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Discursos dados por Sai Baba

07. 13/04/81 La fe y el ideal

13 de Abril de 1981

Laal Baagh, Bangalore

Shri Raama Navami day

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Incluso para poner un pie delante del otro, el hombre necesita un impulso interior, un propósito, un estímulo. Su voluntad es movida por su deseo. Por lo tanto, el hombre debe esforzarse por desear metas más elevadas y sagradas. Su mente es un manojo de deseos; llevado de aquí para allá por los dictados de cada deseo, el hombre malgasta el tiempo que se le ha asignado y las habilidades de las que está dotado. Esclaviza su conciencia, creyendo que actúa correctamente.

Pero el hombre debe reconocer el valor del tiempo. No debe desperdiciar ni una fracción de segundo. Debe estar siempre ocupado en la investigación de su propia Verdad y de su propio Deber para consigo mismo. La vida se escapa, gota a gota, de la olla que gotea. El tiempo se cierne sobre cada cabeza como una filosa espada, lista para infligir el tajo mortal. Pero el hombre no presta atención a esta calamidad siempre presente.

Los cínicos declaran que afirmaciones como «El hombre es la corona de la Creación» son solo para los libros de texto y los discursos. Pero en realidad, la vida humana es santa, sublime, sagrada, siempre nueva, siempre fresca. Los Upanishadhs intentan levantar y despertar al hombre a la conciencia de esta Verdad, pues el hombre dormita en la ignorancia, envuelto en su ego y sus deseos. «Despierta y adora al Sol, y reconoce tu propia realidad a la luz de sus rayos», es la llamada que reverbera desde los Upanishadhs. Pero el hombre es sordo a esta súplica.

Tres eshanaas (deseos ardientes) frenan al hombre: está enamorado de la riqueza, la esposa y los hijos. Estos le obstruyen a cada paso y actúan como impedimentos para el avance espiritual. Por supuesto, los recursos son esenciales para el proceso de la vida y no se puede evitar trabajar para conseguirlos. Pero, más allá de cierto límite, las riquezas ensucian la mente y engendran arrogancia. Deben usarse para buenos propósitos, promoviendo la virtud y el bienestar, fomentando el Dharma (virtud) y cumpliendo con los propios deberes a lo largo del camino divino. Si las riquezas se gastan para satisfacer deseos fugaces, nunca serán suficientes, y el ego descubrirá nuevas y más atroces formas de ganar y gastar. Es realmente deplorable que este eshanaa (ansia) por dhana (dinero) se haya apoderado de la gente de esta tierra sagrada, donde las Divinas Encarnaciones han enseñado las lecciones del altruismo y el servicio.

La gente está ignorando los mismos faros que iluminan la oscuridad y revelan el camino de la liberación de las ataduras de la lucha incesante, la persecución sin fin, el sufrimiento desconcertante y la actividad incesante para ganar lo inalcanzable. ¿Cuál es la razón? Se deja guiar por la mente, no por la facultad del intelecto. El intelecto discierne, sondea, analiza. Pero la mente sigue ciegamente cualquier capricho o fantasía. El intelecto le ayuda a uno a identificar sus deberes y responsabilidades. Atado servilmente a los caprichos de la mente, el hombre salta de un lugar a otro, sin descanso ni paz. Corre para tomar un autobús, se precipita a la oficina, al cine, al club y no tiene un momento de silencio tranquilo. La paz debe alcanzarse mediante esfuerzos espirituales, es decir, espiritualizando cada pensamiento, palabra y acción. Para enderezar el mundo no necesitamos crear una nueva orden o institución espiritual, necesitamos hombres y mujeres de corazón puro. Solo ellos pueden sacar a esta tierra del estancamiento.

Para purificar el corazón, hay que practicar shama, dhama y otros sadhanas que pueden controlar los sentidos de la percepción y la acción. Pueden parecer difíciles en las primeras etapas, pero cualquier trabajo que valga la pena tiene ese inconveniente. Por ejemplo, andar en bicicleta. Ustedes tendrán que sufrir muchas caídas y raspones, y perder muchos centímetros cuadrados de piel, antes de aprender a mantener el equilibrio y pedalear en línea recta. Pero una vez que dominen el arte, podrán andar con seguridad sin agarrarse del manubrio. Es lo mismo para una persona que aprende a conducir un coche. Al principio, cuando mantiene el pie en el embrague, no puede sujetar el volante; no puede levantar el pie del embrague mientras sujeta el volante, y cuando maneja ambos, se olvidan del freno. Cuando se ocupan de las tres cosas, no tienen cuidado con los peatones que se cruzan. Pero cuando dominan el arte, se dan cuenta de las subidas y bajadas, de las paradas y semáforos, y de las carreteras —a lo largo y a lo ancho— de modo espontáneo, y pueden conducir seguro y rápido conversando con las personas sentadas a su lado y las del asiento trasero, e incluso cantar una canción para ganar su aclamación.

El control da poder; la regulación da más fuerza; la disciplina revela la Divinidad. La gente anhela la felicidad. Pero, ¿se la puede conseguir dando rienda suelta a los sentidos? ¿Se puede ser feliz comiendo cuatro veces al día, paseando en coches prestigiosos o viviendo en residencias de muchas habitaciones? No. La felicidad consiste en ayudar a los demás. Se la consigue renunciando, no acumulando. Complacer a los sentidos hace bestial al hombre. Los sentidos lo arrastran a la suciedad y a la desgracia. El yogui es la persona que ha fijado su mente en lo divino, no en lo mundano. El Gita exhorta al hombre a transformarse en «Sathatham Yoginah», es decir «siempre un yogui». Pero el hombre es un yogui por la mañana, se convierte en bhogi (hombre sensual) al mediodía y en rogi (persona enferma) por la noche. El hombre vive hoy sin fe (la base) y sin ideal (la superestructura). El Dharma debería ser la base y Moksha (la Liberación), la superestructura, pero el mundo ha descuidado ambas y confía en Artha (la riqueza) y Kama (el deseo) para la felicidad y la liberación. ¿Cómo puede progresar la humanidad sin tener como fe el primero de los Purusharthas, y el último como ideal?


Traduccion SBd