Libros escritos por Sai Baba

{SB 71} Bhagavatha Vahini ( El Bhagavatha )

6. La renunciación de Vidura

( Impreso en castellano en El Bhagavata (Bhagavata Vahini) cap. 06 )

LA RENUNCIACION DE VIDURA

Ya dentro del palacio, Vidura preguntó acerca de la salud y bienestar de cada uno de sus parientes y gentes cercanas. Entonces Kunti Devi, la Reina Madre, se acercó y posando su afectuosa mirada en él, le dijo: "¡Al fin hemos podido verte, oh Vidura!", y ya no pudo decir más.

Después de un cierto tiempo pudo terminar su frase: "¡Cómo pudiste permanecer alejado por tan largo tiempo, ignorando a los hijos a quienes criaste con tanto amor, al igual que a mí y a otros que tanto te veneramos. Gracias a ti mis hijos son los monarcas de estas regiones. ¿Dónde estarían ahora si no los hubieras salvado en incontables ocasiones? Fuimos el banco de muchos desastres, sin embargo, el peor fue que tú te alejaras de nosotros. Eso nos afectó más que ninguna otra cosa. La esperanza de verte otra vez se había extinguido en nosotros. Ahora nuestros corazones han revivido nuevamente. Las aspiraciones destrozadas por la desesperación se han renovado, hoy nuestra alegría ha llegado a su plenitud, ¡qué día tan feliz!". Kunti se sentó mientras se limpiaba las lágrimas.

Vidura tomó sus manos, pero no pudo contener sus propias lágrimas. Empezó entonces a recapitular los numerosos hechos del pasado con los clanes de los Kauravas y los Pandavas, y dijo: "¡Madre Kunti Devi! ¿Quién puede vencer los decretos del destino? Lo que tiene que suceder, sucederá. Lo bueno y lo malo que un hombre hace dará como resultado lo bueno y lo malo. ¿Cómo puede un hombre considerarse libre, si está atado por esta ley de causa y efecto? El es una marioneta en las manos de esta ley, quien toma sus hilos y lo hace moverse. Nuestros gustos y aversiones no tienen ninguna trascendencia. Todo es la voluntad y la gracia del Señor". Mientras Vidura hablaba de esta forma de las verdades espirituales fundamentales que gobiernan los sucesos humanos, los hermanos Pandavas, Yudishtira, Bhima, INakula y Sahadeva estaban sentados juntos, escuchándolo absortos.

Kunti levantó la cabeza y dijo finalmente: "Gracias a tus bendiciones ganamos la guerra, pero fuimos incapaces de salvar las vidas de los hijos de Draupadi y el hijo de Subadra. El infortunio nos persiguió obstinadamente. Por supuesto que, como tú dices, nadie puede escapar a su destino. Está bien, olvidemos el pasado, no tiene sentido preocuparse por aquellas cosas que uno no puede arreglar. Debo decirles que mi sed ha sido colmada considerablemente, por fin pude encontrarte; por favor, cuéntanos dónde estuviste todo este tiempo".

A todo esto Vidura contestó que había realizado peregrinajes a varios lugares sagrados. Los hermanos escucharon con gran atención, cautivados por sus historias, insistiendo en que les contestara algunas preguntas. Dharmaraja dijo varias veces que esperaba el día en que pudiera tratar de emular todas esas sacras experiencias y juntaba las palmas en reverencia cada vez que se mencionaba el nombre de un templo sagrado y con los ojos cerrados visualizaba ese santo lugar. En cierto momento Bhima le preguntó: "¿Fuiste a Dwaraka? Por favor, cuéntanos las experiencias que tuviste allá". Dharmaraja agregó: "Seguramente encontraste al Señor Krishna allá, ¿no es así? Por favor, dinos los detalles de todo lo que pasó". Kunti Devi también estaba ansiosa por oír sus palabras y le dijo: "Cuéntanos, dinos, por favor, mi hijo está allá ahora, tuviste que haberlo encontrado a él también. ¿Cómo están todos ellos? Espero que todos los mayores, Nanda y Yashoda, estén bien, ¿y Devaki y Vasudeva?" Una lluvia de preguntas cayó sobre Vidura, antes de que él empezara a contestar alguna.

Vidura no se veía con muchos deseos de hablar. Comentaba algunas cosas como si estuviera ansioso de evitar ser llevado hacia ciertos tópicos, pues supo a través de Udava, cuando se dirigía a Dwaraka, que todo el clan Yadava había perecido y que Krishna había terminado su papel humano. No tenía el deseo de hundir a los Pandavas en la desesperación, ahora que estaban tan contentos por haberlo visto otra vez después de tanto tiempo. "Ahora que les he conferido tanta alegría, ¿cómo podría yo ser la causa de que todo ese gozo se desvaneciera? Ellos tendrán que enterarse de esto a través de Arjuna, cuando regrese de Dwaraka con las trágicas noticias". Debido a ello, prefirió guardarse todas éstas, que con frecuencia le cosquilleaban en la boca. Se consoló describiendo las glorias de Krishna y dijo: "No me gusta visitar a mis parientes y amigos vestido con las ropas de un asceta, es por esto que no visité a ninguno de los jefes Yadavas como Nanda, Yashoda ni a los demás", y permaneció callado. Y ya no se explayó más en relación con Dwaraka y con su peregrinaje.

"Vine a verlos porque supe que habían ganado la guerra y que finalmente se habían dedicado a reinar pacíficamente sobre los dominios que les pertenecen por derecho. Me sentí atraído hacia estos niños a quienes crié desde su tierna infancia. Fue este afecto hacia ellos lo que me trajo aquí. Entre todos mis parientes y amigos, sólo fui tentado a visitarlos a ustedes, no tengo ningún deseo de ver a nadie más". Al decir esto su conversación se dirigió hacia las enseñanzas védicas que quería impartirles. Cuando terminó la plática, Yudishtira le suplicó que se quedara en las habitaciones que habían sido especialmente arregladas para él y lo acompañó él mismo a su aposento.

Ahí, comisionó a ciertas personas para que atendieran a Vidura y le pidió que tomara un descanso en ese lugar. Vidura no estaba de acuerdo con la idea de pasar su tiempo en un lugar con tal lujo; sin embargo accedió a entrar para no decepcionar a Dharmaraja y se tendió en su cama a revivir el pasado. Suspiró profundamente cuando se acordó de todas las estratagemas usadas por el ciego Dritarashtra con el fin de destruir a los Pandavas, los hijos de su otro hermano, Pandu; los cuales se volvieron en su contra y fueron la causa de la destrucción de su propio linaje. Admiraba a Dharmaraja por ser tan magnánimo hacia Dritarashtra, a pesar de que éste había torturado a los Pandavas en muchas formas y ahora Dharmaraja se dedicaba a reverenciarlo con gran devoción, atendiendo todas sus necesidades y comodidades. Un enorme disgusto lo invadió cuando recordó la maldad del corazón de Dritarashtra. Estaba avergonzado de que este anciano estuviera solazándose cómodamente en el lujo del palacio en lugar de cultivar el desapego de los bajos placeres de los sentidos e intentar la realización de la meta de la vida humana, es decir, la liberación del ciclo de nacimiento y muerte y experimentó una agobiante pena porque su hermano estuviera desperdiciando los pocos años que le quedaban de vida sobre la tierra.

Su visión yóguica le hizo saber que también los Pandavas desaparecerían en poco tiempo y que el propio Krishna, quien los protegía aquí, también cuidaría de su bienestar en el más allá. Sin embargo, se percató de que el rey ciego sufriría aun más cuando los Pandavas dejaran este mundo. Vidura decidió enviar a su desafortunado hermano a un peregrinaje, para que llegara a la realización final de su destino. No quiso retardar ni un momento más su intervención, así que se deslizó en la oscuridad sin ser visto por nadie y se dirigió hacia la residencia de Dritarashtra.

El rey ciego y su esposa Gandari estaban ya esperando el llamado de Vidura en algún momento, pues sabían ya que había llegado a la ciudad, por lo que cuando Vidura entró, lo abrazó y sin poderse contener derramó lágrimas de gozo. Después de enumerar una por una las catástrofes que le sucedieron a él y a sus hijos se quejó de su suerte. Vidura trató de consolarlo con las profundas enseñanzas de las Escrituras, pero descubrió muy pronto que el petrificado corazón de su anciano hermano no se iba a ablandar con suaves consejos. Sabía que esa ignorancia podía ser penetrada solamente con fuertes golpes.

Así que cambió el tono de voz y utilizó el recurso de los regaños y palabras duras. Al oír esto Dritarashtra se alarmó y respondió: "Hermano, estamos consumiéndonos por el sufrimiento de la pérdida de nuestros cien hijos y tú lastimas la herida con las agudas agujas de tus iracundos regaños, incluso antes de saborear la alegría de verte de nuevo después de tan largo tiempo. ¿Por qué tratas de hundirnos más profundamente en nuestra pena? ¡Dios! ¿Acaso podría yo culparte por la dureza de tu corazón? Todos se ríen de mí, me culpan y acusan, no tengo derecho a encontrar ninguna falta en ti". Dritarashtra se sentó en silencio, cabizbajo y con la cara apoyada en las palmas de sus manos.

Vidura se dio cuenta de que era el momento oportuno para sembrar en él la lección de la renunciación, que era la única forma de salvarlo. Sabía bien que su proceder estaba más allá de ningún reproche, pues él quería que ellos realizaran un peregrinaje a los lugares santos, que se llenaran con la santidad y se encontraran con los hombres buenos y los grandes ascetas, que reconocieran al Señor dentro de ellos y de esta forma lograran la salvación; por lo que decidió usar palabras aun más duras con la mira de transformarlo a él y a la reina. A pesar de que Vidura estaba lleno de compasión, a causa de las condiciones en que se encontraban ellos, tenía en mente los terribles días en los que habrían de necesitar todo el valor que solamente el `conocimiento' (jñana) podía conferirles, así que estaba determinado a empujarlos a esta acción y les dijo: "i0h, ignorante rey! ¡Acaso no tienes vergüenza? ¿Aún encuentras consuelo en los placeres terrenos? ¿De qué te sirven si tú mismo te hundes en el cieno mientras llega tu muerte? Creo que ya has tenido más que suficiente de ellos; el tiempo es una cobra que acecha el momento de morderte y matarte. ¿Te atreves a pensar siquiera que puedes escapar a ella y vivir para siempre? Nadie, por muy grande que haya sido, ha escapado a su mordedura. Corres tras la felicidad de este mundo temporal y buscas realizar tus deseos a fin de obtener algunas satisfacciones burdas. Estás desperdiciando años preciosos de vida. Haz que tu vida valga la pena, no es tan tarde todavía para que empieces el esfuerzo. Abandona esta jaula que tú llamas hogar, erradica de tu mente los vulgares deseos de este mundo. Recuerda la alegría que te espera, el mundo que te da la bienvenida al final de este viaje. Sálvate, evita el absurdo destino de terminar tu vida en medio de la pena de la separación de tus parientes y amigos. Aprende a morir con el pensamiento del Dios Supremo en tu mente en el momento de la partida. Es mucho mejor morir con alegría en la más oscura selva, que morir acongojado en el palacio de esta gran ciudad. Anda, ve y realiza austeridades. Vete de este lugar, de esta prisión que tú llamas casa".