Libros escritos por Sai Baba

{SB 71} Bhagavatha Vahini ( El Bhagavatha )

26. ¿Maldición o gracia divina?

( Impreso en castellano en El Bhagavata (Bhagavata Vahini) cap. 26 )

¿MALDICION O GRACIA DIVINA?

El mensajero de la ermita dijo:"¡Oh emperador! Nuestro preceptor tiene un hijo; aunque está en una edad muy tierna, el esplendor de sus logros espirituales es impresionante. El venera a su padre como a su Dios y la principal meta en su vida es servirle y elevar su renombre. Se llama Sringi; su majestad fue a esa ermita y empujado por algún impulso inescrutable colocó una serpiente muerta alrededor del cuello de su padre, quien también es mi Maestro. Unos niños vieron esto y corrieron a informarle adonde estaba ocupado en el juego con sus amigos. Al principio él no creyó y continuó con su juego, pero los niños de los ermitaños le repitieron la historia varias veces insistentemente; se rieron de él por jugar tranquilamente mientras su padre había sido insultado tan burdamente. Aun sus compañeros de juego se rieron de él por su apatía. Finalmente corrió tan rápido como pudo hacia la cabaña y encontró que la historia era cierta.

Cuando regresaba, te vio alejándote del lugar y sin ningún sentido de la cordura acerca de lo que tiene significado duradero y lo que es temporal, impulsado por una frenética pasión de ira, el joven perdió todo control de sí y pronunció una maldición sobre ti. Esto le ha causado a mi preceptor un incontrolable sufrimiento". En este punto el emperador lo interrumpió y le preguntó: "Oh, hijo de un ermitaño, dime qué maldición es". El joven le respondió: "Señor, es algo muy difícil de decir, mi lengua se niega a pronunciarlo, pero aun así tengo que comunicártelo, pues mi Maestro me ha comisionado para esto. El hijo de mi preceptor tomó rápidamente agua del sagrado río Kowsiki en su mano y dijo: `En siete días a partir de ahora, que el rey sea mordido por la serpiente Takshaka'; verdaderamente una terrible maldición". El joven calló, pues la pena se desbordaba en él y rompió en sollozos.

Sin embargo, el rey sólo sonrió y le dijo: "Joven ermitaño, ¿es ésta una maldición? ¿Ser mordido por Takshaka y hasta dentro de siete días? Esto no es una maldición, es una señal de gracia. Esta es una bendición venida de los labios del hijo de tu preceptor. Inmerso en los asuntos del imperio, me había vuelto sordo a los asuntos del espíritu de Dios, los cuales son las metas de la vida. Como resultado, el misericordioso Señor Hari (Dios) movió la lengua del hijo de ese sabio para articular esas palabras, ¡El me ha concedido un lapso de siete días! ¡Qué gran bendición es ésta! Debe de ser un acto de la voluntad Divina el que yo pueda pasar cada momento de estos siete días en la contemplación de Dios. Desde este preciso instante dedicaré mi tiempo y pensamiento sin interrupción a los pies del Señor. Joven amigo, ¿qué más te dijo tu preceptor que me informaras? Dime pronto, mi corazón está ansioso de oírlo".

El joven mensajero prosiguió: "Mi preceptor sintió que esta maldición significaba una traición imperdonable, porque tú estás apegado al Dharma, además de ser un gran devoto del Señor; fue por esto que él buscó por mucho tiempo descubrir algún medio por el cual podrían ser evitadas las consecuencias de la maldición; sin embargo, supo, a través de sus poderes yóguicos, que estás destinado a perder la vida como resultado de la mordedura de una serpiente y también a alcanzar al Señor cuando mueras. El piensa que esto es un final que valía la pena y que era pecaminoso obstruir esa gloriosa consumación. Es por esto que te envía sus bendiciones a través de mí, para que puedas alcanzar la presencia de Dios. He terminado ahora mi misión, puedo irme en cuanto me lo permitas".

Parikshit se postró ante el joven discípulo y le suplicó que le comunicara su reverente gratitud al gran santo Sameka y su hijo. En ese mismo momento partió el joven hacia la ermita para informarle al ermitaño todo lo sucedido en la capital.

Mientras tanto, el emperador se encaminó con gran regocijo hacia las habitaciones interiores y, parándose ante la entrada de los dormitorios reales, pidió que su hijo Janamejaya fuera traído ante él. Al oír su llamado, su hijo se preguntaba por qué era requerido tan repentinamente y corrió hacia Parikshit. El rey llevó a su cuarto a un brahmín anciano y colocó en la cabeza de su hijo su propia corona que yacía sobre un lienzo, y le encargó al nuevo rey al viejo brahmín. Inmediatamente después caminando descalzo se dirigió hacia el Ganges, vistiendo sólo las ropas que llevaba puestas.

En pocos minutos, las noticias de este hecho se difundieron por todos los rincones de a ciudad; grupos de hombres y mujeres, brahmines y ministros se apresuraron detrás del rey y le suplicaban conmovedoramente, pero todo fue en vano. Lloraban a viva voz, caían a sus pies rodando por el piso a lo largo del camino, cruzándose a su paso. El rey no hizo caso a nada ni dio respuesta alguna, sólo continuó hacia adelante con el Nombre del Señor en su mente y la meta de la realización en sus pensamientos. Se dirigía rápidamente hacia las playas del sagrado Ganges. Cuando los súbditos se dieron cuenta de que el rey caminaba solo hacia el río sin atención alguna, hicieron caminar detrás de él el elefante, el caballo y el palanquín reales para que pudiera subir a éstos como era costumbre, pero el rey no hizo caso a estas impertinencias. El pueblo estaba sorprendido de ver a su monarca descartar la comida y la bebida, pues estaba dedicado a la repetición ininterrumpida del Nombre del Señor. Como nadie sabía la razón de esta repentina decisión de renuncia, empezaron a circular toda clase de rumores producto de la imaginación de cada individuo.

Sin embargo, algunas personas investigaron los antecedentes de su actitud de renunciación y descubrieron que el discípulo de un ermitaño había llegado a él con noticias muy importantes, y siguiendo la pista supieron que el rey tenía solamente siete días de vida. La gente se congregó en la orilla del río y se sentó sumida en su dolor por el rey, orando por su seguridad.

Las trágicas noticias se esparcieron tan rápidamente que llegaron incluso hasta la selva. Ascetas, aspirantes, sabios y santos también caminaron hacia las playas del Ganges, con sus jarras de agua en la mano. Todo el lugar tenía la apariencia de irse a celebrar un gran festival. Resonaban por todo el lugar los cánticos del Pranava, (el sonido primordial) la recitación de himnos védicos y los coros de cánticos de las glorias del Señor, algunos grupos estaban alrededor del hijo de Sameka recriminándolo por haber causado toda esa tragedia. De esta manera, en poco lapso las riberas del Ganges estaban tan atestadas de cabezas humanas que no podía verse un solo grano de arena.

Mientras tanto, un anciano ermitaño que estaba lleno de compasión y gran afecto hacia el emperador, se acercó a él y derramando lágrimas de afecto, le habló de esta forma: °¡Oh rey! La gente dice toda clase de cosas, hay muchas versiones que van de boca en boca; he venido a ti para saber la verdad. Apenas puedo caminar con grandes dificultades, pero te quiero tanto que no puedo soportar todo lo que dice la gente acerca de ti. ¿Qué sucedió exactamente? ¿Cuál es la razón de este repentino acto de sacrificio? ¿Cuál es el misterio que está detrás de la maldición que el hijo de un ermitaño invocó en contra de un Alma tan evolucionada como tú? ¡Acláralo, por favor! Calma nuestras ansias de saber la verdad. No puedo ver a la gente sufrir de esta manera, tú eres como un padre para ellos. Ya no pones atención a sus súplicas, has renunciado a todos los deseos y has venido a este lugar. Diles al menos algunas palabras de consuelo. Al estar tú sentado aquí en silencio, sin comer, en las arenas del río y empeñado en un riguroso ascetismo, las reinas están como peces arrojados fuera del agua. ¿Quién era ese joven cuyas palabras han causado esta desastrosa tormenta? ¿Puede ser el auténtico hijo de un ermitaño? ¿O es solamente su disfraz? Todo es un misterio para mí".

El rey escuchó estas palabras pronunciadas con tal afecto y ecuanimidad que abrió sus ojos y se postró a los pies del asceta. "¡Maestro, Mahatma! ¿Qué puedo ocultarte? Esto no puede esconderse aunque lo quisiera. Fui de caza a la selva, descubrimos muchos animales pero huyeron cuando nos acercamos. El pequeño grupo de arqueros que iba conmigo se desperdigó también en su intento de perseguir a los animales. Me encontraba solo tras la pista de los animales. No obtuve ninguna presa, estaba agotado por el hambre y la sed, el ardiente calor me fatigó; finalmente descubrí una cabaña y entré en ella. Después me enteré que era la ermita del sabio Sameka. Hice repetidos llamados para ver si había alguien adentro, no hubo respuesta, nadie salió de allí. Luego vi a un ermitaño sentado en meditación profunda, perdido en su propia meditación (Dhyana). Cuando salía de la choza, sentí algo suave bajo mi pie, lo levanté con mis dedos y encontré que era una serpiente muerta. Tan pronto como la vi mi mente se envenenó, surgió en mí un sucio pensamiento y la coloqué en el cuello de ese ermitaño absorto en su meditación (Dhyana). De alguna forma su hijo se enteró de lo sucedido, no pudo soportar la ignominia y pronunció la maldición: `Que esta serpiente alrededor del cuello de mi padre tome la forma de Takshaka y termine con la vida del hombre que insultó así a mi padre, en siete días a partir de hoy".

"Las noticias de esta maldición y sus consecuencias fueron enviadas a mí por el ermitaño. Estoy consciente del pecado que he cometido, siento que un rey que ha sido capaz de este pecado no tiene lugar en el reino, así que he renunciado a todo, a todos los deseos. He decidido usar estos siete días para la contemplación incesante de la gloria del Señor; es una gran fortuna que se me haya dado esta oportunidad. Es por esto que he venido aquí".

De esta forma, los nobles, cortesanos, príncipes, reinas, ministros, ermitaños y otras gentes se enteraron de los verdaderos hechos y libraron su mente de las locas conjeturas que se habían hecho y oraron en voz alta para que la maldición perdiera su fatal efecto.