Libros escritos por Sai Baba

{SB 80} Ramakatha I & II ( La Historia de Rama )

16. Tinieblas sobre Ayodhya

( Impreso en castellano en Ramakatha. La historia de Rama (Ramakatha Rasa Vahini) cap. 16 )

16. TINIEBLAS SOBRE AYODHYA

Mientras tanto, el gobernador de los nishadas, que regresaba a su reino después de haber acompañado a Rama en el bosque, vio al ministro Sumantra sentado en su carro a orillas del Ganges y a sus caballos atados a un frondoso árbol. Guha encontró a Sumantra solo y llorando inconsolable. Él tampoco pudo controlar la angustia que había reprimido durante tanto tiempo y gritando "¡Rama!", corrió hacia Sumantra; abrazó al anciano y los dos sollozaron, incapaces de pronunciar palabra alguna, a causa de su dolor. Estaban parados juntos, al pie del árbol, pero cayeron al suelo como árboles que hubiesen sido cortados por un hacha. Lamentaban el destino de Sita, Rama y Lakshmana y mencionaban a Kaikeyi como la causante de todas esas calamidades.

Los caballos dejaron de pastar y desistieron de beber agua. Lágrimas caían de sus ojos. También se entristecían cada vez que escuchaban a Sumantra o a Guha pronunciar los nombres de Sita, Rama o Lakshmana; levantaban las cabezas y trataban de ver a la distancia, ansiosos de atrapar un atisbo de aquéllos a quienes adoraban y amaban con tanto fervor, como los dos hombres en el dolor de la separación. Sumantra percibió el dolor que atormentaba a los animales y su angustia se hizo aún más patente.

Pasaron algunas horas, hasta que por fin Guha logró tranquilizarse un poco y armándose de valor le dijo a Sumantra:

"Ministro, tú eres inteligente, firme en la moralidad y reconoces la Realidad detrás de toda esta apariencia pasajera; el destino juega extraños trucos, y por eso uno debe aprender a soportarlos. ¡Levántate! ¡Regresa a Ayodhya! Lleva las noticias a Kausalya y a Sumitra, pues anhelan verte y escuchar tu relato".

Con dificultad logró incorporar a Sumantra y sentarlo en el carruaje; después trajo los caballos y los unció al palo central. Sumantra comprendió que Guha tenía razón, y movido por un arrebato de valor, el anciano ordenó a los caballos que marcharan. Su cuerpo había perdido fuerza como resultado de la angustia por la separación de Rama, y por más que trataba, no podía conducir el carruaje como siempre lo había hecho. Varias veces cayó y se levantó dentro del carruaje. ¿Y los caballos? Tampoco se movían. Continuamente volvían la cabeza y estiraban el cuello para ver el camino que había quedado atrás.

Sumantra se maldecía a sí mismo y a su destino: "¡Que esta horrible vida mía termine!; este cuerpo tendrá que ser incinerado algún día, y sería mucho mejor si en lugar de morir de alguna enfermedad o alguna calamidad, muriera como resultado de la insoportable separación de Rama. Esto daría sentido y fama perdurable a mi vida; ganar esa fama es suficiente compensación por todos los males de la vida. ¡No, Sumantra! se decía si hubieras tenido buena suerte, seguirías a Rama, pero cuando la mala suerte te ronda, ¿qué más puedes hacer aparte de vivir?, ¿para qué te culpas ahora?". Así se reprendía sin piedad.

Dialogando consigo mismo, se preguntó: "¿Con qué cara me voy a presentar en Ayodhya? Cuando los ciudadanos me pregunten dónde está Rama, ¿cuál va a ser mi respuesta? Cuando me interroguen: `¿Cómo pudiste regresar dejando a Rama en el bosque?', ¿qué les voy a contestar? ¿No voy a sentirme abrumado por la vergüenza y la pena? Creo que mi corazón se ha vuelto de piedra, de lo contrario, ¿por qué no se ha roto en mil pedazos por todo lo que he pasado?"

Sumantra se sentía disgustado ante su propia ruindad y se estrujaba las manos desesperadamente; decidió que no entraría en la ciudad durante el día, pues la gente estaría despierta. Sería menos humillante si entraba de noche, después de que todos durmieran. Mas de pronto su conciencia le recordó: "¿Acaso podrá dormir la gente de Ayodhya alguna vez? No, no pueden; es mi estupidez e ignorancia la que me hace imaginar que sí. Estarán despiertos, esperando las noticias del regreso de Rama, o por lo menos algo acerca de él. No puedo escaparme de la humillación y de la vergüenza, ya sea que entre en la ciudad durante la noche o el día; puesto que no merecí la gracia de Rama, este destino fatal es mi castigo. Será mejor soportarlo y llevarlo siempre a cuestas".

Así, Sumantra siguió su camino lentamente, preguntándose y respondiéndose a sí mismo.

Por fin, llegó a la ribera del río Tamasa y decidió reposar algunas horas; permitió que los caballos pastaran un poco y trató de serenarse y así llegar a la ciudad al anochecer, cuando la gente no estuviera en las calles, sino dormida. Finalmente, el carruaje cruzó la puerta de la ciudad.

Sumantra trató de no hacer ningún ruido, conduciendo el carruaje con lentitud; mas, ¿quién podía calmar a los caballos? Reconocían las calles por donde habían cabalgado con Rama, y se lamentaban de su destino ahora que su querido amo estaba lejos, muy lejos. Los habitantes de la ciudad escucharon sus relinchos y lastimoso llanto y unos a otros se avisaron del regreso del ministro sin ninguna compañía y corrieron a las calles para ver el desolador espectáculo.

Sumantra inclinó la cabeza cuando vio a la multitud. Al verlo en tan lamentable situación sin la compañía de Rama, la gente se desmayaba, muchos sollozaban y gritaban; los residentes de los palacios, cuando escucharon los lamentos, mandaron rápidamente a las doncellas para que preguntaran el porqué de ese dolor. Éstas corrieron todas juntas hacia Sumantra y le hicieron infinidad de preguntas. Sumantra se sentó, abatido y con la cabeza inclinada, como si se hubiera quedado mudo, incapaz de encontrar respuesta alguna, y permaneció inmóvil como una estatua.

Tal silencio hizo suponer alas doncellas que Rama no había querido regresar y se lamentaron: "Oh ministro, ¿has dejado a Sita en esa aterradora jungla y regresado solo?"

Una de ellas, con más valor que las demás, le dijo que Kausalya había ordenado que fuera directamente al palacio donde ella se encontraba. Ahí, Sumantra encontró al emperador postrado en el suelo, exhausto por el ayuno y el desvelo, con las ropas desaseadas. Sumantra dominó su dolor y pronunció las palabras "Jai, jai'; que son las primeras que se deben exclamar ante la presencia imperial, y permaneció de pie, temblando de pies a cabeza. Al reconocer esa voz, Dasarata se levantó rápidamente y le preguntó en tono lastimero: "Sumantra, ¿dónde está Rama?"

Sumantra abrazó al emperador y éste se asió de él como un hombre a punto de ahogarse se sujeta a un tronco. Al ver a ambos llorando, Kausalya también se entristeció; apenas podía respirar, sofocada en agonía. Las doncellas, al ver ese cuadro, se lamentaban con voz alta de su mala suerte y trataban de consolar a la reina. Entretanto, Dasarata se recobró un poco y tomó asiento, le pidió a Sumantra que se sentara frente a él y le dijo: "Sumantra, háblame de Sita y de Rama; dime todo acerca de ellos. ¿Cómo está Lakshmana? Sita, tan tierna, debe de estar muy cansada. ¿Dónde están ahora? ¡Dímelo!"

Al ver que Sumantra no respondía, lo sacudió por los hombros, rogándole que le contestara. Sumantra estaba tan avergonzado que esquivó la mirada del emperador, dirigió su mirada hacia el suelo con los ojos cuajados de lágrimas y guardó silencio. Dasarata continuaba sollozando y dijo: "¡Oh Rama, mi aliento aún anima este cuerpo a pesar de que me has dejado! En el mundo no existe un pecador tan grande como yo, Sumantra. ¿Dónde están exactamente Sita, Rama y Lakshmana? Llévame sin demora al lugar donde se encuentran; hazme este favor, cumple este deseo. Sin verlos no puedo vivir. ¡Rama, oh Rama, déjame verte por lo menos una sola vez! exclamó con gran dolor . ¿No me vas a dar la oportunidad de verte?"

Las doncellas que estaban de pie fuera del salón no podían ni dormir ni comer, por la pena de ver al emperador en ese estado.

Sumantra respondió al fin: "Monarca imperial, Rajadhiraja, tú eres un gran sabio, un héroe, tus habilidades son vastas, tu linaje es divino; siempre has servido a ascetas y santos; sabes que así como la noche sigue al día y el día sigue a la noche, la riqueza y la carencia, la felicidad y la pena, la cercanía y la lejanía vienen una detrás de la otra de forma inevitable. Solamente los tontos se dejan llevar por la alegría cuando llega la felicidad y se sienten desanimados y tristes cuando la miseria los aqueja. Los hombres sabios como tú no deberían ser afectados por nada de esto; deben permanecer ecuánimes suceda lo que sucediere. Yo no soy la persona para aconsejarte que enfrentes esta situación valientemente, ya que conoces la importancia del valor mucho más que yo. ¡Oh benefactor del mundo, escucha mis ruegos, abandona esta pena!; te describiré los detalles de mi viaje, por favor escúchalos". Al oír esas palabras, Kausalya se incorporó con ayuda de las doncellas para oír a Sumantra, el cual inició entonces su relato: "Maestro, el primer día viajamos hasta la ribera del Tamasa. Sita, Rama y Lakshmana se bañaron en el río y después de beber agua descansaron bajo un frondoso árbol. Al día siguiente llegamos al río Ganges. La oscuridad nos cubría por completo y detuve el carruaje, como Rama me ordenó. Los tres se bañaron y descansaron sobre la arena; cuando amaneció, Rama le pidió a Lakshmana que llevara jugo de algún árbol baniano y cuando lo hizo, Rama lo aplicó en su pelo para que pudiera anudarlo y mantenerlo en lo alto de su cabeza. Mientras tanto, el gobernador de la tribu nishada, un amigo de Rama, trajo una lancha de remos y le pidió a Sita que subiera primero, después Rama y finalmente Lakshmana llevando el arco y las flechas. Cuando estuvieron sentados, Lakshmana se dirigió a mí diciéndome que llevara sus respetos a sus padres y que les rogaba sus bendiciones. También me dijo que te pidiera que te conduzcas con valor y sabiduría".

Sumantra continuó su relato acerca de lo que Rama le había pedido que anunciara en Ayodhya: "Maestro, Rama me dijo: `Dale mis respetos a mi preceptor y aconseja a mi padre que no se aflija por lo que ha pasado'. Después, me pidió que me acercara a él y me dio estas órdenes: 'Reúne a los ministros, a los ciudadanos de Ayodhya y a todos los miembros de la familia real y dales a conocer mi petición especial: sólo aquéllos que contribuyen a que la vida de mi padre sea feliz son queridos para mí. Cuando Bharata regrese, dale mis bendiciones e indícale que acepte la responsabilidad de gobernar el imperio y que sostenga y fortalezca la justicia y la integridad y promueva el bienestar de la gente a través de medios que sean puros de pensamiento, palabra y acción. Dile que deseo que él atienda a mis padres de tal manera que se olviden de la agonía de estar separados de mí'.

"Cuando Rama estaba encomendándome todo esto, Sita se acercó y me dijo que te informara que se sentía feliz de poder estar con Rama y que no deseaba nada más. Quiso que ofreciera sus respetos a los pies de sus suegros; que les dijera que no se angustiaran por ella y que estuvieran seguros de que era feliz con su señor y esperaba que ustedes los bendijeran; que continuamente ella preguntaría por su bienestar.

"Mientras tanto, el barquero se dio cuenta de que el deseo de Rama era que no se demorase más y empezó a remar alejándose rápidamente, con Rama a bordo. Con el corazón lleno de dolor me quedé viendo la barca que partía; tal vez estuve largo rato de pie en la ribera. Pero por fuerza tenía que retornar a este lugar para cumplir las órdenes de Rama; de otra manera me habría arrojado al Ganges, pues me sentía desesperado. Debía continuar viviendo sólo para cumplir este propósito: traerte el mensaje de Rama. No estando Rama en ella, Ayodhya me parece desolada y espantosa como una jungla".

Al escuchar las palabras de Sumantra y los nobles y dulces mensajes de Rama y de Sita, Dasarata no pudo contener su angustia, y al recordar todo lo que había sucedido se sintió desmayar.

Su respiración era agitada, como la de un pez que lucha por salir del espeso fango en el cual ha caído. Viendo su lamentable estado, las reinas estallaron en sollozos. No había palabras para describir el cuadro tan desolador; el dolor de las reinas y del emperador y de las damas de palacio causaron confusión y consternación por la ciudad; sus habitantes corrieron aterrados sin dirección definida, de la misma forma que los pájaros del bosque, asustados a medianoche por un trueno repentino.

Como una flor de loto que al arrancarla se marchita pronto, el emperador abandonaba su cuerpo rápidamente. Las palabras no podían surgir de su garganta y su lengua se paralizó, sus sentidos funcionaban con torpeza; Kausalya vio al emperador y observó cómo el sol de la dinastía solar se apagaba. Hizo acopio de valor y acercándose a él, colocó la cabeza de su señor en su regazo y trató de confortarlo diciendo: "Señor, Sita, Rama y Lakshmana llegarán pronto a verte, escucha mis palabras; ten valor y recupérate". Al hablar ella tan compasivamente, Dasarata abrió los ojos y murmuró: "Kausalya, ¿dónde está mi Rama, dónde está? Llévame con él. ¡Ay!, mi dulce y tierna nuera no está aquí ahora. Y Lakshmana, ¿dónde está? No lo veo aquí'.

Dasarata inclinó la cabeza, el dolor era muy grande; minutos después, el emperador recordó la maldición que le había lanzado un ermitaño ciego, el padre de Sravana. Se sentó con dificultad y empezó con palabras entrecortadas a contarle a Kausalya la historia de esa maldición:

"Kausalya, en una ocasión fui al bosque a cazar acompañado de un gran número de soldados y cazadores. En todo el día no nos topamos con ningún animal salvaje y sentí que no debía regresar a la capital con las manos vacías, sin haber capturado presa alguna. Nos adentramos en él bosque por la noche, esperando contar con mejor suerte. Estaba a punto de amanecer, pero no obstante, la oscuridad todavía nos envolvía. Nos hallábamos a la orilla de un gran lago cuando de pronto, algo se movió en la orilla del agua. Escuché también el sonido del movimiento. Imaginé que era un enorme animal, y puesto que podía guiarme tan sólo por el sonido, tomé mi arco y lancé la flecha, que voló veloz y furiosa alcanzando al animal en movimiento. De repente, escuché un grito de dolor. Corrí con los soldados y ¡oh tristeza!, vi que no era una bestia la que había matado, sino el hijo de un ermitaño. Me incliné a su lado y le rogué que me perdonara por el grave error. El hijo del ermitaño me dijo: 'Emperador, no te aflijas; cumple con la petición que te voy a hacer, eso será suficiente para compensar el pecado que has cometido. Mi nombre es Sravana, mi padre y madre son ciegos; yo dedicaba mi vida a atenderlos y esa acción me otorgaba la felicidad que yo necesitaba, pues era bendecido con la más elevada sabiduría. Ahora están sedientos; vine a este lago para llevarles agua. Tú me disparaste creyendo que era algún animal del bosque, ¿quién puede cambiar el destino? Mi condición ahora es tal que ya no puedo caminar para llevarles agua a mis padres, por lo tanto, toma esta vasija y llévasela. Camina en dirección al norte hasta que llegues a una cabaña solitaria; después de que hayas saciado su sed, cuéntales lo que me ha sucedido. No les digas nada acerca de mí antes de que hayas saciado su sed'. Diciendo esto, puso su vasija en mis manos y falleció.

"¡Kausalya, qué angustiado estaba aquel muchacho por la suerte de sus padres!; jamás se preocupó por su vida, que se extinguía rápidamente. No me dijo ninguna mala palabra; aquellas suaves, dulces y amorosas palabras que pronunció, todavía las oigo como un eco en mis oídos. Con su último aliento repitió el Pranava, Om, Om, Om (fórmula mística sagrada), claramente, tres veces. Al ver con qué valentía y serenidad moría, decidí enmendar mi pecado cumpliendo su último deseo. Me apresuré a ir a la cabaña que había mencionado y les di a los ancianos la vasija con agua, sin pronunciar una sola palabra. Sin embargo, aquellos padres empezaron a hacer muchas preguntas. Decían: `Hijo, ¿por qué te has demorado tanto?, ¿por qué este retraso?', y movían sus manos hacia adelante para tocarlo y sentir su presencia. Me hice para atrás un poco y en ese momento la anciana me preguntó: 'Hijo, ¿por qué no nos hablas? ¡No beberemos el agua que nos trajiste hasta que respondas nuestras preguntas!'

"Yo había ordenado que llevaran el cuerpo de Sravana a la cabaña de los padres; en ese momento llegaban con el cadáver y ordené que lo colocaran cerca de la madre. Ella, al reconocerlo, lloró inconsolable sobre el rígido cuerpo; yo no podía soportar ver esa escena. Un momento después, la madre se recuperó un poco y me dijo: `¡Emperador, no tiene ningún sentido seguir viviendo, ya que nuestro hijo nos ha abandonado! Somos ancianos, ¿quién nos va a atender y cuidar? Mátanos a nosotros también, así como lo mataste a él, o si no, erige una pira para que podamos inmolarnos junto con nuestro hijo'. Incliné mi cabeza y acepté sus órdenes; junté madera seca y formé una pira; colocamos encima el cadáver del muchacho, los ancianos se colocaron junto a él y, ejercitando el poder del yoga, crearon fuego en ellos mismos y se quemaron.

"Antes de que se inmolaran, se dirigieron a mí diciéndome algunas palabras; su maldición hoy se cumple".

Dasarata calló un momento para poder descansar y serenarse; Kausalya lo consoló y tranquilizó; después le hizo esta pregunta: "Señor, ¿qué dijeron los padres? Dímelo, estoy ansiosa de oírlo". Dasarata permaneció en silencio durante un momento y respondió: "Kausalya, ¿qué te puedo decir? ¿cómo puedo repetir esas palabras? Lo que me dijeron aquellos ancianos fue lo siguiente: 'Terminarás tus días como lo estamos haciendo nosotros ahora, a causa de la insoportable agonía por la separación de tu hijo'; después, exhalaron su último aliento en medio de las llamas.

"Por aquel tiempo no había engendrado ningún hijo y me preguntaba cómo me afectaría su maldición. También pensé que siendo las palabras de un anciano sabio, no podrían sino ser verdad. Eso quería decir que iba a procrear hijos, si es que iba a ser separado de ellos. Tú sabes la tristeza pue nos embargaba porque no concebimos hijos en ese tiempo; presentí que la maldición fuera a la vez una bendición; rogué para que tuviera hijos, aunque después me separara de ellos. No les podía confesar ese secreto hasta este momento. Ahora comprendo que la maldición de ese ermitaño se ha hecho realidad. La agonía por la separación de Rama me está consumiendo; al recordar la tragedia de Sravana siento que se me acaba el valor, no tengo más ánimo y no puedo más".

Dasarata estaba como ausente, recordando los incidentes del pasado. "¡Rama, Rama, Rama!" gritó el emperador y se recostó sobre Kausalya; ella percibió el cambio operado en él y lanzó un grito. Los cortesanos y las damas se reunieron a su alrededor y se dieron cuenta de que el emperador había muerto. La ciudad se convirtió en un valle de lagrimas y por doquier se sentía un gran dolor. Multitudes se aglomeraron en el palacio, las calles eran un torrente de gente que lloraba y maldecía a Kaikeyi, porque creía que la ciudad había perdido al emperador a causa de sus intrigas.

Vasishta, el preceptor real, llegó al salón donde yacía el cuerpo del emperador; dio el pésame a las reinas y consoló a Kausalya y a Sumitra, recordándoles que también sus antepasados habían fallecido a pesar de su poder y majestuosidad. Puesto que no había nadie para oficiar las exequias, siguiendo las instrucciones de Vasishta el cuerpo fue mantenido inmerso en aceite para retardar el proceso de descomposición. Vasishta le ordenó a un mensajero que fuera a llamar a Bharata, diciéndole que no le mencionara ni una palabra acerca de la muerte del emperador, sino que le dijera únicamente que el preceptor quería que él y su hermano regresaran de inmediato a la ciudad. El mensajero se postró a los pies del preceptor y pidió permiso al ministro para retirarse e iniciar su largo viaje en un veloz carruaje.

Desde que Ayodhya se había sumido en el dolor, Bharata tenía varias premoniciones en forma de pesadillas y despertaba aterrorizado por sus sueños; muchas noches ni siquiera dormía, se sentaba en su cama y el pánico se apoderaba de él. Tenía miedo de que le llevaran alguna mala noticia. Se levantaba antes del amanecer, y después de su baño matutino iniciaba varios ritos para propiciar a los dioses y rechazar la calamidad esperada; permanecía largo rato en su oratorio, rezando en busca de alivio. A pesar de todo, un misterioso temor lo atormentaba.

Las pesadillas se habían venido presentando desde hacía catorce días, minando por completo su valor y fe. Mientras tanto, el mensajero de Ayodhya llegaba a la ciudad de Kekaya, donde estaba Bharata, después de quince días de largo viaje. Cuando a Bharata se le anunció su llegada a la entrada principal del palacio, ordenó que fuera conducido a su presencia para poder enterarse del motivo de su visita.

El mensajero se postró ante Bharata y le pidió que él y su hermano emprendieran el viaje hacia Ayodhya sin la más mínima demora, como lo ordenaba el preceptor. Bharata le inquirió acerca de la situación de la gente en Ayodhya, con una serie de preguntas, a las que el mensajero respondió que no había nada especial que informar, excepto que el preceptor quería que regresara de inmediato. Ésa era la misión por la cual había ido y no había nada más que decir.

Los mensajeros no hablaban más que unas pocas palabras ante sus monarcas, y éstos tampoco debían conversar con ellos por un tiempo prolongado. La costumbre exigía que el rey sólo hablara con él algunos minutos. El mensajero también tenía un código de disciplina, así que se puso de pie y abandonó el salón.

En ese momento, Bharata entró en los aposentos y se despidió de su tío materno; en compañía de su hermano Satrugna, subió al carruaje que estaba esperando, apresurándose por llegar lo más pronto posible. Como una flecha que sale disparada de un arco, el carruaje volaba por caminos, montañas, lomas y bosques. La tristeza se iba apoderando del corazón de Bharata tan rápido como avanzaba el carruaje, sin poder comprender la razón o el motivo. Una angustia inexplicable lo afligía. Bharata no quiso demorarse en el camino para alimentarse, ni siquiera para beber un poco de agua y saciar su sed.

Satrugna se dio cuenta de ese sentimiento de alarma y ansiedad que su hermano sentía y un par de veces sugirió que se hiciera un alto para comer y beber, mas Bharata lo ignoraba y permanecía en silencio. Más aún, observaron una serie de malos augurios que les iban sucediendo en el camino: los cuervos graznaban de una extraña manera, como presintiendo que ocurría algún mal, y los perros aullaban lastimeramente. Estos signos de calamidad motivaron que Satrugna perdiera la calma que había mantenido heroicamente hasta ese momento.

Cuando llegaron a la puerta principal de la ciudad de Ayodhya y vieron hacia arriba, el temor les fue confirmado, ya que los festones de hojas de mango no habían sido renovados hacía mucho tiempo; sólo colgaban hojas secas a lo largo del portal. El viento les golpeaba la cara haciéndoles crujir los dientes llenos de ira y dolor. ¿Por qué no habían colgado hojas frescas?, ¿qué le había sucedido a la ciudad?, ¿por qué esa negligencia, esa señal de zozobra? Los hermanos presintieron que algo terrible había sucedido en la capital.

Siguieron aproximándose a la ciudad. Los establos reales para caballos y elefantes estaban a la entrada; cuando Bharata los vio, la angustia se apoderó de él y perdió el control; los animales estaban de pie, sin mover un solo músculo, con las cabezas gachas y los ojos derramando lágrimas. Los mahouts y palafreneros se hallaban de pie, con semblante dolorido, incapaces de levantar la vista. Cuando se acercaron a la ciudad, encontraron las puertas de todas las casas cerradas, como si la gente declinara dar la bienvenida a nadie. Los caminos estaban polvorientos y se veía que no los habían barrido; los pocos ciudadanos que se encontraban fuera de sus moradas se volvieron al oír el carruaje que se aproximaba y, cuando reconocieron a Bharata, empezaron a llorar.

El mercado de diamantes estaba cerrado, así como todas las tiendas de la ciudad. Bharata no encontraba !as palabras precisas para preguntarle a alguien la razón de la tristeza que envolvía a la ciudad, atónito ante todos esos signos de zozobra. El carruaje entró en el palacio real; los guardias los recibieron en silencio, sin ninguna aclamación de alegría, sin los tradicionales vivas de Jai, jai, y permanecieron mudos y con la cabeza inclinada; no podían levantar la mirada, pues tenían los ojos cuajados de lágrimas. Los hermanos, plenamente convencidos de que alguna calamidad inenarrable había acontecido en la ciudad, bajaron del carro y corrieron hacia el palacio.

Kaikeyi, al ver llegar a su hijo, fue hacia él para recibirlo con alegría; el grupo de damas que caminaba tras ella lloraba con infinita tristeza. Bharata las miró al rostro y ellas detuvieron la marcha, aturdidas e incapaces de pronunciar una sola palabra. Sin embargo, Kaikeyi rompió el silencio y dijo: "Hijo, ¿cómo está tu tío?". Bharata respondió vagamente y preguntó con ansiedad: "¿Cómo están mi padre y mi hermano mayor? ¿Mi otro hermano?, ¿y mis tías las reinas?"

Kaikeyi se quedó muda; las lágrimas anegaron los ojos de las damas que estaban a su alrededor. Bharata se dio cuenta de que algo terrible le ocultaban y preguntó: "Madre, ¿dónde está mi padre?". Al oírlo, las damas irrumpieron en sollozos; al verlas, Kaikeyi sintió que no podía demorarse más; también derramó algunas lágrimas y asumió el papel de una mujer desconsolada. Bharata, cada vez más intrigado, le rogó a su madre que le explicara qué había sucedido y por qué todos estaban tan tristes.

Kaikeyi respondió: "Hijo, ¿qué te puedo decir? Me sentía muy feliz, pues con la ayuda de Mantara pude alcanzar todo lo que siempre había deseado; sin embargo, mi felicidad se ha esfumado, los dioses no la vieron con buenos ojos. El emperador, tu querido y bienamado padre, se ha ido al cielo". Kaikeyi empezó a llorar desconsolada. Al oír tan terrible noticia, Bharata se desplomó llorando desgarradoramente como la elefanta ante el rugido del león, y exclamó con pesar: "¡Ay, padre!". Así como cae un baniano, también cayó Satrugna. Su agonía era inmensa, indescriptible. Bharata se sentó sujetándose la cabeza con las manos y lloró sin cesar; gritaba: "¡Padre, no pudimos estar junto a tu lecho cuando expiraste tu último aliento! ¡Oh, qué pecadores somos! De los cuatro hijos no todos iban a tener ese privilegio; nosotros somos los más desafortunados. En tu agonía nos habrías hablado amorosamente, nos habrías dado bendiciones y sabios consejos. Debemos agradecer que Rama sí estuvo contigo en tu agonía; con seguridad le habrás dicho a él lo que deseabas que se nos dijera. Hermano, levántate, ven conmigo, iremos con Rama y averiguaremos lo que nuestro padre nos dijo por última vez. Madre, ¿dónde podemos encontrar a Rama?". Bharata se puso de pie, presto para irse; sólo esperaba la respuesta de su madre.

Kaikeyi dijo: "¡Hijo! Si Rama hubiera estado aquí, tu padre no habría muerto, ¿no te das cuenta? Rama no está en la ciudad, ¿no lo sabías?". Eso fue como ponerle veneno a una herida; Bharata se estremeció de nuevo por lo que acababa de oír y preguntó: "Madre, Rama es mi aliento mismo, ¿dónde se ha ido?". Bharata estaba a punto de sufrir un colapso. Kaikeyi respondió rápidamente: "¿Dónde?, ¿estás preguntando dónde se ha ido? Te lo diré: fue al bosque". "Pero, ¿por qué si Rama se ha ido al bosque no ha regresado aún?", interrumpió Bharata.

Kaikeyi respondió con calma: "Hijo, no tenemos tiempo de relatar y de escuchar esa historia tan larga, primero ocúpate de efectuar las exequias de tu padre". Bharata se dio cuenta de que ella le ocultaba algo desagradable, así que le preguntó por Sita y Lakshmana y su madre respondió con firmeza: "Ambos han seguido a Rama a la jungla; van a regresar a esta ciudad después de catorce años; ésa fue la orden de tu padre".

Kaikeyi notó que Bharata se desesperaba y angustiaba cada vez más por sus palabras, por lo que acercó a su hijo hacia ella y acariciándole la cabeza, empezó a consolarlo diciéndole: "Hijo, no hay necesidad de lamentarse por lo de tu padre. Durante su vida siempre fue un hombre recto y realizó actividades nobles, así que su alma se irá al cielo. Tu deber ahora es seguir el ideal que él ha establecido para ti: el ganar fama similar por actos meritorios y gobernar el imperio felizmente. Aumenta su fama y renombre gobernando con sabiduría y misericordia y manteniendo en alto el gran nombre de la dinastía". Con esas palabras, Kaikeyi pretendía aliviar la pena de sus hijos, pero fueron como una daga a su corazón; cada palabra los hería sin piedad, Satrugna sentía un ardor por todo el cuerpo, no obstante, la escuchaba en silencio sin emitir alguna queja. Bharata, sin embargo, de repente se puso de pie, decidido a saber la verdad, pues sentía que su madre lo había engañado ocultándole algunos hechos y hablando con acertijos. Tomó a Satrugna y salió rápidamente de la habitación hacia los aposentos de Kausalya, la mayor de las reinas y madre de Rama.

Lo que vio lo dejó atónito: Kausalya yacía en el suelo, con su ropa llena de polvo, lamentándose en voz alta: "¡Oh Señor, Señor, Rama, Rama!". Sus damas, que también estaban sumidas en el dolor, trataban de infundirle ánimo. Bharata no pudo reprimirse y gritando "¡Madre, madre!", se postró a sus pies. La reina Sumitra también estaba ahí con Kausalya. Las dos reconocieron a Bharata y a Satrugna y de súbito se desmayaron. Al recuperar el conocimiento, se abrazaron, llorando con profunda pena; era una escena desgarradora. Los hermanos, no pudiendo soportar tanto, cayeron al piso. Hablando angustiosamente, Bharata se dirigió a su madre: "Madre, llévame con mi padre, dime, ¿por qué ha muerto? ¿Por qué mis queridos hermanos Rama y Lakshmana se fueron a la jungla con Sita? Todo es un misterio para mí, sálvame de esta agonía, dime el porqué". Bharata rogaba de hinojos aferrándose a los pies de Kausalya. Ella lo abrazó con ternura y le respondió: "Con tu regreso, hijo mío, siento un poco de consuelo. Al verte, puedo olvidarme del dolor de la separación de mi querido Rama. Eres tan querido para mí como lo es él. No hago ninguna distinción". Sus palabras se entrecortaban por los sollozos y lamentos. "Rama, ¿cómo podré mantenerme viva durante catorce largos años en tanto tú estás en la selva? ¿Has decidido que yo deba ser reducida a cenizas por el dolor de la separación, como lo fue tu padre? ¡Qué desafortunada soy!". Bharata sufrió aún más al escucharla, imaginando todo tipo de tragedias y miserias, ya que él aún no conocía la verdad, y le rogó: "Madre, no me ocultes los hechos, confía en mí, dime por qué Rama se fue a la jungla y por qué causa mi padre murió; dímelo, sálvame de esta confusión".

Kausalya era humilde, honesta y compasiva por naturaleza. Recibió a Bharata como si fuera Rama mismo el que hubiese regresado. Acercó a Bharata hacia ella y enjugándose las lágrimas dijo: "Hijo, Bharata, sé valiente, no te lamentes por el pasado. Preocuparse así no tiene sentido; ocurren extraños sucesos cuando los tiempos no son propicios y las circunstancias así lo reclaman. ¿Qué beneficio se obtiene al culpar a alguien? No debemos culpar a ninguna persona; es mi destino el vivir con este dolor, no puede evitarse, debo soportarlo; mas tú eres joven, como el Sol del amanecer, recuérdalo.

"Mi querido y amado Rama, obedeciendo las órdenes de su padre, ahora viste cortezas de árboles, trae el pelo anudado en forma de chongo y vaga por la jungla. Sita, que no puede vivir lejos de él ni un momento, lo acompaña vestida con cortezas de árbol. Lakshmana intentó impedir que Rama fuera al bosque, pero sus esfuerzos fueron en vano. Entonces, declaró que Ayodhya sin Rama era en verdad una jungla para él y se fue siguiéndolo... Todo sucedió ante mis ojos; ¡qué alma tan pecadora debo ser para seguir viviendo aún.

"No pude ir con ellos ni tampoco partí de este mundo, ¿cómo puedo describir mi triste condición? Mi corazón está hecho de piedra. ¡Oh, amoroso Rama, sufres tanto desde que naciste, cuántas penurias debes de pasar comiendo sólo frutas y raíces, vagando por lúgubres parajes de la jungla!". Kausalya no soportó más el dolor y se desmayó nuevamente.

Bharata oía y escuchaba todo, pero aún no comprendía tal enigma; se debatía temeroso y angustiado, incapaz de resolver el misterio. Mientras tanto, el ministro Sumantra trajo un mensaje del preceptor real, el sabio Vasishta, el cual ordenaba que Bharata fuera a verlo. Sumantra también estalló en sollozos al ver a los hermanos y abrazó a Bharata, quien tampoco pudo controlar su dolor. Éste esperaba que al menos Sumantra pudiera desentrañar un poco el misterio que cubría los extraños sucesos en la ciudad y trató de presionarlo para que le diera una amplia explicación, mas Sumantra no quiso hablar de ello, pensó que Bharata y Satrugna ya habían sido enterados de lo sucedido por boca de otras personas.

Los tres fueron a ver al preceptor; Bharata y Satrugna se postraron a sus pies y lloraron amargamente. Con afecto, él los hizo levantar y los consoló mediante sabios consejos plenos de moral y filosofía. "Ya hemos perdido mucho tiempo, lo cual es inconveniente" dijo y ordenó a Bharata que se preparara para llevar a cabo los ritos funerarios de su padre. Bharata reflexionó durante largo tiempo y después le rogó a Vasishta diciéndole: "Maestro, este acto debe realizarlo el hijo mayor; Rama es el mayor de los cuatro y ahora me propones que sea yo el que lo haga. ¿Es esto justo, es correcto? Has preservado el cuerpo todos estos días, mantenlo así por dos días más. Satrugna y yo iremos hacia donde está Rama y lo traeremos de regreso con nosotros; por favor, concédenos permiso para hacerlo".

Vasishta le replicó: "Hijo, no seas necio, Rama no regresará antes del período que se le ha fijado. Él respeta su palabra una vez que la ha dado. No importa cuánto le ruegues, Rama no entrará en Ayodhya hasta dentro de catorce años. Por lo tanto, desiste de tu plan; lleva a cabo las exequias de tu padre y luego haz lo que desees". Vasishta le repetía esto a Bharata una y otra vez, para tratar de convencerlo de lo inútil de su idea.

Bharata se dio cuenta de que tenía que obedecer al preceptor y aceptó. El cuerpo del padre fue aseado y se llevaron a cabo todos los ritos prescritos en los Vedas, preliminares a la cremación. Mientras tanto, urgido por un irrefrenable anhelo, Bharata fue directamente a las habitaciones de Kausalya y de Sumitra y postrándose a sus pies les suplicó: "Madres, no deben inmolarse en la pira funeraria de mi padre; si lo hacen, no llevaré a cabo las exequias".

Se aseguró de que ellas prometieran no hacerlo. Conmovidas por el amor y el afecto de Bharata, no podían hacer otra cosa sino cumplir su petición, y le dijeron: "Hijo, actuaremos de acuerdo con tu deseo".

El cuerpo fue puesto sobre la pira de madera de sándalo que se había levantado en la orilla del río Sarayu. Bharata llevó a cabo los ritos con exacta precisión, demostrando que su fe en los Vedas era mayor de lo que Vasishta imaginaba. Obsequió como caridad, en nombre de su padre, los dieciséis bienes prescritos. Regaló vacas, tierras, oro, casas, ropa, comida, caballos, elefantes, monedas y otros valores. Quienes los recibieron elogiaron su generosidad y devoción filial.

Sin embargo, los reyes feudatarios, los sabios y sacerdotes y los habitantes en general no podían conformarse con la ausencia de Rama. Esa pena destrozaba sus corazones, la agonía de la separación causaba dolor a cada instante; se sentían presa de la impotencia, sin poder hacer algo. Rama jamás se retractaría, no regresaría, sin importar cuál fuera el motivo, hasta que el período de catorce años hubiese terminado. Tenían que aceptar eso como un hecho, por lo cual decidieron ser fuertes para soportar la pena y sobrevivir esperando su regreso, con la esperanza de regocijarse cuando el exilio terminara.

Mientras tanto, Vasishta, el preceptor real, reunió a los gobernantes feudales, a los reyes vasallos, ministros, sabios y monjes, a los consejeros del imperio y a los líderes de la ciudad y sostuvieron una reunión. Habló acerca de los cánones de la ley moral y de los deberes y obligaciones de los gobernantes señalados en el Dharmashastra (Código de conducta recta). Narró, desde el principio, toda la serie de incidentes, desde la conspiración tramada por Kaikeyi hasta el día en que Rama se fue desterrado a la selva. Después, habló acerca de las virtudes del emperador recién fallecido, su apego a la verdad, su conducta recta y sus grandes logros espirituales, su realeza y su lealtad a los mandatos védicos, los cuales lo hicieron un generoso patrono de incontables ofrendas (yajnas, gagas) y otros ritos ceremoniales. Vasishta continuó después con la narración del intento hecho por el emperador para celebrar la coronación de Rama y todos los obstáculos que encontró en su camino, los cuales terminaron con el exilio de Rama y la muerte del mismo emperador, como consecuencia del dolor de la separación de su querido y bienamado hijo.

Bharata y Satrugna, que ignoraban esos trágicos sucesos en la capital y ahora los sabían por boca del preceptor, sintieron ira, tristeza y vergüenza; inclinaron la cabeza llenos de congoja y abundantes lágrimas corrían por sus mejillas. Las personas que estaban a su alrededor difícilmente podían dirigir sus ojos hacia ellos. Vashista también se enjugaba sus ojos llenos de lágrimas. En el salón reinaba una atmósfera de tristeza y un profundo silencio dominaba en la asamblea; todos los ahí reunidos permanecían como estatuas.

Bharata y Satrugna no podían seguir escuchando lo que Vasishta narraba; estaban furiosos en contra de Kaikeyi, por su nefasta conducta. Bharata se maldijo por haber sido engendrado por una madre tan cruel; estaba tan avergonzado de las consecuencias de sus actos impíos en vidas pasadas, que no podía mirar a nadie a la cara. Ambos estaban ansiosos por salir del salón.

Vasishta supo cuáles eran los sentimientos que los embargaban y se acercó para consolarlos diciendo: "Hijos, no hay que lamentarse del pasado, lo hecho hecho está; ahora debemos pensar en lo que se debe hacer. Su padre, debo decirlo, fue afortunado en todos los aspectos; no se lamenten más. Bharata, escúchame y acata sus órdenes con humildad; te ha otorgado !a autoridad para gobernar este imperio, y es correcto que aceptes ese don y cumplas sus órdenes. Tu padre aceptó e! exilio de Rama, ya que él mismo no podía romper su juramento; dio su vida a causa del inmenso amor que le profesaba a Rama. Murió para cumplir su promesa, no hay duda de ello; sabía que cumplir una promesa es más valioso que la vida misma. Por eso prefirió afrontar la muerte en lugar de retractarse. Además, ten en cuenta también que Rama se fue al exilio en compañía de su esposa, para que la palabra de tu padre pudiera cumplirse.

"La gloria de la línea real lkshvaku es que quien pertenece a ella sacrifica todo con tal de mantener tina promesa, una palabra; ésa es la gloria que tú compartes. Ahora debes actuar de acuerdo con la palabra de tu padre y aceptar la responsabilidad de gobernar el reino. ¡Que logres el éxito en tan ardua tarea y que la prosperidad y la sabiduría estén presentes en todo cuanto emprendas! Me aventuro a aconsejarte todo esto, por el afecto y compasión que tengo hacia ti, pues de otra manera no habría puesto sobre tus hombros una responsabilidad tan grande; sé que puedes mantener en alto el nombre de tu padre. Tienes la habilidad, destreza y valor necesarios para llevar a cabo esta tarea; no dudes ni vaciles. Acepta el cargo".

Vasishta le dio unas palmadas en la espalda y lo bendijo; Bharata agradeció el sabio consejo y cuando el preceptor terminó, se puso de pie rápidamente y se postró a los pies del maestro. Hizo un esfuerzo para hablar, pues sentía una pena inconsolable; sus labios temblaban, sentía un nudo en la garganta. Las palabras difícilmente fueron tomando sentido y dijo: "Maestro, ¿tus palabras son en verdad muestra de tu amor y compasión? No; de hecho tú no sientes amor y compasión hacia mí, porque si los tuvieras jamás habrías accedido a asignarme semejante responsabilidad. Me estás sentenciando a este castigo sin la menor compasión. Este imperio que llevó a la persona más pura y santa al exilio y que ha sumido a la población entera en muchos años de incesantes lágrimas, que ha perdido al más recto de sus gobernantes y traído la infamia eterna a su dinastía gobernante, el linaje lkshvaku, este imperio que ha causado que mis madres Kausalya, Sumitra y las demás hayan quedado viudas y que se ha degradado a sí mismo de tantas maneras, es el que ahora tú me confías.

Éstas son las consecuencias de los pecados que debo de haber cometido, la consecuencia de que este desafortunado ser humano haya nacido de la matriz de la encarnación de crueldad y odWo: Kaikeyi. En lugar de darme este castigo, por favor, ten misericordia y mándame donde está Rama; puedo hacer que mi vida valga la pena y salvarme si me ocupo de limpiarles el camino, yendo delante de ellos para suavizarlo cuando ellos lo pisen. No puedo permanecer en este lugar ni un momento más".

Bharata se postró a los pies de su preceptor para pedirle permiso de internarse en la jungla. Al escucharlo, los ministros de estado se pusieron de pie y con las manos juntas rogaron: "Señor, no es propio que prolongues este asunto por más tiempo. En este momento no tenemos gobernante; no puedes eludir la responsabilidad que el preceptor te está imponiendo. Cuando Rama regrese, puedes actuar de la manera que prefieras, pero ahora, por favor, acepta nuestros ruegos: protege a la realeza y promueve la prosperidad de la gente. Acepta el cargo".

Bharata no respondió a su insistencia; en lugar de ello, quería salir de ahí para ir con la madre Kausalya y verla por un momento. Vasishta accedió inmediatamente. Bharata y Satrugna salieron de la reunión y se dirigieron hacia el palacio de Kausalya; al estar frente a ella se postraron a sus pies y Bharata le dijo: "Madre, este desafortunado Bharata pide perdón por haber sido el causante de esta calamidad, habiendo nacido del seno de una malvada mujer, Kaikeyi; este maldito Bharata es la fuente de miseria del reino. Dame permiso para irme a la selva, no puedo moverme ni caminar ni un momento más en

Ayodhya con la cabeza erguida después de que mi maestro y señor, Rama, se ha ido por mi culpa. Este imperio le pertenece por derecho al hijo mayor; esta persona tan insignificante no tiene derecho sobre él; no necesito esta carga, no la puedo soportar. Bendíceme para que me pueda ir enseguida". Después de hablar así, Bharata esperó de pie, lleno de tristeza.

Kausalya se armó de valor y empezó a consolar a Bharata diciéndole: "Bharata, considera las circunstancias y olvida tu dolor. Éste no es momento para flaquear: Rama está allá en medio de la jungla; tu padre está en el cielo. Tus madres, parientes, amigos y todos los súbditos están hundidos en el dolor y la zozobra. Todos ven en ti a su único refugio y consuelo. Comprende que todo esto ha sucedido porque el momento no era propicio; por consiguiente, las acciones de los hombres se vuelven incorrectas y horrendas. Ten valor y decide, obedece las instrucciones de tu padre y sométete a las órdenes del gurú Vasishta; atiende las peticiones de la gente y actúa como los ministros te están rogando que lo hagas".

Kausalya estrechaba las manos de Bharata mientras trataba de persuadirlo para que aceptara asumir la autoridad de! reino. Sus palabras eran de una extraña dulzura, como fresca pasta de sándalo, sobre un corazón ardiente; eran dulces al oído y se disfrutaba oírlas. Kausalya en ningún momento dijo una palabra de condena hacia la madre de Bharata, quien había sido la causa de toda esa serie de desastres; no guardaba ni la más mínima duda con respecto a su lealtad. Bharata se sintió inmensamente feliz y aliviado cuando escuchó sus palabras y se llenó de infinito deleite al darse cuenta qué grande era su corazón y qué sincero el afecto que sentía hacia él. No había calculado, ni siquiera en su sueño más fantasioso, que Kausalya pudiera tratarlo así cuando su hijo estaba en el exilio, y además derramar un afecto inconmensurable sobre él, que era hijo de otra esposa de su marido. Qué diferencia, pensaba, entre su propia madre, Kaikeyi, y Kausalya; no podía compararlas. Encontraba en Kausalya la consumación y realización del amor que llena de gozo el corazón.

Juntó sus palmas y dijo: "Madre, tus palabras llenas de ternura y amor son como una fresca lluvia de agua de rosas sobre mi corazón lacerado. Tal vez me has confundido con Rama, pero, ¡ay!, yo no soy ese Rama de corazón puro; yo soy Bharata, nacido de Kaikeyi, tengo una naturaleza malvada, heredada de ella; soy malo, sin ningún sentido de vergüenza y enemigo de Rama. Te has confundido creyendo que yo era Rama y por eso me has hablado con tanta bondad y afecto; tu corazón está tan compenetrado en Rama, que les hablas a todos como si le hablaras a Rama mismo. Te digo la verdad, madre, ¡escucha mis ruegos!

"Madre, sólo las personas rectas merecen gobernar; cuando personas con inteligencia malévola y vergonzosas habilidades como la mía gobiernan un reino, la tierra degenerará en una imagen de las regiones inferiores. Los egoístas atrevidos, los aventureros de mente estrecha, los buitres codiciosos, las personalidades amantes de la vanagloria, los individuos que sólo piensan en su persona, gente que sufre de envidia crónica, ninguno de éstos tiene el derecho de gobernar. Dañan los intereses de sus súbditos y destruyen las bases de la rectitud; el reino se arruinaría con ellos. Sólo aquéllos que van por el camino de la virtud y la conducta recta merecen gobernar. Sólo conozco a uno y ése es Rama, no sé de nadie más. Por lo tanto, parto en este mismo instante y al abrazar los pies de Rama le rogaré; lo traeré de regreso conmigo a Ayodhya. Dame tu permiso, bendíceme, no te demores más".

Las palabras de Bharata enternecieron el corazón de Kausalya y le habló así: "Hijo, siento que en ti surgen los mismos sentimientos que mi Rama tiene. Al verte puedo soportar un poco más la agonía de la separación de él; así que si te vas a la jungla, ¿qué nos va a suceder a nosotros? Si afirmas que tu partida es inevitable, entonces llévame contigo, pues, ¿con quién voy a vivir el resto de mis días en Ayodhya? Habiendo perdido al marido y estando separada de! hijo, la esposa no tiene sino que desfallecer por la agonía de la pérdida. Ve, consigue el permiso del gurú Vasishta. Iremos al bosque y conviviremos por lo menos unos momentos con Sita, Rama y Lakshmana. Sólo así podré morir feliz". Cuando ella le dijo esto, Bharata tuvo un poco de paz y consuelo.

Luego se postró a los pies de Kausalya y Sumitra y prosiguió hacia el palacio de Kaikey Bharata entró primero y Satrugna lo siguió; sentían mucha tristeza y resentimiento hacia Kaikeyi, pues ésta, habiendo puesto toda su confianza en Mantara, sólo había ocasionado desgracias. Trataron de controlar la ira que se apoderaba de ellos. Por fin, entraron en el palacio; en la entrada vieron a Mantara, toda cubierta de joyas, esperando para recibirlos. Satrugna perdió el control al verla y, tomándola del pelo, la tiró al suelo y descargó sobre ella una lluvia de golpes. Mantara empezó a gemir y cuando sus gritos llegaron a los oídos de Kaikey¡, ésta corrió hacia donde se encontraban y reprendió a Satrugna por esa acción.

Aprovechando la oportunidad, Bharata empezó a hablar con furia incontrolable, gritándole a su madre: "¡Vergüenza, la más vil de todas las pecadoras! Tuviste fe en las palabras de esta malvada mujer y cometiste un pecado despreciable. ¿Por qué tu corazón no se hizo pedazos cuando el ruin consejo de esta mujer entró en él? ¿Cómo pudo tu lengua pronunciar esas funestas peticiones, por qué no se te hizo cenizas cuando expresó esos abominables deseos? ¿Con qué cara te atreves a vivir en este palacio? ¿No sientes vergüenza? ¿Cómo pudo el emperador creer las palabras de una persona tan mala como tú? Cegado por la lujuria, aceptó apartarse del hijo para poder ganar ala esposa. La conspiración que urdiste era ruin y traía la miseria consigo, y así contaminaste el corazón puro del emperador, le prendiste fuego al reino, has destruido la dinastía y su gloria, has traído la desgracia eterna a la línea real de los Raghu; tu malvado y venenoso corazón ha logrado su ruina.

"Declarar que tú eres mi madre es un grave pecado; ¿cómo pudiste creer que perjudicando a alguien tu hijo iba a tener buena fortuna? ¿Acaso no quieren los demás a sus hijos tanto como tú a los tuyos? Las mujeres que les desean el mal a los hijos de otros sólo logran daño para los suyos. ¿Cómo olvidaste esta gran verdad? Seguramente se debe a los pecados que has cometido en tu pasado. ¡No todo esto se debe a mí! O si no, ¿por qué el puro, honrado e inmaculado Rama, mi bienamado hermano, y la corona de castidad y bondad que es la madre Sita, vagan por la temible jungla? ¡Oh, qué crueldad! ¡Qué espantoso! Maldita sea. Que tenga yo que hablar con una pecadora de corazón tan vil es sólo el resultado de los pecados que debo de haber cometido en mi pasado. ¡Ay!, me pregunto qué pecado tan tremendo cometí para merecer este castigo, esta desgracia de haber nacido de tu vientre. Los pecadores sólo tienen como compañeros a los mismos pecadores; ¿cómo se les puede asociar con hombres buenos, hombres cuya virtud y vida correcta son innegables?

"Esta dinastía solar es tan sagrada, tan pura como el cisne celestial, sin rasgo de mancha. Pero, a decir verdad, tú eres como tu madre, la cual mandó matar a su esposo con tal de lograr su ambición. Tú también has matado a tu esposo para realizar tu egoísta deseo. ¿Puede un hijo más joven gobernar un imperio ignorando al hijo mayor, contrariamente a la práctica establecida en la línea real?

"Tú no tuviste esta idea fatal ahora, no; estaba latente ahí, como una semilla. De otro modo no se habría manifestado de repente como un enorme árbol. Dotada con una naturaleza tan malvada, mejor me hubieras asfixiado en cuanto nací y salvado a mí y al imperio de toda esta miseria. ¿De qué sirve ahora lamentarse del pasado? Tu maldad te ha ordenado que cortes el tronco y derribes las ramas; te ha indicado que cuides la vida de los peces sacando el agua de su estanque; no sé si reír o llorar ante tu estupidez.

"En lugar de perder estos minutos hablando contigo, mejor voy en busca de Rama para rogarle que regrese a Ayodhya. Si se niega a volver, estoy decidido a quedarme con él, como lo ha hecho Lakshmana, y ser feliz atendiéndolo y no volveré a ver tu rostro jamás".

Diciendo esto, Bharata le dio la espalda y salió con su hermano. Kaikeyi reflexionaba acerca de su errónea acción y se lamentaba del fracaso de su plan; muy tarde se había dado cuenta de que cualquiera que llevara a cabo un plan malévolo, sólo obtendría de él una felicidad temporal; con seguridad su mal proceder la conduciría tarde o temprano a la ruina y no veía escapatoria posible. No encontraba palabras para expresar su remordimiento y pena, así que se quedó ahí de pie, muda e inmóvil como una estatua.

Kaikeyi se disgustó con Mantara y comprendió al fin la realidad; se sintió feliz por la actitud tan recta que Rama había adoptado e inclinó la cabeza, avergonzada, al reconocer su pecado.