Libros escritos por Sai Baba

{SB 77} Prashanti Vahini ( La Paz Suprema )

CAPÍTULO 5

( Impreso en castellano en La Paz Suprema (Prashanti Vahini) cap. 05 )

El que come obtiene satisfacción de la comida, y la Paz es de esa misma naturaleza; así, cada individuo debe conquistarla y sentirla para que todos puedan saber qué es. Amor y fortaleza son suficientes para lograrla; pero no se centren en el exhibicionismo, dejen que estas virtudes saturen sus pensamientos, palabras y acciones; ésa es también una manera de implantar la paz en el mundo.

Ciertos individuos declaran que la oración puede traer la paz al mundo y piden a la gente que ore. Por supuesto que es bueno orar, pero la Paz nunca se dará sólo por eso sino uniendo la práctica a la oración. No recen por una cosa y actúen por otra; tal oración es un engaño. Las palabras, los actos y las oraciones deben tener la misma meta. Si mientras ustedes repiten oraciones para la paz mundial no pueden soportar a otros, hiriéndolos y humillándolos, tampoco ustedes tendrán Shanti, sino un torbellino de dolor y sufrimiento.

A través de la paz individual puede ser cultivada la paz mundial. Cuando el alimento es llevado a la boca, masticado y deglutido, su esencia se dispersa por todas las partes del cuerpo. Así, cuando nuestras manos y lenguas están ejecutando actos y recitando oraciones que cultivan la Paz, por medio de ambos la esencia de Shanti se dispersará en todo el mundo, que no es más que el cuerpo del Señor. La paz mundial es el fundamento para la paz genuina.

Muchos no conocen el significado de la frase "El cuerpo es el templo". Un templo se edifica para adorar en su interior a Dios, ya que si no hay tal Señor, la construcción no puede ser llamada así. Pero las acciones del hombre están en contra de este hecho al dirigir toda la adoración hacia el templo, olvidando que éste no es Dios. A1 templo tiene que cuidársele y decorársele con motivos del Dios que se venera dentro y como un medio para alcanzarlo; eso es todo. De igual modo, el cuerpo es el templo de Dios, la encarnación del Alma. Olvidando la necesidad de fe en el Alma, de su adoración y dedicación, la gente hoy día está absorta en la decoración y el cuidado del cuerpo, y ha puesto su fe y dedicación en él. A pesar de que el cuerpo es efímero, a través de éste como templo puede verse al Señor, y el Alma puede realizarse para cumplir la misión fundamental del hombre. Conscientes de esto, protejan y cuiden al cuerpo, sin negar al Señor que mora adentro; no se apeguen a la forma externa, irreal y temporal, pero tampoco la arruinen; su mantenimiento es necesario. Sin embargo, nunca deben perder de vista lo que da valor y propósito a ésta, o sea, el Alma que reside dentro.

Lo mismo sucede con la paz del mundo y la paz individual. El templo es la paz mundial y el Señor que reside dentro es la paz individual. La adoración a Dios puede hacerse sólo si el templo está limpio y puro. Esfuércense, pues, en satisfacer estas condiciones: shanti para el mundo y shanti para ustedes. La mansión del Señor es el mundo y El se desplaza por las muchas habitaciones de esa mansión. No lo ignoren; sin El, el mundo sería un tumba y no un templo. Siempre recuerden que El es alegría y victoria.

La paz mundial es el aliento de vida de todos los seres; y se debe luchar porque siempre lo sea; al Señor sólo podemos lograrlo cuando la patria sagrada está llena de esta paz. Cuando el mundo objetivo se disuelve en Dios recibe el nombre de Liberación; los buscadores de la Liberación deben anhelar la paz y el amor de la naturaleza tanto como anhelan el Amor y la Gracia del Señor. Sin la gracia de ambos, lo maligno, sutil y fuerte de los sentidos no puede conquistarse. En otras palabras, no se controlará la mente ni se calmarán sus incesantes agitaciones. Por lo tanto, la tarea principal de todos es hacer realidad a Shanti.

Hay muchos que arguyen que el respeto al Ser es Shanti, pero están confundiéndolo con el respeto que se le da al vehículo inferior, el cuerpo o la personalidad; eso es el respeto a la persona y no al Ser o Alma. El respeto al Ser real es el que le damos al Señor que mora en nuestro interior, el Alma y no otra cosa. La Verdad es Alma, el Amor Puro es Alma, el Señor es Alma, el servicio sin egoísmo es Alma, y el respeto por estas realidades es el respeto por el Ser. Shanti es de esta naturaleza y no de cualquier otra. Por eso el verdadero respeto al Ser es guardar siempre en la memoria al todomisericordioso Señor, la personificación de la Verdad, el Señor cuya naturaleza es Amor Puro y Divino. Para ganar esto uno debe considerar inútil el respeto que el mundo le concede a la riqueza y al status, debe ignorar la alabanza y el insulto, la burla y la lisonja. Dedicarse al camino espiritual con plena fe en la Verdad y en el Señor, eso es Shanti pura, eterna y real.

No hay posición más alta que la del Señor; ninguna de sus manifestaciones es más alta que la Verdad; no hay más belleza que Shanti ni aun en los catorce mundos o en la Creación entera; en el presente, el pasado y para siempre. Esta es la Verdad que, aun envuelta en la maya más oscura, brillará. No importa cuánto se le pueda aprisionar en la oscuridad: su refulgencia no puede ser suprimida. La verdad nunca puede morir, la falsedad no puede existir. Convénzanse firmemente de esta creencia.

En qué se apoya el hombre para decir: ¿"Esto es permanente"? ¿Cómo puede afirmar que algo sea permanente? Desde que nace, ve cambiar todas las cosas a su alrededor, su misma experiencia sufre varias transformaciones y la atmósfera en que se desenvuelve es siempre mutante. El hombre crece en un ambiente de cambios constantes; entonces ¿cómo es posible que en él surja esta idea? Observando todo esto, puede afirmarse sin miedo a la contradicción que el mundo objetivo es irreal, porque si fuera real, ¿cambiaría? Todo lo que sufre algún cambio es irreal; sólo la realidad es estable.

Tal realidad imperecedera es el Alma, sólo eso es real y permanente; el Alma es la forma del Señor y su poder.

El hombre posee la capacidad y las cualidades para realizar ese poder, o sea, para obtener esa energía. Es trágico que aún después de obtener el nacimiento, las personas no se den cuenta de la realidad eterna ni se esfuercen por comprenderla. Si esta oportunidad se desperdicia, ¿cuándo la podrán aprovechar?

¿Por qué no se interesan en el propósito para el cual han venido? ¿O es que vinieron sólo para vivir como los demás animales... a comer, dormir y buscar placer? Si la respuesta es "No", entonces, ¿para qué más? ¿Podemos decir que el hombre es como el resto de los animales? No, pues tiene tres poderes que no poseen los demás: de razonamiento, de renunciación y de decisión entre lo correcto y lo erróneo. Estos poderes son específicos del hombre, pero, ¿de qué sirve tenerlos si no se aplican en la práctica? Si se usan, entonces es correcto el calificativo de hombre; si no, debe emplearse el de animal.

Los tres poderes arriba mencionados no se deben aplicar sólo en las cosas mundanas, sino también en la búsqueda de la verdad última.

Si el discernimiento, la renunciación y la inquisición se llevan a cabo tanto en la alegría como en el sufrimiento, entonces se llegará a la convicción de que todo es irreal y que no se fundamenta en la verdad.

Cuando se tenga este conocimiento, el hombre seguramente tomará los caminos de la religión, la práctica espiritual y la indagación que lo conducirán a la verdad. Esa es la tarea a la que debe dedicarse el ser humano.

Bien; la verdad podría hallarse fácilmente si todos simplemente nos preguntáramos: "¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Cuánto tiempo estaremos aquí?" Estos interrogantes son característicos del discernimiento. Todos los apegos cesarán automáticamente cuando mediante el discernimiento se instale firmemente en el individuo la convicción de que el mundo no es permanente. Y ése es el estado de renunciación o desapego. Uno se preguntará: "¿Tiene algún valor estar apresado en este mundo irreal?" Es aquí cuando todos los esfuerzos se volcarán hacia el Reino del Señor, y es ésta la decisión sabia que nos llevará a ennoblecer nuestras acciones.

Solamente a través del discernimiento y el desapego el hombre comprenderá quién es en realidad; sin éstos le será imposible saberlo. El Señor ha bendecido al hombre con ellos; se los ha proporcionado con el propósito de que los use para conocerse a sí mismo, de ahí que el hombre sea verdaderamente afortunado. Sin embargo, es una lástima que el hombre haya olvidado su misión ignorando la pregunta ¿de dónde he venido?; cerrando los ojos a su origen y dirigiendo su inteligencia hacia el placer y la creación de bienestar; en suma, desperdiciando sus poderes. ¡Qué tragedia! Si en este nacimiento humano no buscas al Dios Supremo, ¿cuándo lo harás?, ¿te ayudará en algo para el futuro malgastar tu tiempo de esta manera?

Si el hombre primero entendiera su naturaleza íntima, el resto sería fácilmente comprendido. Entonces sabría dónde está, adónde se dirige y hasta cuándo existirá.

Estas tres preguntas dependen unas de otras. Resolviendo una, podrá responderse el resto; pero ninguna se puede ignorar. Supongamos que escriben una carta a alguien; sea cual fuere el contenido de la. carta, si no apuntan los datos del remitente y el destinatario, no se le entregará a ninguna persona ni volverá al remitente, o sea no estará aquí ni allá. En cambio, escribiendo ambas direcciones, uno puede incluso predecir cuándo llegará la carta, ¿no es así?

¿Qué hacen ustedes con la carta de su vida? ¿A quién la envían? ¿Adónde la remiten? ¿Cuándo arribará? ¿Cómo pueden esperar conocer la realidad si ignoran todo esto y, desperdiciando el tiempo, no se preocupan?

Como primer paso deben saber su dirección completa.

¿Quién soy? El Atman (el Alma). ¿De dónde vengo? Del Atman. ¿Adónde voy? A1 Atman mismo. ¿Cuánto tiempo debo permanecer aquí? Hasta que me una con el Atman. ¿Dónde estoy ahora? En lo irreal, en lo siempre cambiante. ¿En qué forma? Como anatma (no ser). ¿En qué estoy ocupado? En cosas evanescentes. Por lo tanto, ¿qué debo hacer de ahora en adelante? Renunciar a estos tres últimos estados y tratar con los anteriores de entrar en lo eterno, ocuparme en tareas que sean permanentes y disfrutar la Bienaventuranza del Alma. Este debe ser el principal esfuerzo del ser individual, su único objetivo, la aventura más grande del mundo. Las otras actividades son triviales y carecen de sentido; brillan un momento y luego se desvanecen; la Bienaventuranza se realizará si les dan la espalda y observan sabiamente.

Hay una pequeña historia que ilustra esto. Había una vez un rey que había transmitido todas sus responsabilidades de gobierno a su consejero, mientras descansaba. Nunca se preocupó por nada, así el asunto fuera importante o no y tenía un compañero que era algo así como su guardaespaldas, un hombre muy sabio, ya que nunca hacía nada sin antes meditar profundamente acerca de cómo, por qué y la causa del acto. El rey pensaba que esta elucubración era pura tontería; así que apodó a su compañero como "el más grande de los tontos"; incluso llegó al extremo de mandar grabar aquel mote en una placa de oro y obligar a su compañero a que la llevase siempre puesta sobre la frente para que todos la pudieran leer. La gente de la corte se confundía por esto, tomaba al hombre como un ignorante y no ponía atención a sus palabras.

El tiempo pasó. El rey enfermó y cayó en cama; el reino entero buscaba médicos y medicinas que pudieran curarlo, fueron enviados a países lejanos los mensajeros en busca del milagro que lo salvara; pero los esfuerzos eran inútiles, la enfermedad empeoraba día a día y el rey estaba ante las mismas puertas de la muerte.

El rey sospechó que su fin era inminente, así que rápidamente tomó algunas disposiciones. Habló lleno de dolor con todos los que amaba, pero como no tenía conciencia de Dios o de algún poder auspicioso, sentía mucho miedo de la muerte y no podía concentrarse en nada más.

Un día llamó "al más grande de los tontos" a su lado y le dijo suavemente al oído: "¡Bueno, amigo mío, me voy muy pronto!" El "tonto" replicó: "¿Qué? Estás débil, no puedes caminar ni siquiera unos pocos pasos. Ordenaré un palanquín; sólo espera a que esté listo". Pero el rey exclamó: "Ningún palanquín puede llevarme allá". "Entonces ordenaré alistar un carruaje", replicó el otro. "El carruaje tampoco sirve", musitó aquél. "Por supuesto: el caballo es el único medio de ir", exclamó su compañero, que parecía estar ansioso por ayudar a su amo y hacerle placentero el viaje. Pero el rey objetó que tampoco el caballo podría entrar allá. Entonces, cuando al "tonto" se le habían agotado los argumentos, repentinamente se le ocurrió una idea y dijo: "Ven, amo, ¡yo te llevaré allá!". Sin embargo, el rey, entristeciéndose, suspiró: "Mi querido amigo, cuando (lega la hora, uno tiene que ir allá solo, no puede ser acompañado por nadie". A estas alturas de la charla, al "tonto" lo aguijoneó una duda y le preguntó a su rey: "Es curioso, dices que ni el palanquín ni el carruaje ni el caballo pueden llegar; ¡y que nadie puede acompañarte! ¿Puedes decirme por lo menos adónde es el viaje?" Pero el rey le dijo que no sabía. Entonces el "tonto" inmediatamente se desató la placa de oro con el título y la ató alrededor de la frente del rey diciendo: "Rey: sabes mucho acerca del lugar, acerca de las cosas que no te pueden llevar ahí; pero no sabes dónde es y aun así tú irás a ese lugar muy pronto. ¡Oh! ¡Tú mereces este apodo más que yo!" El rey se avergonzó y lamentándose exclamó: "¡Ay! He desperdiciado mi vida en comer, dormir y perseguir placeres. No me he preocupado por preguntarme quién soy, de dónde vengo, la razón por la que vivo, qué estoy haciendo, adónde voy. El tiempo que se me ha proporcionado está llegando a su fin y no hay lugar para toda esa investigación. La muerte está tocando a mi puerta: los niños han empezado a llorar; mis parientes sienten una gran ansiedad. ¿Puedo dedicarme a inquirir bajo tales circunstancias? ¿Puede surgir en estos últimos momentos un pensamiento al que nunca le he prestado atención? Es imposible. Merezco más que nadie el título "el más grande de los tontos" porque desperdicié mi vida en persecuciones inútiles, sin ningún pensamiento sobre la realidad".

El rey, finalmente, proclamó que la autoindagación es el mejor medio para conocer la verdad, y que tiene que emplearse para discernir entre lo verdadero y lo falso, lo eterno y lo efímero. Así pues, la gente debe llegar a la conclusión de que "Dios es la única y eterna entidad" y que, mediante su investigación independiente, no sólo tienen que conocerle intelectualmente, sino que también deben ganar su Gracia llevando una vida llena de pureza. Después de anunciar esta lección a sus súbditos, el rey expiró.

Fíjense cómo el rey, cegado por el poder y los placeres materiales, desvió sus energías hacia el mundo, lejos de Dios, y terminó sus días en agonía.

Es necesario para los aspirantes espirituales recorrer el camino de la autoindagación. Sólo así podrá nacer y crecer en ellos la convicción de que la naturaleza y todo el conocimiento que de ella deriva son irreales, por lo cual se les dará un valor relativo y no absoluto. Los conocimientos del mundo objetivo tienen que aprenderse y aplicarse en la vida diaria, como una especie de rutina; pero no deben confundirse con el Conocimiento Supremo, con la Verdad Eterna e Imperecedera. Si se comete ese error, sobrevendrá la inquietud, la mente agitada, y la agitación produce la preocupación y la ansiedad que destruyen la Paz.