Libros escritos por Sai Baba

{SB 71} Bhagavatha Vahini ( El Bhagavatha )

3. El niño Parikshit y la profecía

( Impreso en castellano en El Bhagavata (Bhagavata Vahini) cap. 03 )

EL NIÑO PARIKSHIT Y LA PROFECIA

"¡Dios! ¿Tiene él que sufrir finalmente este trágico destino? ¿Es ésta su recompensa por todo lo bueno que acumuló durante su vida?¿ Será posible que todos los años de una vida virtuosa al final se tornen repentinamente en una calamidad? Está escrito que todos aquellos que mueren ahogados o por la caída desde un árbol o muertos por la mordedura de una serpiente tienen una mala vida en el más allá. Estas muertes se consideran no auspiciosas. Se dice también que los que mueren de esta manera se convierten en fantasmas y tienen que sufrir esto. ¿Por qué tendría este niño que terminar en esta forma? ¡Qué horrible es esto! ¡Oh, qué injusticia hay en todo esto!" Yudisht¡ra se lamentaba de esta manera, mordiéndose los labios, tratando de controlar su aflicción.

Los brahmines se apresuraron a calmarlo y le expresaron las siguientes palabras: "Maharaja, no hay razón para dejarse llevar por el dolor, un hombre de tal magnitud nunca encontrará una tragedia de tal naturaleza. No, al estudiar cuidadosamente las posiciones de los planetas en el horóscopo de este niño, podemos notar claramente que hay dos conjunciones felices, las cuales indican Vajrayoga y Bhaktiyoga,ambas poderosas y auspiciosas. Es por esto que cuando se entere de la maldición, él renunciará a su reino, esposa e hijos, se retirará a los sagrados bancos del río Bhagirathi y se entregará al Señor. El gran santo Suka, el hijo de Vyasa, llegará a ese lugar y lo iniciará en el autoconocimiento a través de la descripción de las hazañas del señor Krishna y los cantos de la alabanza de su gloria. De esta forma él pasará sus últimos días en el sagrado banco del Ganges y exhalará su último suspiro con la adoración del Señor en su corazón. ¿Cómo puede un hombre de esa naturaleza encontrarse con alguna tragedia o calamidad? El no volverá a nacer de nuevo, porque a través del yoga de la devoción obtendrá la unidad con el Señor de todo". Al oír estas palabras, Yudishtira se olvidó de su pena y volvió a iluminarse de alegría. "Si esto es así, entonces no es una maldición, sino una gracia extraordinaria".

En ese momento, todos se levantaron de sus asientos. A los brahmines se les honró en la forma apropiada a sus méritos y conocimientos. Se les obsequiaron gemas y vestimentas de seda y se hicieron los arreglos para transportarlos a sus hogares. Yudishtira y sus hermanos se dirigieron a sus palacios y pasaron allí muchas horas hablando acerca de los sucesos del día y de los temores que felizmente se disiparon. Se llenaron de regocijo al recordar el feliz giro de las predicciones.

El niño creció en su habitación tal como la luna en la mitad luminosa del mes. Debido a que había nacido como el sucesor del gran imperio, tras una serie de terribles peligros, todos lo amaban y lo protegían como a sus propios ojos, como al propio aliento de sus vidas. Draupadi estaba destrozada por la pérdida de sus propios hijos (los Upapandavas). Subadra había sufrido la inconsolable pérdida de su hijo Abimanyu, y los hermanos Pandavas habían sido invadidos por la terrible angustia de ver la mortífera flecha de Aswatama dirigiéndose hacia el hijo póstumo de Abimanyu, que yacía aún en la matriz de Utara, la cual hubiera podido realizar la infamia, destruyendo para siempre el linaje Pandava. Ahora estaban todos aliviados de su pena, más aun, se desbordaban de júbilo ante la presencia de este niño. Ahora, sumamente felices, pasaban los días comentando sobre el pequeño y adorable bebé, a quien sacaban del dormitorio real cada vez que sentían el deseo de verlo y tenerlo en sus brazos.

El niño era esplendoroso, parecía seguir y observar el comportamiento de cada uno de los que lo mimaban o venían ante él; miraba atentamente sus caras por largo tiempo como escudriñando algo ansiosamente. Todos estaban sorprendidos de ese extraño comportamiento. Cada persona que llegaba ante su presencia era minuciosamente examinada por el niño, quien parecía tener toda la determinación de encontrar algún indicio o señal, en alguien o en alguna cosa de esté mundo al cual había sido traído.

Algunos decían tristemente: "Está buscando a su padre Abimanyu". Otros decían: "No, no, el niño anda buscando al Señor Krishna". Algunos opinaban que parecía que estuviera tratando de descubrir algún brillo Divino. La característica del niño de examinar todo lo que veía para encontrar algún indicio o signo que parecía conocer de antemano, o con el fin de reconocer alguna forma que tenía en la mente, siguió persistiendo en él. La voz Pariksha fue la palabra que todo el mundo usaba con motivo de esta indagación o búsqueda en la que se empeñaba el niño. Fue por esto que, aún antes de la ceremonia formal del nombre, cada una de las personas en el palacio y fuera de él, empezaron a referirse al niño como Parikshit (aquel que está empeñado en pariksha, en la búsqueda).

El nombre de Parikshit se popularizó desde el rajá hasta el bufón, desde el erudito hasta el ignorante, desde el monarca hasta el ciudadano común; todo el mundo lo llamaba o se refería al niño como Parikshit. Su fama crecía día a día, su nombre estaba en los labios de toda la gente. Un día auspicioso. Yudishtira mandó traer ante él al sacerdote de la corte y le encargó fijar un día propicio para la ceremonia especial de otorgamiento de nombre al pequeño príncipe.

El sacerdote reunió a su grupo de sabios y astrólogos y después de consultar las conjunciones de los cuerpos celestes determinaron una fecha en la cual todos coincidieron que era la mejor para celebrar dicho acto. También determinaron la hora en la cual tenía que conferírsele el verdadero nombre. A los gobernadores de diferentes regiones, eruditos, filósofos, al igual que ciudadanos prominentes, se les enviaron invitaciones para presenciar la ceremonia. El rey envió también emisarios para invitar a los ascetas, ermitaños y personajes plenos de riqueza espiritual. Arjuna fue a los dominios del Señor Krishna y reverentemente le rogó que derramara su gracia sobre el niño asistiendo a la ceremonia. Finalmente tuvo éxito y llevó consigo a Krishna a su regreso.

Cuando el Señor Krishna llegó, todos los ascetas, brahmines, rajás, gobernadores y ciudadanos se prepararon a recibirlo con un reverente homenaje. Los hermanos Pandavas, magníficamente ataviados, lo esperaban en la entrada principal del palacio para darle la bienvenida. Cuando el carruaje del Señor fue divisado, los tambores redoblaron y las trompetas emitieron una estruendosa bienvenida y de todas las gargantas surgían ¡Vivas! llenos de júbilo. Yudishtira se aproximó a la carroza, abrazó al señor Krishna tan pronto como descendió y tomándolo de la mano lo condujo al interior del palacio, en donde se había instalado especialmente un trono elevado para él. Después de que el Señor tomó asiento, todos los demás ocuparon los lugares que se les habían asignado de acuerdo con sus rangos y posiciones.

Sahadeva se dirigió a las habitaciones interiores y trajo sobre una canasta de oro al niño, quien resplandecía como el sol y lucía aun más encantador con los adornos de magníficas joyas. Los sacerdotes pronunciaron mantras para invocar a los dioses y que éstos bendijeran al niño y le confirieran salud y felicidad.

Sahadeva colocó al niño en el centro de la sala de la corte. Doncellas y camareros llegaron en filas trayendo en sus manos vasijas de oro llenas de perfumes, flores, sedas y brocados y se dirigieron hacia el lugar donde se encontraba el príncipe. Detrás de unas cortinas especialmente colocadas para el acto, las reinas Rukmini, Draupadi, Subadra y Utara se regocijaban observando la hermosa escena y los jugueteos del bebé. Sahadeva tomó al niño en sus manos y lo colocó en un lecho de flores sobre el mantap (tarima) especialmente erigido para la ceremonia del nombre. Sin embargo, el niño se posó sobre pies y manos y empezó a gatear valerosamente, a pesar de las advertencias de las doncellas. Aparentemente el niño quería dirigirse hacia un lugar en especial.

Los esfuerzos de Sahadeva por evitar su avance fueron inútiles. Yudishtira, quien había estado observando todos sus movimientos con gran interés, exclamó con una sonrisa: "¡Sahadeva!, no te interpongas en su camino, déjalo solo, veamos qué hace". Sahadeva permitió al niño proseguir hacia cualquier lugar que deseara, sólo tomó las precauciones necesarias, estando siempre alerta para evitar que se pudiera lastimar o caer y lo siguió muy de cerca, paso a paso.

En cuanto tuvo la libertad para moverse, el bebé hizo rápidamente una trayectoria parecida al vuelo de una abeja hacia el lugar donde estaba sentado el Señor Krishna, tal como si supiera de antemano lo que iba a encontrar. El bebé se aferró a los pies de Krishna y en su carita se podía ver la súplica de ser levantado y mimado en el regazo. Al ver sus ruegos, el Señor Krishna rió, se inclinó gentilmente y puso después al niño en sus piernas.

Ya sentado en el regazo de Krishna, el pequeño príncipe lo miraba fijamente a la cara sin siquiera pestañear. No volvió su cabeza hacia ningún otro lado ni intentó tomar con sus manos cualquier cosa, ni siquiera hacer algún sonido. Solamente permaneció sentado, absorto en su contemplación. Todos estaban maravillados por su comportamiento, tan anormal en un niño. Aun el propio Krishna compartió el mismo sentimiento que invadía el salón real.

Krishna se volvió hacia Yudishtira y le comentó: "Cuando me dijeron que este niño escrudiñaba a cada una de las gentes que se ponían ante él y examinaba sus características, no lo creí. Pensé que era una forma diferente de explicación de los jugueteos y actitudes usuales de un niño dada por los sacerdotes. Pero ahora veo que esto es una maravilla. ¡Y ahora ha empezado a examinarme a mi también! Bueno... voy a probar un poco su determinación".

Entonces, el Señor trató de distraer la atención que el niño tenía sobre El por medio de una gran variedad de juguetes que colocó ante él e incluso escondiéndose El mismo. Esperaba que así el niño podría olvidarse pronto de El. Sin embargo, su atención no se desvió hacia ningún otro objeto, el niño tenía sus ojos inexorablemente fijos en el Señor mismo y lo buscaba a El y a nadie más que a El. Se movía siempre tratando de ir hacia el lugar donde pensaba que estaba Krishna. Cuando sus intentos de evitar la atención del niño sobre El fallaron, Krishna afirmó: "Este no es un niño ordinario, ha pasado todas mis pruebas, el nombre de Parikshit es el más apropiado; él vive ya de acuerdo con este nombre".

Después de esto, los eruditos pronunciaron versos invocando sus bendiciones sobre el niño. Los brahmines recitaron pasajes relevantes de los Vedas. La música de las trompetas inundó el espacio. Las mujeres cantaron himnos auspiciosos. El preceptor real introdujo una joya con nueve gemas en una copa de oro llena de miel y escribió el nombre del niño en su lengua. Después escribió el nombre en los granos de arroz que estaban extendidos en las charolas de oro y los esparció sobre la cabeza del niño, como buenos augurios de prosperidad y felicidad. La ceremonia del nombre se celebraba así, con gran suntuosidad. A los hombres y mujeres que presenciaron la ceremonia se les obsequiaron presentes de acuerdo a sus rangos en el momento que se retiraban. Todos comentaban con especial énfasis la maravillosa forma en la cual el niño había buscado llegar al regazo del Señor. Muchos alabaron la fe tan firme que el niño había logrado ya.

Yudishtira, que estaba intrigado ante la conducta tan singular del niño, se acercó a Vyasa, el gran santo, para indagar con él la razón de tan extraño comportamiento y saber algo acerca de las consecuencias de esa conducta. Vyasa le contestó: "¡Yudishtira! Cuando este niño estaba en la matriz, Aswatama dirigió hacia él su mortal flecha con el fin de destruirlo; cuando estaba a punto de llegar a su blanco, el Señor Krishna entró en el lecho fetal y lo hizo inexpugnable, salvándolo de la muerte. Este niño ha estado ansioso de saber quién lo había salvado dentro de la matriz en donde vivía. Así empezó a examinar a cada una de las personas, para ver si tenían o no ese mismo resplandor que vio mientras aún era un feto en el vientre de su madre. Este día ha visto esa forma Divina con todo su esplendor y por lo tanto se dirigió directamente hacia él y le suplicó que lo levantara y lo sentara en sus piernas. Esta es la razón de esas singulares manifestaciones, las cuales ansiabas tanto entender".

Al oír estas palabras de Vyasa, Yudishtira derramó lágrimas de alegría y agradecimiento: exaltado por la gracia sin límites del Señor, le rindió un homenaje lleno de devoción.