Libros escritos por Sai Baba

{SB 71} Bhagavatha Vahini ( El Bhagavatha )

25. La compasión del asceta

( Impreso en castellano en El Bhagavata (Bhagavata Vahini) cap. 25 )

LA COMPASION DEL ASCETA

Las duras palabras del padre produjeron un gran dolor en el tierno corazón de Sringi, el hijo; éstas cayeron como espadazos y golpes de martillo; el pobre chico no pudo soportar más, cayó al suelo y aferrándose a los pies de su padre chillaba: "¡Padre, perdóname! Estaba dominado por la ira de que el propio rey pudiera haberse comportado tan atrozmente insolente, tan irrespetuoso, tan inhumano. No pude controlar mi resentimiento por el insulto que te hizo. No es digno que un rey se comporte de esa manera cuando entra a una ermita y en una forma tan extremadamente injusta, ¿no es cierto?"

Al ver el estado de su hijo, el asceta Sameka lo puso a su lado y le dijo: "Sringi, hijo, la compulsión del momento es inevitable. Los dictados de la razón son frecuentemente hechos a un lado por el hombre debido a este impulso. La fuerza del destino romperá las riendas de la razón. La fuerza del impulso se enfrenta al hombre con todo su poder y éste no puede sino rendirse. El rey es un ferviente creyente, un profundo devoto. El ha alcanzado un esplendor espiritual, se ha establecido firmemente en el comportamiento moral. El es el Señor de todas estas regiones. Su fama ha llegado a todos los confines de los tres mundos. Es servido siempre por miles de doncellas y hombres leales. Cuando él sale de su mansión y se traslada, es acompañado siempre por muchos guardias, quienes están todo el tiempo atentos con sus manos en son de plegaria, sus ojos puestos en él, esperando el momento de ejecutar a su plena satisfacción la más simple de sus órdenes y para tratar de ganar sus favores. Tan pronto como él entra a un reino, el gobernador del lugar le ofrece una suntuosa bienvenida, recibiéndolo con un respetuoso homenaje y magníficas atenciones. Es natural que una persona acostumbrada a esta rica rutina se haya conmocionado cuando no recibió ninguna señal de bienvenida aquí, de que no fue ni siquiera reconocido y honrado; la desatención fue tan grave que no tomó ni una taza de agua para calmar su sed. Estaba atormentado por los aguijonees del hambre y de la humillación, pues a pesar de que llamó varias veces no obtuvo respuesta. Por lo tanto, al ser incapaz de soportar el sufrimiento y el impacto de esto, se vio impulsado a cometer esta acción incorrecta. Por supuesto que fue una falta, pero por esta pequeña felonía le has ocasionado un daño irreparable a la comunidad completa de ascetas y ermitaños al reaccionar en una forma tan violenta. ¡Dios mío, qué terrible desgracia has causado!"

El anciano ermitaño cerró sus ojos y se sentó en silencio por un momento, buscando algún medio por el cual pudiera salvarse al rey de esta maldición. Como no encontró solución alguna y concluyó que sólo Dios podía componer esta situación, empezó a orarle con todo su corazón, pues solamente El es Omnipotente y Omnisciente. "¡Oh, refugio de todos los mundos! Este niño inmaduro, sin conocimiento de lo bueno y lo malo ni de lo que es el deber propio o no lo es, impulsado por la ignorancia ha cometido esta gran torpeza. Perdónalo o castígalo, pero procura el bienestar del rey".

El ermitaño abrió sus ojos y vio a otros ascetas y a los pequeños amigos de su hijo que permanecían a su alrededor. Con gran tristeza les dijo: "¿Se han dado cuenta del gran daño que mi hijo ha ocasionado? No es correcto que nosotros los ermitaños insultemos o dañemos al rey, que es el guardián y guía de la humanidad, ¿no es verdad?

Es por esto que les pido a todos ustedes que en sus oraciones le rueguen al Señor que el rey no sufra ningún daño y que sólo le sucedan cosas auspiciosas". Cuando el sabio Sameka se dirigió de esta forma hacia ellos, del grupo de monjes se levantó uno de ya avanzada edad, que era la imagen misma de la paz y la resignación, y le dijo: "¡Mahatma! (alma grande), tú estás derramando una profusa gracia sobre el rey. La persona que invocó la maldición es tu propio hijo, seguramente tus logros espirituales son mucho más elevados que los de tu hijo y puedes obtener cualquier cosa a través de ellos. ¿Por qué entonces estás tan consternado por la maldición que este niño le lanzó al rey? Tú puedes hacerla ineficaz, ¿no es cierto?" En ese instante el resto del grupo, tanto los mayores como los jóvenes, exclamaron: "¡Cierto, cierto! Escucha nuestros ruegos y perdona a este niño. Tráele bienestar al rey y sálvalo de todo daño".

El santo Sameka sonrió, cerró los ojos y vio con su visión yóguica interna el pasado y el futuro del rey y examinó si su presente estaba condicionado por su pasado o por su futuro. Así encontró que Parikshit tenía que sufrir la mordedura de la cobra Takshaka y que éste era su destino. Sintió que tratar de salvarlo de este fin sería contrario a los designios de la Divinidad; se percató de que el mal comportamiento del rey y la furiosa reacción de su hijo eran consecuencia de una reacción compulsiva y concluyó que solamente Dios, el artífice de todas las resoluciones y logros, podía modificar estos hechos y que cualquier esfuerzo de su parte podría ser una exhibición de su ego.

Sabía que el ego era el más letal de los enemigos de los ermitaños, pero aun no había concentrado toda su indudable fortaleza en contra de éste con el fin de destruirlo completamente. Decidió darle todavía aunque fuera la más pequeña ayuda al desafortunado monarca del reino. Abriendo sus ojos miró alrededor para seleccionar entre todos al más capaz de sus discípulos. Finalmente llamó a uno de los estudiantes y le dijo: "Tienes que partir inmediatamente a Hastinapura y regresar; prepárate para el viaje y ven conmigo de nuevo". El estudiante le contestó: "Estoy siempre listo a obedecer tus órdenes, ¿para qué tendría que hacer preparativos? Yo estoy siempre dispuesto, puedo empezar en este mismo instante, dime qué tengo que hacer allá". Con estas palabras se postró a sus pies y le ofreció su obediencia. El santo se levantó de su asiento y llevó a su discípulo a la habitación interior y le detalló todos los puntos que tenía que informarle al rey. Después el estudiante se postró nuevamente a los pies de su maestro y partió hacia la capital.

Mientras tanto, el rey había llegado a su palacio y, después de descansar un poco, se percató de la gran falta que había cometido con el ermitaño. "¡Dios! ¡En qué profundidades de la vileza ha caído mi mente; es verdaderamente un espantoso pecado que yo, el emperador, le haya hecho un insulto así a un asceta". Así pensaba para sus adentros. "¿Cómo podré enmendar este crimen? ¿Debo ir a la ermita y pedirle perdón? ¿O debo ofrecer mi cabeza para recibir el castigo que merezco? ¿Cuál es exactamente mi deber ahora?" Y dentro de si se debatía para encontrar alguna respuesta.

En ese preciso instante vio que un guardia había llegado a su puerta en silencio, con las manos juntas en son de reverencia, y le preguntó a qué había venido. El guardia le dijo: "Un estudiante de la ermita ha venido y espera audiencia, dice que ha sido enviado por el santo Sameka y que su mensaje es muy urgente e importante; tiene mucha prisa. Espero las órdenes de su majestad".

Cuando oyó estas palabras le pareció que la cama de flores de jazmín en la que estaba recostado se había transformado en un lecho de serpientes con terribles lenguas, siseando y oscilando alrededor de él. Llamó al guardia para que se acercara y le lanzó una ráfaga de preguntas, una tras otra, acerca del joven que había venido de la ermita. "¿Cómo es él? ¿Parece triste o enojado? ¿Muestra mucha alegría y ecuanimidad?"

El guardia le contestó: "Oh rey, el que ha venido es el hijo de un ermitaño, es muy tranquilo y calmo. Además repite: `Victoria a nuestro rey, victoria al monarca'. No veo ninguna señal de ira o pasión en su cara". Esto le dio un poco de tranquilidad al rey. Preguntó lo que se le había contestado al joven estudiante y el guardia le respondió: "Le dijimos que el rey había estado en el bosque, que había regresado en estos momentos y que estaba descansando un poco; que por favor esperara un rato y tan pronto como se recuperara, le informaríamos". El rey insistió: "¿Qué contestó entonces?" El guardia le respondió: "Señor, este joven estaba muy ansioso por verte lo más pronto posible, decía que tenía algo urgente que comunicarte, dijo además que su Maestro estaría esperando su regreso contando los minutos. Expresó que cuanto más pronto te viera, tanto mejor sería y repetía continuamente para sí todo el tiempo: `Que todo esté bien con el rey, que la seguridad y la prosperidad estén con él'; le ofrecimos un asiento alto y lo invitamos a que se sentara, pero no lo aceptó, prefirió permanecer de pie en la puerta y se mantiene allí contando los minutos".

Secándose las lágrimas de alegría que fluían de sus ojos, el rey se dirigió presurosamente hacia la entrada, sin ponerse las vestimentas reales o sus insignias, ni siquiera sus sandalias o alguna capa sobre sus hombros. Se postró a los pies del joven ermitaño y después tomó sus manos entre las suyas y lo condujo hacia las habitaciones interiores, en donde lo colocó en una silla alta y él se sentó en el suelo a un lado. Ahí le suplicó que le comunicara las razones de su viaje.

El estudiante le dijo: "Oh rey, mi maestro, el santo Sameka, te envía sus bendiciones especiales. Me ha comisionado para comunicarte algunos asuntos especiales", y rompió en sollozos; al ver esto el rey exclamó: °¡Bien, hijo mío! Dime pronto si tengo que hacer algo, dímelo pronto, estoy preparado para dar mi vida como cumplimiento a mis deberes. ¿O es que mi reino está en peligro? ¿Tengo que tomar alguna medida o algún remedio? Estoy listo para sacrificar cualquier cosa por salvarlo".

El estudiante respondió: "¡Oh rey! Ningún daño amenaza al reino o a los ermitaños, ningún temor puede incomodarlos; tú eres la persona a quien acecha el peligro, a quien le sucederá el daño". Cuando le dio esta sutil prevención, el rey exclamó: "En verdad que estoy bendecido; si mis súbditos y los ermitaños ocupados en su ascetismo están a salvo, no tengo la menor preocupación de lo que pueda sucederme. Yo inhalo y exhalo sólo para que pueda asegurar la paz y prosperidad de ambos". El rey se tranquilizó y después de un tiempo le dijo al muchacho: "Dime ahora lo que tu Maestro quería que yo supiera". El le contestó: "Rey, mi Maestro está muy preocupado acerca de una grave falta que se ha cometido a causa de la pura ignorancia y esto es la causa principal por la cual me envió contigo".

Al oír esto, Parikshit se veía más agitado y le preguntó: "¿Cuál es la falta de que hablas? ¿Quién cometió ese error? Dime, dímelo todo".