Libros escritos por Sai Baba

{SB 80} Ramakatha I & II ( La Historia de Rama )

11. Lakshmana también

( Impreso en castellano en Ramakatha. La historia de Rama (Ramakatha Rasa Vahini) cap. 11 )

11. LAKSHMANA TAMBIÉN

En palacio, los compañeros de Rama, entusiastas y contentos, estaban listos, sus rostros alegres y con espléndidos ropajes, esperándolo para acompañarlo al salón de las festividades. Sumantra fue a las habitaciones interiores de la mansión. Ahí vio a Rama sentado en un lecho dorado, irradiando divina luz, y Sita, de pie a su lado, abanicándolo suavemente. Brillaba él como la ¡una con la estrella Chitra.

Sumantra iba con prisa, no podía esperar. Dijo: "¡Rama!, la madre Kaikeyi y tu padre me han solicitado llevarte rápidamente al palacio de la reina Kaikeyi. Me han enviado acá con esa misión, así que me he apresurado para llegar". Tan pronto hubo escuchado esas palabras, Rama se volvió hacia su prometida y dijo: "Sita, esto es síntoma de algún problema y de nada más. Ya me había dado cuenta, pero me había mantenido callado y he respondido todo, a fin de que mi padre pudiera seguir siendo feliz. Las órdenes de mi padre se han de acatar porque de otra manera se sentiría lastimado". Y mientras Rama hablaba así, el corazón de Sumantra latía con fuerza. Trataba de interpretar las palabras de Rama y el recuerdo de Dasarata gimiendo en el suelo. Ahora estaba convencido de que el obstáculo del que Rama hablaba era genuino.

Entonces Sita dijo a Rama: "Señor, ¿de qué hablas? En esta auspiciosa ocasión, no deberías hablar así. Sea cual fuere el obstáculo, las palabras de mi suegro deben ser honradas. Si él está contento, también lo estaremos nosotros. Por él, nosotros debemos renunciar a lo que sea. No vaciles lo más mínimo, ve allá inmediatamente. Sea que la coronación se lleve a cabo o no, de todas maneras estaremos contentos. La madre Kaikeyi tiene un enorme afecto por ti; lo que ella nos indique que hagamos, cualquier orden que nos dé, será sin duda alguna para nuestro bien. No hay nadie aquí en la Tierra que sea tan solícita para lograr nuestro bienestar como la madre Kaikeyi. Cuando tu padre y una madre como ella envían un mensaje pidiendo que vayas a verlos, deberíamos estar felices". Y diciendo estas palabras, Sita siguió a Rama hasta la puerta principal del salón, deseándole lo mejor.

Rama repuso: "Sita, ¿crees que no sé todo eso? Para mí, los días pasados, los presentes y los que han de venir, son iguales. Saludo cada nuevo día lleno de alegría. Estoy listo para mantener en alto la reputación de mi padre, para hacerlo que sea. Estoy preparado para ir adonde se me indique. En verdad me hace inmensamente feliz el que tú compartas mis sentimientos y apoyes mi resolución". Así, Rama salió acompañado por Sumantra. Cuando subían al carro que los esperaba en el camino frente al palacio, la gente exclamaba: "¡Jai, jai, Ramachandra Praóhu Ki jai!" con una fuerza que sacudía el ambiente.

Sumantra anunció a la multitud: "Por ahora el carro no llevará a Rama ala coronación; lo va a llevar a la presencia del emperador. Permitan que salga el carro. Rama volverá en poco tiempo, pueden esperarlo aquí mismo". Sumantra explicó la razón de aquella salida y se alejó a toda prisa. Cuando Rama atravesaba en su divino carruaje las calles de la ciudad en dirección al palacio de Kaikeyi, fue descubierto y aclamado. Cantores y cortesanos entonaron himnos de alabanza. Las melodías de muchos instrumentos se elevaban al cielo y miles de voces vitoreándolo se elevaban de la multitud a ambos lados del camino. Las mujeres, con sus mejores atuendos, cubiertas de joyas, se asomaban por las terrazas y las ventanas de las casas, ansiosas de ondear las llamas sagradas al paso de Rama.

Cuando se aproximaba al palacio, lo saludaron con lluvia de pétalos y ondeando sus sagradas lámparas. La gente contemplaba al príncipe hasta perderlo de vista, para después gozar la imagen de "Rama en el carruaje" que se había grabado en sus corazones, y permanecieron de pie sin moverse del lugar, como estatuas, perdidos en la contemplación de la bienaventuranza que los embargaba.

El carruaje, imponente como la montaña Kailasa, llegó a los recintos del palacio de Dasarata llamado Vardhamana (el gran héroe). Pasó por los tres patios vigilados por arqueros.

Entonces Rama descendió del vehículo. Enseguida atravesó otros dos patios más a pie. Mientras caminaba, pidió a sus acompañantes, incluido Lakshmana, que permanecieran atrás. Rama sabía lo que pronto habría de suceder. A pesar de ello, actuaba como cualquier mortal, con la naturalidad de quien estuviera en las mismas circunstancias. Finalmente, entró a las habitaciones de la reina, donde Dasarata había desfallecido. El cabello del rey estaba en desorden; llevaba la ropa del día anterior. Estaba tendido en la cama. Rama se sorprendió de ver la escena. Kaikeyi estaba de pie al lado de la cama.

El rostro de Dasarata había perdido todo brillo; se lamentaba y quejaba. Levantó la cabeza y sus ojos se fijaron en Rama. Su lengua no pudo articular lo que deseaba decir. Las lágrimas fluían de sus ojos; trataba de hablar pero ningún sonido se dejó oír. Nunca antes Rama había presenciado ni experimentado una escena tan terrible como ésa. Se sentía angustiado, se apresuró para llegar con su padre y sostuvo los dos pies en sus manos. "Dime, ¿por qué te lamentas de esta manera? ¿Cuál es la causa? Trataré de hacerte llegar la alegría de la mejor manera posible. Dedicaré mi vida misma para restaurar tu dicha. Dime, ¿qué es lo que ha causado este sufrimiento? No llores", le rogaba.

Oyendo estas palabras, Dasarata exclamó: "¡Rama!", rompiendo en llanto nuevamente, incapaz de continuar, y perdió la conciencia. Rama trató de reanimarlo y consolarlo, pero su padre caía más profundamente en la desesperación. Entonces, reunió valor y lo reprendió diciendo: °¡Padre!, ¿qué es todo esto? Tú eres quien debe dar valor a la gente joven como yo, pero estás llorando y quejándote de una manera que nos llena de angustia. No, esto no está bien. Esta es una ocasión para estar feliz; no es correcto entonces que te hundas en la desesperación. Hasta este día, siempre que te enojabas o preocupabas, mi llegada hacía desaparecer en un instante todos los signos de esas penas y te hacía resplandecer de dicha. Recuperabas la paz cuando me abrazabas, ¿no es cierto? Entonces, ¿cómo es que ahora, cuanto más tiempo me miras, más grande es tu sufrimiento? Esto hace más dolorosa mi preocupación. ¿No puedes decirme la razón de este extraño comportamiento y devolverme la tranquilidad? ¿No puedes decírmela? ¿Es que he hecho algo malo? O bien, si yo debo hacer algo, dímelo, que lo cumpliré sin falta. Me corregiré si me dices lo que he hecho mal. No te preocupes, no dudes ni vaciles en decírmelo; dime con la autoridad del afecto lo que debo hacer y me inclinaré ante tu orden. Padre, el que tú estés hundido en el dolor no es buen augurio ni para ti ni para mí, ni para el imperio".

Así rogaba Rama y se volvió hacia Kaikeyi. Con las palmas de las manos juntas, le preguntó: "¡Madre!, ¿he hecho algo malo? Dime, ¿quién es el detestable pecador que ha causado tanta pena a mi padre? Siempre que él me veía, me miraba con amor, me abrazaba y me acariciaba con cariño. Ahora, ni siquiera me mira a la cara; ¿de qué se trata? ¡No pronuncia palabra alguna, aparta su rostro de mí! Pero, si la falta es mía, estoy dispuesto a sufrir cualquier castigo para pagar por ella. Para mí, lo importante es que mi padre sea feliz. ¿O es que está sufriendo algún malestar o enfermedad? ¿O es que mis hermanos Bharata y Satrugna han enviado malas noticias? Ellos están bien, ¿no es así? Espero que mis madres, Kausalya y Sumitra estén bien. ¡Estoy lleno de angustia porque no entiendo la razón del dolor de mi padre! Haré todo lo necesario para devolverle la tranquilidad, por duro que ello sea. Sus órdenes, por dolorosas que sean, las cumpliré al pie de la letra con la más grande lealtad, con la cabeza inclinada. Quienquiera que nazca, siempre será su padre la causa de su nacimiento. Por eso, el padre es el Dios visible de cada uno. Mi mayor deseo es su felicidad. Ten compasión de mí, dime lo que ha sucedido. Madre, ¿es que tu pundonor ha sido lastimado por algún incidente y debido a ello tú pronunciaste algunas palabras duras contra mi padre? ¿O es que mi madre actuó contra su voluntad lastimando con ello sus sentimientos? Madre Kausalya nunca haría algo así. ¿Y Sumitra? Estoy más seguro respecto de ella; jamás lo haría. Y mi padre desde luego que no se lamentaría tanto si la una o la otra obraran tan tontamente. Si mi padre se rehúsa a decirme lo que es, debe de haber una razón muy grave para esta angustiosa situación, por lo menos puedes decírmelo para consolarme".

Kaikeyi, mirando a Rama, que tan patéticamente le rogaba, abandonó todo sentido de misericordia y moderación, todo respeto por el esposo, quien podía hundirse en un sufrimiento aún más profundo al escuchar las palabras que ella pronunciara en completa desconsideración de las calamidades que con seguridad atraerían. No se detuvo a pensar si sus palabras se podrían expresar o si sería mejor callar. No hizo distinción entre el fugaz presente y el futuro inminente; barrió con todas las consideraciones que exige el amor y desechó su innata dignidad y condición de madre. Dijo: "Rama, escucha. Hace años, mientras se libraba la batalla entre dioses y demonios, tu padre fue herido por las horribles flechas de los demonios y sufrió dolores inaguantables. Yo lo cuidé hasta dejarlo nuevamente sano y feliz. El apreció mi sacrificio y servicio y me dijo que le señalara dos favores y prometió concedérmelos. En ese tiempo, yo sentí que lo único que deseaba era su recuperación y su victoria; de manera que le dije: «No deseo nada en este momento; te pediré la concesión de las dos gracias más tarde, cuando las necesite». «Muy bien, cuando tú quieras, puedes pedírmelas. Te prometo que te las concederé. Estas dos peticiones no tienen límite de tiempo ni están atadas a condición alguna. Cuando me las pidas, sea lo que sea, te las cocederé», prometió.

'Tú sabes que los descendientes de la familia lkshvaku nunca rompen su promesa. Confiando en ese hecho bien sabido, ahora pedí que se me cumplieran los dos deseos: uno, que mi hijo Bharata sea coronado emperador y, dos, que a ti se te envíe a la selva de Dandaka por un periodo de catorce años. Como resultado, tu padre está armando esta tragedia. ¿Para qué aumentar este disgusto? Yo no modificaré ni retiraré mi petición. Si tu padre es un hombre apegado a la verdad, y si tú quieres probar que también te apegas a la verdad, tendrás que partir en este mismo momento para ir a la selva de Dandaka, vestido con piel de venado y con el cabello anudado al estilo de los renunciantes del bosque. Debes permanecer en la selva por catorce años.

"Como tú eres su hijo predilecto, no quiere enviarte al exilio; está renuente a pedirte que vayas. Teme que lo tomes a mal; ésa es la razón de su pena. Aquí no ha habido ninguna otra calamidad. No tiene sentido exagerar este pequeño asunto inventando que una catástrofe del tamaño de una montaña ha caído sobre nosotros. Rama, tu padre sólo puede ser salvado del pecado de haber roto su promesa cuando el hijo, su propia imagen, se resuelva a cumplir la palabra que aquél se niega a cumplir. De otro modo, si quien hizo el juramento y el hijo del que juró, ambos olvidan la palabra dada, entonces el padre habrá de enfrentarse a la ruina de la eterna caída. Tú no desconoces esto".

Rama no se sintió afectado en ninguna forma mientras escuchaba estas palabras expresadas con tanta y deliberada dureza. Con una sonrisa en sus labios replicó: "No es propio que mi padre deba lamentarse". Movió la cabeza en señal de aprobación de lo que Kaikeyi proponía. Pero cuando esta conversación llegó a los oídos de Dasarata, el rey sintió que el corazón se le partía dentro del pecho. Se revolcaba y gemía en extrema agonía. Rama se volvió hacia Kaikeyi y dijo: "¡Madre, será lo que tú has planeado! Con reverencia acepto la promesa que mi padre hizo. Para mí es suficiente que él. me estreche tan amorosamente como solía hacerlo, que me hable con afecto y me bendiga. Incluso si se me dice que no merezco esas expresiones, que no me he ganado ese mérito, aceptaré la prueba sin objeciones y con la misma alegría y satisfacción. Mi padre siempre desea lo mejor para mí, siempre me bendice y desea que yo progrese. Es un gran vidente; para mí no sólo es mi padre sino mi preceptor, quien me muestra el camino más elevado. ¡Qué mayor responsabilidad y deber los míos que darle gusto a él, que es tanto mi padre como mi maestro! Ese es mi deber, mi dharma. Sentiré inmensa dicha cuando Bharata sea coronado. Mi dicha será inconmensurable allá en la selva durante los catorce años que permaneceré en ella. Y no sólo catorce, pues si mi padre lo desea, estoy dispuesto a vivir toda mi vida en la jungla. Pero, ¿por qué vacila mi padre en hablarme sobre estas promesas? Eso es lo que me duele. Yo jamás podría decir que no a lo que él me indica. Rama es sirviente y sostén de la palabra paterna, no su opositor. ¿Puede haber para el hijo acto de gratitud más noble que el de dedicar su cuerpo mismo, que su padre le dio, al exclusivo servicio de él? Yo lo ofrezco con alegría, yo no soy de los que esperan que eso les sea ordenado.

"Madre, ¿por qué no me dijiste que Bharata es la persona que será coronada? Entre mi hermano y yo no existen diferencias; ¿por qué entonces las hacías tú? No sabemos de ninguna distinción entre nosotros dos. Y también, ¿por qué dices: «Esta es una orden de tu padre»? ¿Es que yo alguna vez he desobedecido tus órdenes? No, nunca lo he hecho. Ya sea que tú o mi padre lo pida, yo lo cumplo sin demora. Hoy mismo salgo de Ayodhya rumbo a la selva. Madre, envía mensajeros especiales que cumplan la tarea de traer a Bharata desde la casa de mi abuelo. Será mejor que lo hagan rápido. Si mi partida a la selva y la coronación de Bharata se hacen al mismo tiempo, a mi padre le será ahorrado esfuerzo físico, angustia y el sentimiento de la ausencia, y tú también quedarás enteramente contenta. Sin embargo, ¿quién puede saber cómo se desarrollarán los acontecimientos?"

Cuando Kaikeyi escuchó estas palabras de Rama, se llenó de alegría, pero luego sintió temor. La angustió lo que podría suceder si Bharata llegaba a la ciudad antes de que Rama hubiera partido; resolvió que lo mejor sería insistir en que Rama se encaminara a la selva ese mismo día, así que repuso: "Rama, se pueden hacer arreglos para traer a Bharata desde donde se encuentra, pero no hay necesidad de que tú continúes aquí hasta que él llegue. En vista de que has decidido iniciar tu vida de ermitaño, ¿por qué habrías de retrasar tu partida? Cuanto más se retrase tu partida, más tardará el día en que regreses. Es aconsejable que te vayas ahora mismo.

"Tu padre está ansioso de decírtelo él mismo, pero se siente renuente a comunicártelo directamente. Aunque su corazón insiste en que te lo diga, se lo impide el sufrimiento de hacerlo, pues te ama mucho. Se niega a hablar sobre la promesa que me hizo; ésa es la causa de su aflicción. No sufre por ninguna otra pena. Cuanto antes salgas de Ayodhya, más pronto se repondrá de su dolor. Me temo que no comerá ni se bañará mientras no te vayas. Por eso, si anhelas devolverle la felicidad, cuanto antes te vayas, mejor".

Dasarata, postrado en la cama, escuchó estas duras palabras que le partían el corazón; no pudo contener más su cólera y pesar y explotó en una furia incontrolada: "¡Maldita seas, traidora!" Y dirigiéndose a su hijo, gritó: "¡Rama! ¡Rama!", antes de volver a perder el sentido. Rama se sentó en la cama sosteniendo la cabeza de su padre en su regazo: acariciaba su frente, lo consolaba y reconfortaba con dulces palabras de amor filial. También se dirigió a Kaikeyi: "¡Madre! No soy un codicioso envenenado por la ambición mundana. No deseo ganarme la voluntad de la gente y establecer mi dominio sobre el reino. Deseo vivir como ermitaño, anhelo fomentar y mantener el dharma. Eso es todo. Sólo tengo una resolución más: la de darle el gusto a mi amado padre. Para realizar estos tres objetivos, estoy preparado para efectuar cualquier labor. Un hijo no tiene deber más alto, ningún beneficio más grande, que el de servir a su padre. Madre, aunque mi padre no ha hablado directamente conmigo, tú me estás diciendo cuál es su mandato, ¿no es cierto? Con eso basta. Además, tú estás hablando en su presencia y, a pesar de que él está escuchando lo que dices, no ha rectificado nada. Por eso infiero que tus palabras son las de él. Siendo así, me inclino ante tu orden y me voy como tú has indicado.

"Madre, tengo un pequeño deseo que espero me cumplas: cuando Bharata reine sobre el imperio, cuida que él obedezca en todas las formas las órdenes de mi padre y que con ello contribuya a su alegría y satisfacción. Para mí, para Bharata, en fin, para todo hijo, no hay nada más sagrado y más benéfico que la promesa de llenar el corazón del padre con alegría y felicidad. El servicio al padre es la ley eterna, el ineludible deber del hijo".

Con estas palabras, Rama cayó de rodillas y tocó los pies de la madre Kaikeyi. Dasarata, que escuchaba las palabras de su hijo, sintió como si el dharma que Rama mostraba y la ecuanimidad que revelaba hicieran crecer aún más su amor, multiplicando con ello su pena más allá de todo control. Al saber que Rama no permanecería más en Ayodhya, perdía todo sentido de lo correcto y de su rango. Gritó: "¡Rama!", y se desplomó en el piso. Las mujeres que estaban en una habitación contigua oyeron el golpe de la caída y se angustiaron. Se lamentaron a gritos por el giro que habían tomado los acontecimientos. Rama se dio cuenta de que no debía posponer la salida, y luego de postrarse a los pies de su padre y de tocarlos, salió de la habitación.

Lakshmana se encontraba ante la puerta y escuchó las palabras que en el interior se habían dicho. Estaba llorando, furioso contra Kaikeyi y enojado contra su padre. Se sintió incapaz de expresar sus sentimientos, de manera que siguió los pasos de Rama con los brazos cruzados, los ojos fijos en el suelo y la cabeza inclinada. A pesar de que había perdido un reino y se veía forzado a exiliarse, el rostro de Rama brillaba como la luna detrás de gruesos nubarrones, sin ser afectada por aquel oscuro velo. El esplendor de su expresión no había cambiado, pues enfrentaba el honor o el deshonor con plena ecuanimidad. Se comportaba como un veterano yogui. Sin traza alguna de agitación en pensamiento, palabra u obra; caminaba como si nada hubiera pasado, como si nada pudiera preocuparlo. Sin embargo, Sumantra adivinó que cierta transformación había tenido lugar dentro del palacio, y esa conjetura pronto había de volverse certeza. Cuando sus ojos se encontraron con Lakshmana, su corazón sufrió un sobresalto. Para aumentar aún más sus temores, Rama rechazó el parasol blanco que un asistente quiso levantar sobre su cabeza. Ordenó que el ceremonial de cortesía no se llevara a cabo con él; declaró que ya no merecía el carruaje de plata. Al escuchar esto, Sumantra perdió las fuerzas y la voluntad. Sus peores temores se habían confirmado.

Rama no habló ninguna palabra con los que lo rodeaban ni con los ciudadanos a quienes encontraba; no era que estuviera triste, no, él sabía que los demás se sentirían lastimados al saber las nuevas. Y si él hablaba, diría la verdad y esparciría tristeza a todo su alrededor con sus propias palabras. Sin embargo, la forma en que regresaba a su palacio anunciaba las malas nuevas a todos los que lo veían.

Rama no fue directamente adonde se encontraba Sita, sino al palacio de Kausalya, a pie. El edificio estaba resplandeciente, con banderas y festones y otras muestras de júbilo. Las mujeres y los demás sirvientes del palacio que se dieron cuenta de la llegada de Rama y Lakshmana, aprestaron lámparas sobre platones y formaron filas para darles la bienvenida. Los viejos y confiables guardias que estaban a la entrada principal, se pusieron de pie rápidamente cuando vieron llegar a los hermanos y exclamaron: °¡Victoria, victoria! ¡Que la victoria sea con ustedes!" Se inclinaron y les ofrecieron su homenaje. Cuando Rama cruzó por el segundo patio, los sacerdotes que se habían reunido allí los llenaron de bendiciones. Al entrar al tercer patio, las jóvenes doncellas, damas de la reina, se apresuraron a entrar llevando las buenas nuevas de la llegada de Rama y su hermano menor para rendir homenaje a su madre. Estaban felices de ver a los príncipes. Desde la puerta exterior hasta la habitación misma donde se encontraba la madre, las jóvenes estaban alineadas a ambos lados del largo pasaje, ondeando sus lámparas ceremoniales en señal de bienvenida, así como para ahuyentar el mal y atraer alegría y prosperidad.

La reina Kausalya había guardado vigilia toda la noche preparándose para el gran día que había amanecido. Desde el alba oficiaba ritos de culto. Sacerdotes brahmines propiciaban al dios del fuego con himnos védicos, cuando Rama fue anunciado. La madre estaba llena de alegría porque iba a presenciar con sus propios ojos la coronación de su hijo, y celebró su alegría con varios ritos; hizo numerosos regalos. Ayunó y guardó vigilia, la felicidad era suficiente alimento para ella, el cual compartía con todos. Corrió a abrazar a Rama; acarició los rizos de su cabello y lo llevó de la mano hacia el salón de adoración, donde estaba pasando las horas de la mañana. No tenía idea de los angustiosos acontecimientos que habían tenido lugar. Inocente y sencilla como era, vestía el sari blanco de la pureza atado con la sagrada cuerda de seda en la cintura; con gracia estaba ocupada en la adoración de las imágenes de los dioses. Al mirar el rostro de Rama, notó un gran esplendor que lo iluminaba. Ya no pudo contener su felicidad y dijo: °¡Hijo!, todos tus ancestros fueron sabios de la realeza. Todos fueron fuertes defensores de la rectitud. Eran almas eminentes, cada uno de ellos. Tú serás tan longevo como lo fueron ellos; tan renombrado como ellos, tu gloria alcanzará todos los confines, como la de ellos. ¡Hijo, sigue los ideales de la rectitud que fueron mantenidos en alto por esta dinastía!, no los descuides ni siquiera en un momento de distracción. Manténte unido a ellos, sin titubear en lo más mínimo". Con estas palabras colocó algunos granos de arroz en la cabeza de Rama en señal de sus bendiciones en el auspicioso día. Puso un asiento dorado junto al de ella, diciendo: "Hijo, observaste la vigilia ceremonial anoche, ¿no es así? Y ayunaste ayer, siguiendo las reglas. Debes de estar exhausto. Siéntate aquí un rato y come alguna fruta". Diciendo esto, adelantó un plato de oro con fruta que había preparado para él.

A Rama lo emocionó la dicha de su madre y el amor que ella le prodigaba. Se preguntaba cómo iba a poder comunicarle el giro que los acontecimientos habían dado; no quería destruir la atmósfera de alegría que reinaba allí. Con el fin de complacerla, se sentó en la silla dorada que su madre le ofrecía y tocando la fruta que estaba en el plato, dijo: "Madre, desde este momento no volveré a tocar el oro ni volveré a sentarme en sillas doradas. Estoy esperando tu bendición, pues debo ir desterrado a la selva de Dandaka. He venido a despedirme". Kausalya no pudo comprender una sola palabra de lo que Rama le estaba diciendo. Lo único que pudo decir fue: "Hijo, dentro de algunos minutos serás coronado rey y hablas de la selva de Dandaka. No puedo entender lo que me dices". Ella creía que su hijo había hecho una broma y agregó: "Hijo, en esta hora auspiciosa no deberías, ni en broma, hablar de temas de mal agüero. ¡Deja eso, mi joya preciosa!" Con sus dedos tomó un poco de arroz con leche y se lo dio a probar a Rama. Al observar el amor y la dicha de su madre, a Lakshmana se le llenaron los ojos de lágrimas.

Kausalya advirtió esto y volviéndose a él, le preguntó: "¡Lakshmana!, ¿por qué estás triste?" Se apresuró a llegar a él y trató de acariciarlo, pero Lakshmana no pudo reprimir su dolor por más tiempo, y prorrumpió en llanto. La reina quedó muy asustada; no se explicaba esos sollozos. Las palabras de Rama y el dolor de Lakshmana la tenían muy confundida. Rama intervino: "Madre, si me prometes no acongojarte, te diré una cosa", y manteniendo las manos de su madre entre las suyas, con firmeza dijo: "Esto es algo que me va a dotar a mí, a ti y a toda nuestra familia y dinastía, de gloria infinita. Por eso no permitas que la angustia, la duda o el temor te embarguen. Acéptalo con celo y alegría. ¿No te llena de dicha que yo obedezca las órdenes de mi padre? El ha decidido coronar a mi hermano Bharata, y ha resuelto enviarme a mí, con los hábitos de ermitaño, a la selva de Dandaka por catorce años. Me he inclinado ante su mandato y he venido a despedirme de ti".

Al escuchar esto, Kausalya gritó: "¡Rama!", y cayó al suelo. "¿Qué es lo que ha pasado? ¿Es posible que mi tierno hijo sea enviado a la oscura jungla? ¿Qué crimen ha cometido mi Rama para merecer esto? ¡No puede ser verdad! ¿O es acaso un confuso disparate producido por mi propio cerebro debido a que no he dormido ni comido?" Mientras trataba de explicárselo y consolarse, los acontecimientos en el palacio de Kaikeyi habían traspasado las paredes y el llanto de las doncellas y las sirvientas se escuchaba por doquier. Por todos los rostros corrían lágrimas de pesar. Gritos de ")Rama, no nos dejes!", se escuchaban en todas partes. Grupos de gente apesadumbrada corrían hacia el palacio de Kausalya, que estaba sobrecogida por la sorpresa, el dolor y la angustia. Era incapaz de desenredar el misterio de todo aquello. No podía levantarse del lugar en que había caído de tan agobiada que estaba por la angustia y la desesperación. Pero deseaba con todo su corazón saber qué era lo que había sucedido para causar una agonía tan general. Atrajo a Rama a su regazo y, acariciando su rizado cabello, le preguntó: "Hijo mío, ¿qué noticias son éstas que estoy oyendo? Dime exactamente qué pasó. No puedo aguantar este suspenso por más tiempo". Rama le dijo: " En honor a los dos dones que mi padre le concedió a Kaikeyi hace mucho tiempo, hoy le prometió satisfacer los dos deseos que ella expresara". Rama le dijo a Kausalya que la primera merced que se le había concedido era que Bharata sería coronado, y la segunda, que él fuera exiliado a la selva durante catorce años. Cuando Rama hubo relatado estos hechos, garantizando con ello que eran la verdad, Kausalya exclamó: "¡Rama! ¿Realmente pidió Kaikeyi tales favores? Ella tenía un amor ¡limitado hacia ti. ¡No pudo haberlo deseado nunca! Dejemos esto. Aun si ella lo hubiera querido, estoy segura de que sólo pediría esas mercedes para poner a prueba al rey. ¿Por qué habría de suscitar tanto alboroto este simple hecho? O, aceptando que ella hubiera pedido el cumplimiento de las dos peticiones, tu padre no estaría dispuesto a concedérselas. Me rehúso a creer eso. ¿Podría tu padre, que no puede estar sin tenerte cerca un solo momento, enviarte lejos por catorce años? Esto me confunde más aún".

Al ver que su madre no le podía creer, Rama volvió a tomarle las dos manos entre las suyas y, en tono suplicante, dijo: "¡Madre, créeme! Mi padre prometió cumplir con los dos deseos que ella expresara, fueran los que fueran; luego, cuando ella hizo sus peticiones, él no se sintió capaz de ir en contra de su palabra, empeñada con tanta solemnidad, pero tampoco pudo aceptar enviarme a la selva y quedarse sin mi compañía. Está sufriendo un gran desasosiego; yo no puedo soportar ver la aflicción en que se encuentra. En estos momentos vengo de allá. Está inconsciente de tanto dolor, se encuentra en una terrible angustia. Esta es la verdad. Créeme, madre; yo no soy tan cruel como para causarte una preocupación tan grande sólo por una insignificancia. He aceptado la orden de mi padre y he venido aquí a recibir tu permiso".

Diciendo esto, Rama cayó a los pies de su madre. Kausalya lo levantó con ternura diciéndole: "Rama, ¡qué comportamiento tan extraño es éste! Por bárbara que sea una persona, ¿cómo puede hacer estas horribles peticiones? ¿Puede un ser humano pensar siquiera en enviarte, minutos antes de ser coronado, a la selva, por catorce años? ¿He de sufrir por el resto de mi vida? Tuve un hijo después de haber pasado por muchos sacrificios y rituales. Mirando tu dulce rostro, he vencido siempre los sufrimientos, los años de tristeza. Yo no tengo ningún otro deseo, no pido nada más: para mí es suficiente que mi hijo esté conmigo, cerca de mí. ¿Es que no merezco ese pequeño don? ¿He dado a luz un hijo sólo para que sea echado a la selva? ¿Estaría cualquier madre dispuesta a enviar a su hijo a la jungla? ¡Dios mío!, ¿qué pecado habré cometido en el pasado? ¿En cuál de mis vidas anteriores habré podido mantener separada a una madre de su hijo? Desde el día en que fuiste iniciado en el estudio de los textos védicos, a cada momento sentía felicidad al pensar que el día de tu coronación se acercaba. ¿Es posible que esos dulces sueños se hayan desvanecido? ¿Es que todas mis esperanzas se han derrumbado para romperse en pedazos? Todos aquellos votos, vigilias, ritos y rituales que tan escrupulosamente observé y llevé a cabo para asegurar tu alegría y felicidad, ¿han sido en vano? ¡Pobre de mí, pecadora! ¿Cómo es posible que mi corazón no haya sangrado al oír esta noticia? Y quizá tenga que soportar aún muchas noticias capaces de romperme el corazón. La muerte no viene para ayudarme; aún late mi corazón a pesar de este golpe. ¡Dios mío, hasta la muerte espera su momento! Viene, pero viendo este dolor, me deja vivir y retrasa el instante de mi liberación. Tampoco Yama tiene lástima de mí. He sido culpada de no merecer siquiera el reino de la muerte. ¡Rama! Ha caído la desgracia sobre nosotros". Lamentándose así, se desplomó desmayada. Al volver en sí rodó por el suelo apretándose el corazón con la palma de su mano. Rama no soportaba la escena. El llanto de las doncellas que a su alrededor se habían reunido hería sus oídos como un estallido, pero no pronunció palabra alguna. Sentado junto a su madre, le acariciaba la frente, tratanto de consolarla. Sacudió el polvo con que se habían manchado sus ropas. Como una enorme y firme roca erguida sobre las aguas del mar, Rama seguía imperturbable ante los golpes de las crecientes olas a su derredor. Estaba por encima y más allá de los ataques de la pena y de los halagos de la alegría. Lo embargaba la misma ecuanimidad que cuando se le había ordenado retirarse a la selva por catorce años, igual que cuando iba en camino de ser coronado rey de un gran imperio.

Kausalya también sabía que Rama jamás se desviaría del camino del deber. Estaba consciente de que Rama nunca rompería su palabra, apartándose incluso el ancho de un cabello del camino indicado por su padre. Estaba segura de que sus ruegos no lo harían volver atrás. Siendo así, dejó todo intento de disuadirlo de su resolución. "¡Hijo mío! ¿De qué sirve culpar a los demás cuando nuestro destino nos obliga a enfrentarnos a tan trágicos acontecimientos? No, es puro desperdicio de palabras. Todo lo que nos pasa es para nuestro propio bien. Nadie puede decir «no» a los dictados de la Divinidad. Mi felicidad no está en Ayodhya, en este palacio; sólo soy feliz donde esté mi Rama. Así pues, iré contigo; llévame", dijo. Y trató de levantarse y ponerse de pie; las doncellas la sostenían y la sentaron apoyada contra una pared. Le hablaron dulcemente para que le volviera plena la conciencia.

Lakshmana observaba la angustia de Kausalya y escuchaba sus palabras. Ya no le fue posible controlar sus emociones. Estaba reventando de rabia. Con las manos apretadas contra el pecho, dijo: °¡Reverenciada madre, nunca aceptaré esto! ¿Es posible que Rama deje el reino, aceptando ir a la selva cediendo al vano parloteo de una mujer? ¡No lo puedo tolerar! Mi padre se ha hecho demasiado viejo y por eso su mente se ha vuelto débil. Además está enredado en los deseos sensuales y se ha vuelto esclavo de los caprichos de Kaikeyi; es excesivamente condescendiente, da lástima y no tiene ya discernimiento respecto de las consecuencias de sus actos. Es capaz, en su engaño, de dar cualquier orden. Mandatos de ese tipo no deberían obedecerse. El rey se halla en un estado de debilidad mental que lo hace incapaz de distinguir lo real de lo irreal, lo momentáneo de lo trascendente. Cuando gobernantes como él emiten tales órdenes, pueden muy bien ser desobedecidas. ¿Qué crimen cometió Rama para ser enviado a la selva? Ni los enemigos más crueles de Rama si es que tiene alguno , ni el bárbaro más duro de corazón que sufre castigo por sus crímenes, podría señalar la menor falta en su comportamiento. Ningún rey sobre la Tierra tiene autoridad para exiliar a una persona de tan irreprochable inocencia, pureza de intención y divina santidad. Rama camina firme en su sendero de rectitud: es el amo de sus sentidos, honra y trata con respeto a enemigos de cualquier clase. ¿Habrá padre capaz de enviar a la selva a un hijo como él? Además, el rey es un hombre adherido al dharma; es un héroe lleno de sagrados ideales; respeta la mejor de todas las creencias. ¿Puede un rey así dar ese tipo de órdenes? Si juzgamos así, es seguro que Dasarata debe estar demente o esclavizado por la pasión. Cualquier mandato que provenga de una persona sujeta a una u otra de estas condiciones es indigno de ser tomado en consideración. Las palabras de un rey que se comporta como un lunático o como un ser inmaduro, no merecen ser obedecidas. Ha olvidado los dictados de la moral política, abandonado el camino de la sabiduría mundana, echado a los vientos las exigencias del afecto paternal... se ha vuelto loco y ha dado rienda suelta a sus caprichos y fantasías. Entonces, ¿cómo se pueden considerar válidas sus órdenes? Yo no estoy de acuerdo en que sea obedecido".

Lakshmana se volvió hacia Rama y apretando sus manos con reverencia, dijo: "¡Perdóname! Toma el mando de este imperio antes de que se corran las noticias de lo que ha sucedido y llegue a ser del conocimiento de todos. Yo estaré a tu lado con mi arco. Quien quiera levantarse en Ayodhya contra ti, se tendrá que enfrentar alas flechas de este arco. Claro que no hay nadie, ni en Ayodhya ni en ninguna otra parte. Pero, en caso de que surgiera cualquier oposición, esta gran ciudad se transformará en un desierto sin habitante humano. Mis flechas se ocuparán de ello. ¿Para qué repetirlo tantas veces? Si Bharata se opone, lo destruiré. No me importa. Hasta Dasarata, si se adetanta como apoyo de Kaikeyi en esta lucha, yo lo capturaré y lo encerraré en prisión".

Mientras Lakshmana continuaba en esta actitud, Rama se le quedó mirando severamente interrumpiendo el fluir de sus sentimientos y lo amonestó de esta manera: "¡Lakshmana! Tus palabras están saliéndose de los límites. Nadie puede negarme lo que yo deseo. Nadie puede detener la marcha de mi voluntad. Mi exilio en la selva no se podrá evitar. Tú hablas movido por tu amor a mí y por el deseo de evitar nuestra separación. ¡Sé indulgente! La tolerancia te salvará de toda ansiedad y temor. Ten paciencia, no te exaltes. No alimentes ideas de odio contra nuestro padre ni contra nuestro hermano Bharata. Son personas sagradas y puras. También Kaikeyi es altamente venerable. Debe ser honrada y adorada. Las peticiones que ella hizo también son intachables. Ella me amó, me mimó, me alimentó, jugó conmigo, obtuvo alegría de mí, más que de su propio hijo Bharata. Cuando la madre pide hoy tales mercedes del padre, gracias muy contrarias a lo acostumbrado en este mundo, seguramente debe de haber algún significado oculto en este caso. Debe de ser el plan Divino, no una simple táctica humana. Debes estar tranquilo, abandonar tus temores y tu contrariedad. Debemos esperar para saber qué es lo que sigue", le aconsejó Rama.

Al escuchar esto, Lakshmana se postró a los pies de Rama diciendo: "¿Con qué autoridad se le ha de otorgar la corona a Bharata, si te pertenece a ti? Tú obedeces esta absurda, injusta orden, por tratarse de nuestro padre; pero yo no la aprobaré, aunque digas lo que quieras para justificarla". Volviéndose hacia Kausalya, Lakshmana continuó: "Reverenciada madre, debo confesarte la verdad: yo soy un devoto de Rama. Digo esto bajo juramento: no puedo existir ni un solo momento si he de vivir separado de Rama. Si Rama no desea el reino y se va a la selva, yo iré tras él. Seguiré sus pasos; seré su sombra. Si él me lo ordenara, con el mayor gusto saltaría al fuego. Obedeceré únicamente sus órdenes, las de ningún otro. ¡Madre, no soporto verte con ese dolor! El es tu hijo; él es mi Ramachandra. ¿Cómo podría alguien vivir lejos del aliento de su propia vida?"

Al escucharlo, Kausalya se sintió un poco reconfortada, y acarició la cabeza de Lakshmana diciendo: "Tu amor me da mucho consuelo. Tus palabras me dan fuerza. Hermanos como tú son realmente muy raros. El mundo considera que madres que dan a luz tales hijos son venerables y sagradas; pero en estos momentos nos aflige el sentimiento de que somos grandes pecadores. Rama no desistirá de su resolución. El exilio para él es inevitable. Ahora sólo quiero esto: llévame a mí también", exclamó sollozando.

Rama miró a Lakshmana y dijo: "¡Hermano!, sé cuánto amor sientes por mí. Me doy cuenta de tu heroísmo, tu habilidad y gloria. Madre está sufriendo profunda pena, pues no puede entender los hechos como son y el valor que tiene el autocontrol. Además, como yo soy la criatura nacida de sus entrañas, su preocupación es algo natural. Pero considera tú: para todos los valores en la vida, la conducta recta o dharma es la raíz misma. Y la rectitud está segura sólo si tiene por base la verdad. Verdad y rectitud son indistintos: el uno no puede existir sin el otro. La verdad es bondad, la bondad es verdad. En este momento estoy realizando ambos valores: verdad y rectitud, al tiempo que actúo de acuerdo con las órdenes de mi padre. Nadie que esté dedicado a la vida recta, ha de romper la promesa que le hizo a su madre, a su padre o a su preceptor. Por eso, no transgrediré las órdenes de mi padre. Eso es seguro. No fue Kaikeyi la que me dio las órdenes; ella sólo me comunicó el mandato de mi padre, y lo hizo en presencia de él. Siendo eso así, se debe inclinar la cabeza con reverencia. Si no fuera una orden de mi padre, cuando Kaikeyi me dijo que lo era, él pudo haber declarado que no lo era, ¿no es así? Pero no lo hizo, simplemente se lamentaba; por esa razón, es como si fuera su propia orden. Siendo así, no daré un paso atrás en mi resolución. No hay ninguna posibilidad de que lo haga. No permitas que tu razón se desvíe para caer en la mentalidad creadora de terror de un Kshatriya. Abandona la violencia y la crueldad y adopta mi punto de vista". Rama palmeó la espalda de Lakshmana, que se sentía aplastado por la rabia y la pena, diciéndole palabras amorosas para mitigar su contrariedad. Luego, volviéndose hacia su madre Kausalya, dijo: "No trates de impedir mi resolución ni trates de que rompa mi voto. Pase lo que pasare, mi exilio a la selva no puede ser cancelado. Envíame allá con tu amor; bendice mi voto, mi resolución". Cayó de hinojos a sus pies y rogó le diera su permiso para partir.

La madre temblaba con una angustia que la torturaba; colocó sus manos sobre la espalda de Rama y prorrumpió en llanto. Al ver su dolor, Rama tampoco pudo contener sus emociones. Abrazó sus pies y dijo: "¡Madre! Mi palabra es la verdad suprema; escucha: nada malo me ocurrirá mientras esté en la selva. Pasaré esos catorce años con la mayor felicidad y alegría. Retornaré y volveré a postrarme a tus pies. Cumpliré todas las esperanzas que tienes cifradas en mí. ¡Madre, se trata de una orden de Dasarata! Es una orden que no sólo yo, sino también tú, Lakshmana, Sumitra y Bharata han de cumplir al pie de la letra. Esa es la antigua ley, el Sanathana Dharma.

"¡Madre!, haré otra petición; perdóname. Los preparativos que tú y otros hicieron para coronarme a mí, han de ser utilizados con la misma alegría y entusiasmo para la coronación de Bharata. Mi padre me ha confiado la región de la selva, eso es lo mejor. Está en concordancia con el más alto deber que alguien pueda cumplir. El tratar de impedir nuestros deberes es nutrir la idea de una diferencia entre yo y Bharata. Lo que debes hacer es bendecirnos a ambos, pidiéndonos a cada uno de nosotros llevar a feliz término la responsabilidad que se nos ha confiado".

Kausalya, que oía estas palabras de Rama, no pudo aguantar el dolor que caía sobre ella. Se quejaba en su enorme pena: "¡Hijo mío! Tu padre te crió y te ayudó a crecer y fue feliz de verte fuerte y grande. Tan sólo por eso merece reverencia y obediencia. ¿No soy yo también merecedora de reverencia y obediencia? Y considera esto: la esposa es la otra mitad del consorte. El cónyuge es la mitad derecha de la esposa. Así, cuando cada uno es la mitad del otro, yo soy la mitad de Dasarata, ¿no es así? Por eso la esposa es llamada la ardhangi del esposo. Cuando tú dices que has recibido orden de Dasarata, es sólo la orden de la mitad de él; no se originó en todo él. Sólo tendrá autoridad cuando la otra mitad también esté de acuerdo. Mientras yo no lo esté, no será válida como orden. Tú conoces el sentido y significado del dharma en todos sus variados aspectos; por lo tanto, debes estar consciente de esto también. Sin la aceptación de la madre, ningún deber puede ser obligatorio y nada merece tener el nombre de correcto. Más que la orden del padre, hay que seguir la de la madre. Ese es el deber más importante, pues es la madre quien te nutrió para llevarte de la niñez a la juventud, no el padre. Si la madre no lo hubiera llevado en el vientre por nueve meses, no habría niño. Tú estás ahora arrojando a la madre a las llamas del dolor, proclamando: «Es la orden de mi padre, debo obedecerla a toda costa». Yo no acepto esta conducta como correcta. No existe tesoro más preciado para una madre que su hijo. Y para madres como yo, el hijo lo es todo. Cuando el hijo me mira con recelo y considera que la orden de su padre es superior, ¿de qué me puede beneficiar el tratar de asegurarme el cielo y vivir del néctar divino allá? Preferiría estar en el infierno. Consideraría que es el cielo si mi hijo está conmigo.

"Rama, ¿qué puedo hacer aquí? ¡No he probado un momento de felicidad en toda mi vida! Desde que nací, he estado atada por las limitaciones que me impusieron madre y padre; luego, con las dudas de qué tipo de esposo me tocaría y de cómo sería su carácter y comportamiento; finalmente fui casada con tu padre. Por años me afligió la pena de no tener hijos. Luego, tuve que sufrir el conflicto causado por las otras esposas de tu padre. No he tenido alivio en esa batalla desde entonces hasta ahora. Como resultado del mérito de una vida anterior que no conozco, se me concedió el tenerte como hijo. Y ahora se me depara la separación de ti. ¿Cuándo he tenido felicidad yo? Mi vida se ha convertido en un caudal de penas; yo, en medio de la corriente, luchando, incapaz de radar, me hundo sin esperanza alguna de ser salvada. Te tuve a ti como un madero del que me asía para salvarme. Ahora, si me niegas eso, ¿qué me sucederá? Además, a consecuencia de haber estado separada de tu padre, él ni siquiera sufrirá por el sentimiento de pérdida; tiene su felicidad en Kaikeyi, no necesita nada más. Por eso, en vez de seguir en este lugar consumiéndome en mi propia agonía para, finalmente, morir, prefiero mirar la encantadora cara de mi querido hijo; aunque no tenga alimento ni agua para saciar mi sed en la selva, tendré el sustento necesario con esa alegría".

Aunque Rama sentía que había algo de cierto en esa descripción, se sentía obligado a obedecer los deseos de su padre y por la promesa que había dado de no faltar a su deber. Pero Lakshmana intervino y dijo: "Hermano, las palabras de nuestra madre contienen la más alta verdad. La madre merece una mayor reverencia que el padre. En las Escrituras se lee: «Que la madre sea tu Dios», y luego: «Que tu padre sea tu Dios». Se coloca primero a la madre y al padre en segundo lugar. No es propio que persistas con tanta firmeza en tu resolución y le causes tanta pena a nuestra madre".

Rama, volviéndose a él, interrumpió sus palabras: "¡Lakshmana!, estás apoyando las declaraciones de una madre que sufre el efecto de una fuerte atadura hacia su hijo. Considera la orden del padre, que se relaciona con el bienestar de todo el imperio, del mundo entero y de la comunidad humana. No has comprendido la implicación interna y el sentido de esa orden. Sólo la rectitud puede asegurar las otras tres metas del hombre: riqueza, felicidad y liberación. No hay por qué dudar de esto ni argüir sobre la corrección de este hecho. Cuando la actividad se limita a la ganancia de bienes, el mundo odia al individuo; cuando se limita a la satisfacción egoísta de los deseos, el mundo lo condena como un ser despreciable. Por eso, la actividad debe estar de acuerdo con la rectitud. Y eso no es todo; Dasarata es nuestro padre, nuestro preceptor y monarca. Puede ordenarnos algo, ya sea por el deseo de lograr algo, o bien por enojo contra alguien, o por amistad y amor por alguien, lo cual no nos incumbe, sólo debemos obedecer; no existe ninguna justificación para no hacerlo.

"Un hijo que se complace en el pecado, suele actuar en contra de la orden paterna, pero yo no soy uno de ésos. Ante cualquier mandato de mi padre, bajaré la cabeza con reverencia. Respecto de esto, tú podrías tener alguna duda. Si un padre, un necio cegado por la lujuria, carente de la inteligencia necesaria para distinguir entre lo momentáneo y Ío eterno, pendiente sólo de su engrandecimiento egoísta y confiado en las estratagemas de otros, inflige injurias sobre su propio hijo, podrías preguntarte: ¿debe el hijo confiar en él y obedecerlo? Sí, ¡sin duda alguna debería hacerlo! Puede ser un necio o un cruel tirano, pero, ¿no eres tú su hijo? Cuando es así, tu posición siempre es más baja y la de él más alta. Esto decide todos los deberes y todos los derechos. Cuando mucho, el hijo puede tratar de aclararle alguna situación y explicarle, según su entendimiento, lo que a él le parezca confuso o complicado. No debe negarse a obedecer por considerarlo tonto o absurdo.

"Debes considerar también que Dasarata es una persona muy talentosa, un gran guerrero, un luchador heroico, un pilar de la rectitud, y que está luchando a muerte para mantener su palabra dada. El no ha sido engañado por Kaikeyi ni cegado por la lujuria. No; lo que lo movía era la necesidad suprema de cumplir su compromiso, una promesa que había hecho. Además, él le había dicho a ella que le otorgaría dos deseos, fuesen lo que fuesen, ¡aun si la concesión pusiera en peligro su propia vida! Nunca podré aceptar que él está vencido por la lujuria. Nuestro padre se encuentra en una triste situación porque no ve ninguna salida a causa de una promesa; pero de corazón, no está conforme con enviarme a la selva.

"¡Lakshmana! Nuestro padre es un leal partidario del dharma, más leal que sus predecesores en el trono. Su fama se ha extendido y ha sido escuchada en todos los rincones de los tres mundos. ¿No sería un mal ejemplo para la humanidad si su esposa, la reina ungida, lo dejara para acompañar a su hijo, abandonándolo? La vida es breve, su duración es limitada. Perder uno su reputación para siempre por ceder de esta manera a actos incorrectos, no es bueno ni para mí ni para ti".

Dicho esto, se volvió hacia su madre rogándole patéticamente: "¡Madre...!", pero antes de poder continuar, Kausalya quedó paralizada por el dolor, pues se había dado cuenta de que sus esfuerzos para cambiar la posición que Rama había adoptado, eran infructuosos. Vio claramente que no se podía librar de la obligación de darle su consentimiento para irse con sus bendiciones. Sintió que cuanto más se lamentaba, mayor era el dolor de Rama.

Entretanto, Lakshmana estaba profundamente conmovido: sus ojos se enrojecieron; perdió conciencia de dónde y entre quiénes estaba; sus labios se secaron, su lengua se paralizó y su mirada quedó fija; inclinó la cabeza y miró al suelo; las lágrimas fluían libremente de sus ojos. Rama lo observaba y sintió que no podía dejarlo en ese estado. Además, podría hacer algo irreflexivo si lo dejaba solo; hasta podría lastimar a otros. "Y se podría considerar que esos actos ocurrieran por mi culpa", pensó Rama. Entonces le dijo a Lakshmana: "Hermano, los humos de la cólera son incienso dedicado a la horda de pecados: suprímelos. Puedes estar preocupado al pensar que Rama ha sido tan burdamente insultado y deshonrado, pero el sendero de la verdad y de la rectitud no presta atención a honor o deshonor, no espera lo uno ni evita lo otro. Ten valor, llena tu corazón con fortaleza. Permanece aquí y sirve a nuestro padre; pasa tus días de esa manera, en cumplimiento del más alto propósito de la vida". Cuando su hermano mayor lo bendijo de esta manera, Lakshmana recuperó el habla. "Hermano exclamó , cuando Rama, mi propio aliento, se encamina hacia la selva, ¿a quién puedo ya servir aquí con este objeto material que se llama cuerpo? Este Lakshmana no desea servir a nadie excepto a Rama. Tú señalas tu obligación, tu deber, yo también tengo mi deber y lo valoro igualmente, por eso te seguiré. No tengo necesidad de esperar las órdenes de nadie. No estoy incluido en el grupo de personas atadas a las mercedes exigidas por Kaikéyi. Y aun si estuviera involucrado, no prestaría atención a sus órdenes ni a las indicaciones de sus seguidores. Nadie más que Rama tiene autoridad para mandarme o indicarme cómo me he de comportar. Así que aquí y ahora yo también me vestiré de ermitaño con corteza de árbol; desataré mi cabello y me prepararé para seguirte." Diciendo esto, Lakshmana se quitó las joyas y demás atavíos reales con que se había engalanado para asistir a la coronación; arrojó disgustado a un rincón de la habitación las joyas y el ropaje de seda. Estaba impaciente por acompañar a su hermano. El corazón de Rama se enterneció cuando vio la devoción espontánea y la auténtica lealtad de Lakshmana. Se acercó a él y poniendo su mano sobre el hombro de su hermano, suavemente habló así: "Hermano, mi alegría no tiene límites al ver que tengo un hermano como tú. Es mi gran fortuna, pues al venir tú conmigo, madre Kausalya ganará cierta tranquilidad. Está sumamente angustiada por el temor y la duda de cómo habré de pasar los catorce años en la selva y si volveré después de esos años de exilio. Así pues, dile a nuestra madre que no tema. Ve a consolarla. Mientras pasamos las horas así, nuestro padre ha de estar sufriendo más y más, y Kaikeyi sufrirá de crecientes dudas pensando que quizá yo ni siquiera me vaya. Por eso iré a ver a Sita para informarla y de allí iré al palacio de Kaikeyi para despedirme de mi padre. Mientras tanto, tú irás a ver a tu madre Sumitra para solicitar su permiso de partir conmigo".

Después de estas palabras, Rama dio una vuelta completa alrededor de Kausalya y se tendió ante sus pies en señal de reverencia. Al ver eso, las doncellas y sirvientes, así como todos los demás ocupantes del gineceo, entonaron un sonoro lamento como si hubiera caído el diluvio sobre ellos. Pero Kausalya valientemente atrajo a Rama hacia ella cuando éste se levantaba para recibir sus bendiciones. Lo abrazó, acarició su cabello y con las manos sobre sus hombros, le dijo: "Hijo, eres el más firme seguidor del camino de la rectitud. Eres un héroe. No puedes sentir temor a la vida en la jungla. Te has resuelto a vivir en ella y ha sido imposible para mí cambiar tu decisión. Que todo sea con bien para ti. Cumple tu ideal, tu anhelo, para respetar el deseo de tu padre. Paga la deuda que se le debe al padre actuando de acuerdo con sus órdenes. En cuanto a mí, sólo deseo que regreses bien a Ayodhya. Ese día por lo menos estaré feliz.

Rama, el decreto del destino es ciertamente inescrutable. Sus palabras no pueden ser cambiadas ni por los más poderosos. El dharma, por cuyo bien te estás alejando ahora de nosotros, te protegerá y guiará en el exilio. Rama, ¡qué hermoso sería que en este mismo momento los catorce años hubieran pasado y yo te contemplara de regreso en lugar de verte partir! ¡Ay, perdona mi locura, hijo mío! ¿Cómo he de trasmitirte mis bendiciones? ¿He de decirte que dejes pasar catorce años como si fueran catorce días? No, no, ¿como catorce parpadeos? Vuelve a salvo, vuelve pronto. ¡Y que seas coronado emperador, joya de la dinastía Raghu! Mi adorado hijo, la diosa de la rectitud seguramente te resguardará durante los años de exilio, pues para propiciarla a ella irás a la selva; ella es la más firme y más fuerte de todos los guardianes. Estaré rogando a los dioses aquí durante los catorce años para que ningún daño te ocurra. El servicio que tú has ofrecido a tu madre, a tu padre y a tu preceptor, te brindará larga vida, salud y felicidad; tu lealtad a la verdad te concederá valor. Las montañas, los ríos, los matorrales, los hormigueros, las fieras y las aves de la selva te recibirán con afecto, te abastecerán para satisfacer tus necesidades y te llenarán de alegría. El sol, la luna y otros cuerpos celestes desviarán todo mal y te protegerán. Hasta los demoníacos Rakshasas de la selva, obstinados en horribles actos de crueldad, se sentirán atraídos por ti, pues tu corazón está lleno de reconfortante amor, y se rendirán a tus pies aceptándote como su maestro".

Con estas bendiciones, Kausalya, haciendo un esfuerzo, se sobrepuso a la tristeza que la estaba venciendo y mostró una faz valiente y tranquila. Aspiró el aroma de la corona de cabellos de Rama y lo abrazó con todo su amor maternal. Besó sus mejillas, y sus labios temblaron cuando pronunció las palabras de despedida: "¡Hijo mío, vuelve a salvo y que seas feliz!". Rama conocía la profundidad del afecto que su madre sentía por él; tocó muchas veces sus pies con gratitud y reverencia, diciendo: "Madre, no debes preocuparte; no vayas a perder el sueño ni el apetito, no dañes tu salud. Recuérdame a toda hora con corazón alegre. Tus pensamientos se reflejarán en mi seguridad y prosperidad. Si tú estás penando aquí, ¿cómo quieres que yo sea feliz allá? Si deseas que yo sea feliz, tú debes estarlo aquí. Con todo tu corazón, debes bendecirme desde aqui'. Rogando de esta manera, salió del lugar, no deseando dejarla así, pero ansioso de cumplir con su deber.

Rama salió al camino destinado al rey y se fue descalzo entre la multitud de ciudadanos que se habían aglomerado allí, paralizados al ver aquel resplandeciente símbolo de verdad y virtud. La gente había escuchado rumores que les anunciaban que Rama se iba a la selva, mas no podían creer que eso fuera cierto, y rogaban al cielo que no fuera verdad. Pero cuando lo vieron caminar descalzo, sus corazones desfallecieron; la exaltación que habían experimentado con las noticias de la coronación, se desplomó hasta las profundidades de la desdicha. Caras que habían florecido de alegría, repentinamente palidecieron y marchitaron. Rama no levantó la cabeza para ver aquellos rostros que lo rodeaban, y se dirigió a las habitaciones de Sita.