Libros escritos por Sai Baba

{SB 72} Dharma Vahini ( Torrente de Virtud )

8. Las cuatro etapas de la liberación final

( Impreso en castellano en Torrente de Virtud (Dharma Vahini) cap. 08 )

Las etapas que regulan la vida del hombre son cuatro: la del estudiante, acoplado con la vida de continencia, la del casado, la del renunciante y la del monje. Todas ellas se basan en la etapa de vida del casado. Esa es la condición más importante, porque el hombre casado promueve a las tres restantes, y por lo tanto es la más importante de todas.

Así como todos los seres vivos dependen del aire para su existencia, así también las personas que pertenecen a los otros tres grupos (estudiante, renunciante y monje), dependen del hombre casado. El casado no solamente los alimenta y los viste, sino que además suministra facilidades para el estudio de las escrituras. Manu, en su Código de Moralidad, enfatizó esto con toda claridad. Declaró que el hombre de familia también logra la Liberación, siempre que siga estrictamente las virtudes designadas para su particular etapa de vida. No puede dudarse que cada uno, cualquiera que sea la etapa de su vida, siempre que se adhiera estrictamente a su propio código moral, alcanzará la Liberación.

En algunas escrituras se mencionan ejemplos que señalan que el casado que respeta estrictamente las virtudes peculiares de su estado, es considerado como el tipo de hombre más elevado, mientras que otros textos declaran que solamente los sabios, que han renunciado a todo, son dignos de veneración. Debido a ello, puede que surjan dudas si es o no conveniente adoptar la condición de casado, que es la base y el sostén de todo lo que hay, o si es mejor adoptar la condición universalmente venerada del renunciante, el sendero del total desapego. Hay una relación íntima entre el casado digno de veneración y el sabio realizado, de vida santificada, Por lo tanto no importa básicamente a cuál de las condiciones pertenece uno, no se comete error alguno adoptando una u otra. Las cuatro etapas de vida los llevarán a la Liberación final, si uno sigue estrictamente la moralidad y las virtudes peculiares a cada uno y si uno se dedica firmemente a su propia elevación espiritual. Cada etapa de vida es importante en su particular nivel; la conducta del individuo y sus prácticas espirituales son las que constituyen la prueba esencial. Si uno se dedica a practicar la conducta moral y beneficiosa, cada etapa es sagrada, cada etapa es loable. Esa es la opinión de las escrituras.

Aquellos que están facultados con el conocimiento del Alma, como Verdad básica, los que saben que el Alma es su esencia verdadera, cruzan el océano de nacimiento y muerte y logran, sin duda alguna, liberarse. Por otro lado, aquellos que son ignorantes y descuidan los votos y los ritos que les fueran prescriptos, como aquellos que no han estudiado las escrituras, y se contentan con el mero despliegue de la pureza exterior, es seguro que sufrirán pesares.

Los ritos y los votos prescritos para su observancia diaria son muy importantes entre las disciplinas. Estos votos y rituales, practicados con sinceridad, constituyen la más elevada austeridad, la moralidad más importante. Debe notarse lo que el Gita, la Canción Divina, la esencia de las Upanishads (Escrituras), dice a este respecto: "Aquellos que están siempre activos en el terreno espiritual, cualquiera que sea su condición o etapa de vida, cualquiera que sea su condición social, alcanzarán al Señor". Eso es lo que también expresa Manu: “Ellos están dotados de Conocimiento Superior”. La persona que está libre de todo deseo, que no tiene la más leve inclinación por poseer o gozar el mundo de los sentidos, que no tiene traza alguna de egoísmo, de pertenencia, que está siempre en la bienaventuranza de la Conciencia Absoluta, que jamás se ve afectada por la tristeza, esa persona está firmemente establecida en la Dicha y la Paz Supremas. Si al menos en los últimos momentos de su vida, el hombre logra concentrarse sin vacilar en lo Absoluto, que es su naturaleza básica, podrá, sin duda, fundirse en Aquello.

El estado de impasibilidad, la ecuanimidad sin agitaciones es muy natural en este tipo de personas. El continuo sentir “soy lo Absoluto” es el remedio para todas las enfermedades del hombre. La liberación se alcanza precisamente gracias a esa idea: “soy la Conciencia Universal”. Ese es el verdadero deber del ser humano, cultivar ese sentimiento y esa experiencia. El ignorante movido por el principio de inercia o insensibilidad, está identificado con su cuerpo, cree que el cuerpo es de él. El que ha estudiado, un erudito que es capaz de un mínimo de raciocinio e indagación, siente o cree que el individuo en el cuerpo es el “yo”. Pero, aquellos sabios que logran enfocar la materialidad del individuo como cosa separada del Alma (de su esencia espiritual), saben que la verdad es ésta: “yo soy lo Absoluto”, y sabiéndolo no se apartan de esa convicción.

Las castas como la de los Brahmines (sacerdotes), los colores como el blanco o el negro, las etapas de la vida como la del estudiante o renunciante son todas condiciones físicas y no constituyen características del Alma. Están condicionadas por el tiempo y el lugar. Pertenecen a este mundo de servidumbre y son motivadas por razones relacionadas con el mundo. Han sido ordenadas por la Voluntad Divina, para el ordenado funcionamiento del mundo. Deben ser observadas por todas las personas que se hallan sujetas a las limitaciones mundanas. Aquellos que no se ven afectados por limitaciones o extensiones, los que, por así decirlo, han trascendido las ataduras mundanas no les conceden importancia. Por eso es que las personas que están siempre ocupadas contemplando a Dios, los que han aprehendido la Realidad Básica, no las observan mucho. Como no son esclavos de su posición social y perciben todo lo que existe como la proyección de la Realidad, no hay razón para prestar atención a condiciones exteriores. Pero hasta que no se alcance ese estado, ustedes deben seguir las reglas concernientes a las etapas de la vida y la condición social, sin excepción. Esa es la moralidad que incumbe a los que tienen conciencia corporal, la moralidad de los que se confunden con su cuerpo.

Las grandes Almas que lograron captar la virtud espiritual han declarado que “existencia-conocimiento-bienaventuranza” son las características básicas del Ser. Por lo tanto, aquellas personas que están imbuidas de tan elevado conocimiento puede. decirse que han alcanzado al Absoluto Universal, el que es existencia, conocimiento y bienaventuranza misma. Para alcanzar la liberación, basta poseer la visión purificada para poder percibir la Esencia Espiritual, esto es lo esencial, y no la casta o el color de la piel.

¿Cómo puede obtenerse esa clara visión? Poniendo en práctica los dictados de la virtud y de la moralidad, de acuerdo con la etapa de la vida y la condición social. Esa práctica continua de la virtud le permite al Alma realizarse, sin que ninguna niebla o bruma la oculte a la vista. La práctica de la moralidad los llena de experiencia, a través de esa experiencia la Verdad logra ser establecida, se revela claramente y esa Visión confiere la Liberación. Las personas que están libres de impedimentos internos que ocultan la Esencia, pueden pertenecer a cualquier condición de vida o categoría social; ello ya no importa, pues alcanzarán la liberación. Esta pureza de la conciencia interior es la que alaban las escrituras cuando hablan de salvación.

Aquellos que tienen apegos y odios, aunque se retiren a la montaña o al desierto, no pueden escapar a la maldad. Los que, en cambio, han dominado los sentidos, así sean hombres de familia, pueden definirse como ascéticos. Si están dedicados a actividades que no resultan perjudiciales o condenables, pueden merecer el apelativo de sabios. El hogar es el desierto ascético donde el hombre alcanza el desapego. La Liberación no puede lograrse gracias a la progenie, caridad, riquezas o sacrificios rituales, ni las prácticas del yoga. Lo que se requiere para lograrla es limpiar el carácter interior, lograr la purificación del Ser.

Para distinguir cuál es la acción correcta o la incorrecta, las únicas autoridades son las escrituras en cualquiera de las etapas de la vida individual. Si la persona ha comprendido que lo Absoluto es la meta y si trata de realizar su propia Realidad, logrará apartar el velo de la ignorancia y conocerse a si misma como la personificación de Lo Absoluto. Fijar la atención en nuestra propia Alma es el medio para la Liberación.

Comprender esta lección que enseñan las escrituras más antiguas de la humanidad (los Vedas), practicar los preceptos de vida prescritos para la etapa particular de la vida de uno, sea cual fuere la condición social, puede llevar a la persona a la Divinidad, el más Alto Nivel. Si hay voluntad y fortaleza para adherirse estrictamente a los cánones de la virtud, si no hay dificultad para adquirir sabiduría, uno puede, sin necesidad de emprender la vida de renunciante, seguir en su condición de casado y no obstante alcanzar la Liberación.

Numerosos santos visionarios alcanzaron la meta siendo casados. En esas circunstancias lucharon consigo mismos y lograron superar todos los obstáculos que les impedían llegar a obtener la Gracia de Dios; su meta era la Divinidad, que deseaban alcanzar. Por ese motivo no debemos dudar que la condición de hombre de familia no constituye impedimento.

Movidos por el deseo de cruzar este océano de nacimiento, esposo y esposa deben poseer armonía mental. La decisión de llegar a la meta debe ser similar en cuanto a fuerza y constancia en ambos. ¡Sin esa condición la renunciación será sólo un subterfugio! Hombre y mujer, esposo y esposa son inseparables como causa y efecto, como el sol y sus rayos calurosos o la luna y su pálido resplandor. Así es la relación de esposo y esposa. La dueña del hogar tiene que ser el resplandor del esposo, luminosa, paciente, tranquila y llena de bondad y debe poseer todas las virtudes; entonces el hogar brillará y será también un hogar para la victoria en el campo espiritual.

No hay reglamento alguno que estipule que la persona debe abandonar su hogar y abrazar la condición de renunciante, cuando la vida de familia parece poner impedimentos a las prácticas espirituales. Si esto lo hace el marido sin la plena aprobación de la mujer, jamás le resultará fructífero. Lo mejor que puede hacer es dejar atrás la vida hogareña en compañía de la esposa para convertirse ambos en renunciantes, siguiendo escrupulosamente los cánones de conducta y moralidad estipulados para esta etapa de vida. Sin embargo, si la pareja tiene hijos que necesitan de cuidados y atención por parte de los padres, la renunciación de la pareja no es recomendable según las escrituras.

Uno debe esperar que los hijos se independicen. Entonces se los puede dejar, pues sabrán velar por si mismos. Las escrituras recomiendan por esta razón, que uno permanezca en su condición de hombre de hogar hasta los 48 años, aunque uno crea que su condición no favorece la búsqueda espiritual. Hay que aferrarse a la vida hogareña y desplegar el máximo esfuerzo para ejercer todas las virtudes inherentes a esa condición, sin aceptar los contratiempos como excusa para desviarse. Si aparecen dificultades, dedíquenlas también al Señor, acéptenlas tranquilamente como Su Lila (Su Juego) y como Su plan. Esa es la forma ideal de seguir la disciplina de casado, el sendero designado tanto para hombres como para mujeres, sin distinción.