya cometido el pecado de matar a un billón de brahmines. Si Ravana lo ha enviado para sembrar la discordia entre nosotros, ¿por qué habríamos de temerle, incluso si tal es su propósito? O quizá él ha venido asustado por su hermano. Si se rinde ante mí, lo acogeré y protegeré como a mi propio aliento; por lo tanto, tráelo aquí de inmediato", le ordenó a Sugriva, y éste se apresuró a obedecer.

Hanumán lo llevó de inmediato ante Rama. Al posar sus ojos en aquella faz de loto, Vibhishana derramó lágrimas de éxtasis y apenas pudo mantenerse en pie. "¡Señor! balbuceó y cayó a los pies de Rama ¡Sálvame, sálvame! Soy tu esclavo. ¡Oh, protector de los dioses! Pertenezco a la raza de los Rakshasas; soy el hermano menor de Ravana, quien gobierna sobre ellos, y mí nombre es Vibhishana. El haber nacido como Rakshasa es el resultado de la gran cantidad de pecados que he acumulado, pues la estupidez y la ignorancia me han dominado. Así como la lechuza anhela la llegada de la noche, así yo me regodeo en la oscuridad. Tú otorgas refugio a todos los que se entregan a ti buscando tu amor y gracia. No tengo a nadie más a quien recurrir".

Al ver que rogaba de forma tan humilde y sincera, pidiendo ser protegido y salvado, Rama quedó encantado. Lo acercó hacia sí y lo acarició suavemente, dando palmadas sobre su espalda, con profundo amor. Le habló con dulzura y le dijo: "Mi querido Vibhishana, no te preocupes. Sólo por el darshan que has recibido de mí, tu naturaleza de Rakshasa ha sido anulada. Estás tan cercano a mí como Lakshmana y Sugriva". Esas palabras disiparon todo temor del corazón de Vibhishana. Rama prosiguió: "Oh, gobernados de Lanka, ¿acaso todos tus seguidores se encuentra i~i` sanos y salvos? ¿Cómo pudiste llevar una vida correcta hallándote entre tantos millones de Rakshasas? ¿Cómo has sido capaz de mantener tu devoción y dedicación a Dios, en ese ambiente?". Rama le preguntó también acerca de otros asuntos relacionados con sus actividades.

A todo ello, Vibhishana respondió: "¡Oh, señor de la dinastía Raghu!, la lujuria, la ira y todas las manifestaciones del mal infestan el corazón hasta el momento en que tú penetras en él con tu arco y flecha en la mano. Cuando tu naturaleza y belleza se hacen evidentes, aquéllas huyen de la mente. Los apegos y odios anidan en los oscuros corazones que no conocen la luz de tu sabiduría. ¡Señor!, mis más caros anhelos han sido colmados al posar mis ojos en tus pies de loto y haberlos tocado con mis manos y cabeza. El temor y tristeza que me invadían han sido destruidos. Jamás he realizado un acto bueno y, sin embargo, tú me has abrazado. ¡Oh, cuán afortunado soy!". De los ojos de Vibhishana fluían torrentes de lágrimas de alegría y gratitud.

Rama lo interrumpió y le dijo: "Vibhishana, tú posees todas las cualidades deseables, de lo contrario no habrías obtenido este darshan ni tenido la oportunidad de tocarme, de estar junto a mí y conversar conmigo". Al escucharlo, Vibhishana sintió una inmensa alegría y se postró una y otra vez a los pies de loto de Rama. Éste le dijo: "Vete, toma un baño en las aguas sagradas del mar y regresa pronto". Obedeciéndolo, Vibhishana se fue de inmediato a la playa. Rama le pidió a Hanumán que le trajese del mar un recipiente con agua sagrada. Cuando, después del baño, Vibhishana regresó para postrarse a los pies de Rama, éste tomó un poco del agua que Hanumán había llevado y le salpicó una gotas sobre la cabeza, diciendo: "Por estas palabras te nombro gobernante del reino de Lanka".

Vibhishana se puso de pie y dijo: "¡Oh, Señor! ¿Para qué necesito un reino? Me basta con asegurarme un lugar junto a tus pies de loto". Pero Rama le dijo: "No, no puedes evadir este deber", a lo cual Vibhishana contestó: "Con la cabeza inclinada recibo tu mandato". Juntó las manos con humilde devoción y los Vanaras lo rodearon, sorprendidos por la compasión y gracia que Rama otorgaba a aquél que había depositado todo a sus pies de loto. Sus corazones rebosaban de bienaventuranza.

Rama vio a los generales de los ejércitos Vanaras y les dijo: "Jefes, lleven a Vibhishana con ustedes. No lo consideren un extraño; véanlo como su camarada. Él es mío". Esas afectuosas palabras animaron a Vibhishana y pronto, todos avanzaron hacia la costa.